| Traducido por Guillermo F. