Telescopio espacial ELBST: detectando los faros de la vida
por Daniel Marín
Vivimos tiempos extraordinarios. Hace solo un par de décadas la simple idea de que en el futuro seríamos capaces de analizar la composición de la atmósfera de planetas situados más allá del sistema solar parecía simple ciencia ficción. Y sin embargo aquí estamos, estudiando la atmósfera de exoplanetas gigantes y queriendo ir un paso más allá. Porque lo que realmente deseamos todos es disponer de la tecnología para buscar biomarcadores: sustancias presentes en la atmósfera de un planeta que, en conjunto, puedan probar que estamos ante un mundo habitado. Bajo la denominación biomarcador o biofirma se agrupan muchas especies químicas, como por ejemplo agua, nitrógeno u óxidos de nitrógeno. Pero los principales son el metano, el oxígeno y el ozono (este último como ‘representante’ del oxígeno).
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Interferómetro espacial FKSI para ver exotierras alrededor de estrellas cercanas (NASA).
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Pero detectar biomarcadores en las atmósferas de exoplanetas no es una tarea fácil. El método ideal es usar espectros de transmisión, es decir, analizar la luz de una estrella que también ha atravesado la atmósfera de un planeta que pasa por delante (transita). Pero este sistema requiere de muchas horas o días de observación para captar la débil señal de las sustancias presentes en la atmósfera planetaria. Y eso incluso si usamos telescopios espaciales de gran tamaño como el futuro James Webb o el propuesto LUVOIR. ¿No hay otra forma? Sí que la hay: el empleo de interferómetros espaciales.
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El olvidado TPF-I de la NASA (NASA).
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Simplificando mucho, un interferómetro nos permite combinar un conjunto de telescopios más pequeños de tal forma que equivalen a uno más grande. Este concepto se estudió a principios de siglo dentro del marco de los proyectos TPF-I (Terrestrial Planet Finder Interferometer) de la NASA y Darwin de la ESA. Sin embargo se abandonó pocos años después porque se consideró que la tecnología no estaba aún lo suficientemente madura (también ayudó el hecho de que la comunidad científica se mostrase dividida entre el TPF-I el TPF-C, este último un único telescopio dotado de un coronógrafo). Otra pega de esta tecnología es que el número de sistemas estelares que puede estudiar en detalle es relativamente limitado (unas decenas) comparado con un observatorio ‘generalista’ como el James Webb. Pero cuando se propusieron estas misiones apenas se habían descubierto unos cientos de exoplanetas (!), mientras que actualmente conocemos miles, así que no será por falta de objetivos (bien es cierto que la mayoría están demasiado lejos para ser analizados por un interferómetro).
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Tras el descalabro del TPF-I a finales de la pasada década se propuso una versión reducida del mismo denominada FKSI (Fourier-Kelvin Stellar Interferometer). Mientras que el TPF-I tenía un coste estimado superior al del James Webb, que ya es decir, el FKSI hubiera salido por solo menos de ochocientos millones de dólares. El FKSI era un pequeño interferómetro con dos telescopios de medio metro de diámetro separados 12,5 metros y que debía observar en las longitudes de onda del infrarrojo cercano y medio, de 3 a 10 micras (se trata de una región con abundante presencia de firmas espectrales de biomarcadores y, además, cuanto mayor es la longitud de onda, más sencilla resulta la interferometría). Una versión ligeramente más grande, con dos telescopios de uno a dos metros de diámetro separados veinte metros, hubiera podido ver —no detectar indirectamente, sino ver— planetas del tamaño de la Tierra situados en la zona habitable de las estrellas más cercanas. El FKSI hubiera usado la tecnología del James Webb para refrigerar los sensores de forma pasiva hasta los 60 Kelvin y estaría situado en el punto L2 del sistema Tierra-Sol.
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Diseño del interferómetro FKSI (NASA).
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ELBST tiene mucho camino por recorrer antes de que sea considerado como una propuesta seria, pero parece que casi viente años después los interferómetros espaciales han vuelto.
Fuente: danielmarin.naukas.com
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