Colorado otra vez
James Holmes dispara sobre los espectadores de la última película de Batman
No, no es el argumento de una nueva película de asesinos en serie de Hollywood, es la realidad, la cruda realidad de este país. El pasado viernes a media noche James Holmes, un estudiante de medicina de la Universidad de Colorado de 24 años se presentó en un teatro de Aurora en las afueras de Denver pertrechado con varias armas automáticas, protegido por una máscara antigas y vestido de riguroso negro para abrir fuego contra los desprevenidos espectadores de la sesión de medianoche de la última película de la serie Batman, “El caballero Negro regresa” -- ominoso título para tamaña catástrofe. Según informaciones de la cadena Fox, Holmes disparó hasta 6,000 veces durante 20 minutos sobre los espectadores, acabando con la vida de 12 e hiriendo a más de 50: no es que la realidad supere a la ficción, es que está completamente fuera de ella, fuera de lo humanamente imaginable, incluso para una película gore de buenos y malos.
Pero con la misma previsibilidad que vuelven las
lluvias cada primavera, en los próximos días escucharemos otra vez las
más peregrinas explicaciones sobre la tragedia: la culpa de todo esto la
tiene el Heavy Metal, Marilyn Manson, los juegos de rol de dragones y
mazmorras, los superhéroes de cómics o la deriva de una juventud
demasiado nihilista para aceptar a Jesucristo como su salvador personal.
No exagero, con la misma compulsión obsesiva que en ocasiones
anteriores, periodistas, psicólogos y trabajadores sociales se lanzaran a
examinar la personalidad de Holmes en busca de alguna explicación que
nos absuelva como sociedad de la responsabilidad colectiva que tenemos
por estas masacres. O peor aún, aceptaremos estas muertes como ha hecho
Bill O’really, el comentarista conservador de la cadena Fox, como una
mala pasada del destino: “hay buenas personas a las que lamentablemente
les suceden cosas malas y no hay ninguna política que se pueda
implementar para impedirlo”. [1]
O’really, que no es más que un
mercenario de la derecha evangélica blanca militarista, esta tratando
de cerrar en falso una vez más el debate sobre el acceso a las armas,
especialmente las automáticas, pues la gran verdad oculta bajo todas
estas fantasías psicopatológicas y nihilistas descritas arriba es que
Aurora, Colorado, está a unas escasas 20 millas de Columbine, el lugar
de la tristemente famosa masacre de 1999 en la que murieron 15
estudiantes de secundaria. Según el diario “The New York Times”, muy
poco o nada se ha hecho desde entonces para regular la compra de armas
en Colorado [2]. A diferencia de otros estados que tienen leyes más
estrictas para regular la compra y tenencia de armas (“May issue” en
inglés), Colorado sigue siendo un estado con leyes muy permisivas
(“Shall issue” en inglés), lo cual autoriza a los ciudadanos a portar
armas escondidas, por ejemplo, en el campus de la Universidad de
Colorado, en los automóviles o en cualquier espacio público; sólo tener
un abultado expediente delictivo o un historial psiquiátrico se
consideran causas válidas para restringir la compra y tenencia de armas.
Habrá, sin embargo, quien piense que la regulación o
prohibición de portar armas no es la verdadera causa de esta tragedia,
pues al fin y al cabo, puede muy bien darse el caso de que Holmes sea un
psicótico sin diagnóstico (de momento sabemos que es tan perverso que
ni siquiera tiene cuenta de Facebook o Twiter), pero lo cierto es que si
algo hemos aprendido de la fecunda obra del pensador francés Michel
Foucault es que la “locura” funciona como un dispositivo de poder que
expulsa fuera de la noción de “normalidad” todo aquello que impide la
gobernanza y el control de una población a la que es necesario volver
dócil. En otras palabras, Holmes, como todos los otros asesinos en serie
que le precedieron, no es lo radicalmente Otro de la sociedad
americana, es un producto nacido de las propias entrañas de este país,
reducirlo a una simple ocurrencia patológica o a un producto de la
cultura popular de masas, no tiene por objeto más que limpiarnos de la
responsabilidad social colectiva que tenemos ante un evento de esta
magnitud.
