Estonia rehabilita a sus nazis, Lituania convierte en tabú el holocausto judío y en Budapest se sueña con la gran Hungría
Europa del Este, ¿regreso a los años 30?
El parlamento de
Estonia aprobará en marzo, por amplia mayoría, conceder el título de
"luchadores de la libertad" a los miembros de la "Legión SS" estonia que
combatió al lado de Hitler contra los soviéticos en la segunda guerra
mundial.
Los veteranos estonianos de la SS, unos 12.000 hombres
en 1944, glorifican desde hace años su participación en la guerra en
actos oficiales concurridos por veteranos de las SS y jóvenes neonazis
de otros países, pero la de marzo será la primera ley en materia de
"luchadores por la libertad".
Algo parecido ocurre en Ucrania
Occidental, donde se glorifica desde hace años a los combatientes de la
división "Galizia" de las SS.
En Budapest, cada 11 de febrero
se reúnen ultraderechistas de Alemania, Eslovaquia, Bulgaria y Serbia
para conmemorar el llamado "Día del honor". La jornada recuerda el fin
de la batalla por Budapest en la que un ejército de 100.000 soldados,
alemanes y húngaros, rodeados por los soviéticos mantuvieron la posición
durante 52 días, en 1945.
"Occidente se defendió de las hordas
rojas de las estepas de Asia con un inmenso tributo de sangre y
heroísmo", señala la convocatoria de grupos neonazis alemanes para
acudir este año al acto de Budapest.
El cerco de Budapest tuvo
entre sus consecuencias la aniquilación de gran parte de los últimos
judíos que aun quedaban en la ciudad, a manos de los fascistas húngaros.
"En muchos países del antiguo bloque oriental se está abriendo
paso una unilateral versión de la historia a la medida de la
ultraderecha", constata el periodista rumano-alemán William Totok.
El fenómeno supera lo meramente histórico para manifestarse en una
creciente hegemonía política derechista que parece estar calcando el
mapa de los años treinta, cuando la región estuvo dominada por regímenes
ultraderechistas.
Regreso a un mapa conocido
Los países bálticos, Rumanía, Bulgaria, Hungría, la Ucrania occidental y
la católica y conservadora Polonia, vuelven a destacar en papeles en
los que ya se les vio en vísperas de la segunda guerra mundial.
En la segunda guerra mundial seis países europeos fueron aliados
militares de Hitler: Finlandia, Hungría, Rumanía, Italia, Eslovaquía y
Croacia. Sólo Finlandia, que no se identificó con la ideología racista
que animaba la guerra, mantuvo un sistema democrático dentro de aquel
bloque y contó hasta el final con soldados y oficiales judíos en su
ejército.
Otro grupo de países oficialmente "neutrales" u
ocupados como, España, Francia, Bélgica, Holanda, Dinamarca y Noruega,
enviaron voluntarios a luchar con Hitler.
En los países
bálticos, en el Cáucaso del norte, en Polonia, Ucrania y Bielorrusia,
así como en la misma Rusia, los agravios históricos del dominio imperial
ruso, de la represión y deportación estalinistas, de la colectivización
agraria y la cuestión nacional, o los ecos de la propia guerra civil
rusa, se tradujeron en luchas activas contra la URSS de Stalin, que
Hitler instrumentalizó en su favor de diversas maneras.
Nuevo "macartismo" europeo
La llamada "Declaración de Praga" de junio de 2008, iniciada por Vaclav
Havel y otros disidentes anticomunistas del antiguo bloque del Este, y
parcialmente bendecida por la Unión Europea, dio alas a no pocas
tendencias internas en esos países al equiparar nazismo y comunismo. Con
el paquete del anticomunismo regresa el antisemitismo y el maltrato al
gitano.
En Lituania, por ejemplo, desapareció de la visión, la
aniquilación del 95% de los 220.000 judíos locales, entre 1941 y 1944.
Los alemanes daban las órdenes, pero la mayoría de los ejecutores del
exterminio fueron voluntarios lituanos. La memoria de ese
colaboracionismo criminal no existe.
Los lituanos, que
sufrieron mucho a manos de los soviéticos, se han escudado en los 30.000
de ellos que fueron deportados a Siberia en 1941, y en las decenas de
miles que volvieron a serlo o fueron ejecutados al concluir la guerra,
para construir una conciencia nacional limpia y sin tacha, pese a que
tiene 195.000 cadáveres judíos en el armario.
En el Museo
Nacional de Vilnius la narración salta desde el periodo 1939-1941 hasta
1944, sin detenerse en los años claves del holocausto y el
colaboracionismo. Desde junio de 2010 el código penal lituano
criminaliza la puesta en cuestión del "doble genocidio".
En
2008 se estableció la prohibición de símbolos nazis y comunistas, pero
un tribunal de Klaipeda sentenció en 2010 que la esvástica pertenece al
"patrimonio cultural lituano".
Por la misma equiparación, en
Rumanía una organización no puede denominarse "comunista" sin exponerse a
ser considerada, "amenaza para la seguridad nacional".
El
gobierno rumano prepara una ley que prohíbe actos públicos que
"propaguen ideas totalitarias, es decir fascistas, comunistas, racistas o
chovinistas".
En Chequia el Partido Comunista está amenazado
de ilegalización por la misma idea. La situación en Polonia quedó
ilustrada el pasado diciembre cuando el periodista polaco Kamil
Majchrzak, redactor de Le Monde Diplomatique, una publicación de
izquierdas, pidió, durante una conferencia pronunciada en Berlín, que no
le hicieran fotos por estar amenazado por la extrema derecha en su
país.
En Hungría, los miembros del ex partido comunista, muchos
de ellos ahora en el partido socialista, podrán ser perseguidos
judicialmente por "delitos comunistas" cometidos antes de 1989, de
acuerdo a las nuevas normas introducidas por el gobierno de Viktor
Orban.
Revanchismo nacional
El nuevo derecho
electoral contemplado por Budapest para los húngaros residentes en el
extranjero, es decir en primer lugar para las abultadas minorías
húngaras existentes en Eslovaquia, Serbia y Rumania, es una invitación
al revisionismo de las fronteras, a cuestionar el Tratado del Trianon,
que, después de la Primera Guerra Mundial, restó a Hungría casi la
tercera parte de su territorio.
Tal revisionismo es impensable,
o muy difícil, en el cuadro de la Unión Europea, y por esa razón hay
que vigilar las tendencias anti Unión Europea que comienzan a aflorar al
calor de la crisis.
En Hungría, la degradación socio-económica
ha liberado el sueño de la "Gran Hungría", explica el periodista y
experto en cultura magiar, Bruno Ventavoli.
"Los valores de la
democracia, del pluralismo, del diálogo o de la diversidad parecen
superfluos, cuando en la vida cotidiana no hay dinero para hacer la
compra o pagar facturas. Así nace la tentación de replegarse sobre si
mismos, soñando con una Gran Hungría, aderezada con una sospecha de
victimización por las heridas de la historia; desde las guerras contra
los turcos a la invasión soviética, pasando por el tratado del Trianon",
dice Ventavoli.
Bruselas y Budapest
En
Bruselas no pasó gran cosa mientras el primer ministro húngaro, Viktor
Orban, se limitaba a restringir la democracia con medidas y proyectos
que atentan contra la libertad de prensa o la división de poderes, o a
purgar la administración y los medios de comunicación de voces críticas y
afirmar una constitución que recuerda a la época del Almirante Horthy.
El Partido Popular Europeo, al que pertenecen los partidos del gobierno de Sarkozy y Merkel, no se inmutó por ello.
El problema empezó de verdad cuando Orban apuntó medidas como:
modificar el sistema fiscal, nacionalizar los fondos privados de
pensiones, dar al parlamento derecho de veto sobre la legislación
europea y, sobre todo, someter a su banco central al control directo del
gobierno.
Fue entonces cuando Bruselas clamó que "los valores
europeos" están en peligro en Hungría y comenzó a urdir, en compañía del
FMI, el propósito de desplazar a Orban del gobierno.
La banca
austriaca está muy expuesta en la economía húngara, que está al borde de
la quiebra. Aunque Hungría no esté en el euro, esa conexión austriaca
es vista con prevención.
Fraguando el tercer golpe
Pero realizar un tercer golpe de estado tecnocrático en Europa, después
del griego y el italiano, es complicado, señala el diario
"Népszabadság". "No es fácil destituir a un primer ministro desde el
exterior cuando ha resultado electo y cuenta con dos tercios de los
escaños del Parlamento, y aun lo es más si la oposición está
fragilizada", observa.
Orban llegó al poder en 2010 como
reacción al desencanto con una coalición de gobierno anterior encabezada
por los socialistas.
Aquel desencanto también consagró al
partido fascista Jobbik como tercera fuerza del país. En 2008 los
socialistas y sus socios iniciaron duras medidas de ajuste y de desmonte
del sector público bajo el dictado del FMI que Orban ha continuado.
El primer ministro tiene una sólida mayoría apoyando su proyecto
retrógrado-populista, frente al escenario europeo, que responde a lo que
la canciller alemana, Angela Merkel, define como una "democracia acorde
con el mercado".
Los cien mil húngaros que salieron el 2 de
enero a la calle en Budapest contra Orban, están aprisionados entre dos
escenarios antidemocráticos, el nacional derechista de su gobierno y el
europeo tecnocrático de Berlín y Bruselas, en muchas cosas redundantes,
que disuelven ambos la democracia y la soberanía nacional.
"Además de querer conservar un régimen representativo y constitucional,
las potencias occidentales y la Comisión Europea quieren que Hungría
adopte una política económica que no sirve a los intereses del pueblo
magiar", dice el filósofo Gáspár Miklós Tamás.
"Decepcionado en
muchas ocasiones, el pueblo húngaro podría no ver en la "causa
democrática" de Bruselas más que un mero adorno puesto como colofón a
unas medidas de austeridad cada vez más pesadas, impuestas por las
potencias occcidentales preocupadas por la estabilidad financiera",
dice. Esa contradicción convierte en "muy frágil" la situación de la
oposición húngara, concluye.
La extrema derecha puede liderar
"El gobierno debe repensar varias leyes, sobre todo las que conciernen a
la independencia del Banco Central", señala el Financial Times
Deutschland, una declaración en la que lo más significativo es ese
"sobre todo".
Cuestionar la "independencia" bancaria, que no es
más que servicio al sector privado y que en el caso del Banco Central
Europeo condena a la eurozona a la miseria especulativa con los bonos de
la deuda pública, es un peligroso precedente europeo de rebeldía y
desafio a la nueva seudodemocracia europea "acorde con el mercado".
La paradoja es que ese precedente de rebeldía lo está sentando un
gobierno populista con tendencia de extrema derecha, no un gobierno de
izquierda. El mensaje no puede ser más claro: En Europa la crisis está
creando agujeros negros.
El caso húngaro advierte, de la forma
más clara, que la extrema derecha, con su desprecio al débil, su
racismo, su xenofobia y su propensión al militarismo, está dispuesta a
rellenar ese agujero con programas y propuestas perfectamente capaces de
conquistar la calle y el liderazgo.
Rafael Poch, amigo y colaborador de SinPermiso, es el corresponsal en Berlín del diario barcelonés La Vanguardia.
Fuente: Rebelion.org


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