La pregunta, entonces, que hay que hacer para pensar
este traumático acontecimiento es ¿de dónde viene la permisividad y el
culto a las armas que autoriza la masacre de Aurora, Colorado? El origen
del culto a las armas está escrito en la Segunda Enmienda de la
constitución de los Estados Unidos que otorga a la ciudadanía como
derecho fundamental la posesión de armas. La enmienda dice literalmente,
“Siendo necesaria una Milicia bien ordenada para la seguridad de un
Estado libre, el derecho del pueblo a poseer y portar Armas, no será
infringido”. Por pueblo aquí no debe entenderse todo el mundo, pues como
aclara una disposición del Congreso de los Estados Unidos fechada el 8
de mayo de 1792, los que tienen derecho a portar armas y participar en
las milicias, son sólo los hombres blancos con propiedad y sin
minusvalías físicas (“free able-bodied white male citizen of the
respective States”). La segunda enmienda es, por ende, la codificación
legal del monopolio genocida de la violencia que se arrogan los hombres
blancos anglosajones sobre todos los demás habitantes del territorio.
Por detrás de la Segunda enmienda está, entre otras cosas, el genocidio
de los pueblos indígenas de Norteamérica, los linchamientos de
afroamericanos antes y después de la abolición de la esclavitud, la
creación de fuerzas paramilitares en California para linchar y ejecutar a
líderes sindicales filipinos y latinos y, por supuesto, todos los
movimientos de “vigilantes” como los “Minutemen” que, financiados por el
ex-gobernador Schwarzenegger, “patrullan” y ejercen violencia sobre los
inmigrantes indocumentados en la frontera de México. El Estado
norteamericano –y tal vez sea una de sus características más acusadas—
se apoya en la existencia de formas para-estatales de violencia
asociadas con la supremacía blanca y la defensa de la propiedad privada.
Al fin y al cabo, en algún sitio tiene que estar la memoria de los
granjeros blancos con un rifle, demasiado conscientes de haber robado la
tierra a los indígenas primero y, más tarde, después del tratado de
Guadalupe Hidalgo (1848), a los mexicanos.
Pero ¿qué tienen que
ver estos orígenes remotos con lo que acaba de suceder en Aurora,
Colorado? Para responder a esta pregunta hay que volver al excelente
documental de Michael Moore, Bowling for Columbine. En el
documental Moore reflexiona obsesivamente sobre la conducta del actor
Charles Heston, presidente de la Asociación Nacional del Rifle (NRA por
sus siglas en inglés), uno de los colectivos que defienden más
vehementemente la Segunda Enmienda y el derecho a portar armas. En 1999
Heston se presentó en Columbine para defender la Segunda Enmienda dos
días después de la masacre y volvió a hacer lo mismo en Flint Michigan,
unos meses después de que falleciera una niña de 9 años en otro tiroteo.
Al final del documental, Moore consigue una entrevista con Heston en la
que le pregunta por su actitud y lo primero que éste responde es que lo
que fue bueno para los hombres blancos que fundaron los Estados Unidos
es bueno para él. Cuando Moore le pregunta por qué en otros países, como
Canadá, que no regulan la posesión de armas, no suceden estas cosas,
Heston contesta literalmente que esto es así porque los Estados Unidos
tiene una historia muy violenta que tiene que ver con cuestiones
étnicas. Sin comentarios. Al final de la entrevista Moore le muestra una
foto de la niña fallecida en Flint y le invita a pedir perdón a la
familia por haber ido al pueblo unos días después de la tragedia a hacer
apología de las armas –el chantajista chantajeado. Heston no puede
sostener la mirada y se marcha de la habitación.
Charles Heston
tampoco es radicalmente Otro, es este país, y como Heston este país
necesita mirar de frente a lo que ha pasado en Aurora y preguntarse,
¿por qué la mayoría de estos asesinos en serie son adolescentes u
hombres blancos? ¿Cómo habrá influido en Holmes haber crecido en Poway,
un suburbio rural predominantemente blanco y evangélico de San Diego,
una ciudad con un turbio pasado de terror racial? ¿Cómo conectar está
violencia aparentemente indiscriminada con la violencia discriminada y
dirigida contra minorías raciales y enemigos políticos? No estoy
tratando de leer todo lo que ha pasado con las lentes analíticas de la
discriminación racial, sino que más bien trato de sugerir que la
irracional negativa de este país a regular la tenencia de armas tal vez
esté relacionada con los violentos cimientos de una sociedad que
prefiere abandonarse al lenguaje de las pistolas que pensar críticamente
su historia.
Fuente: Rebelion.org


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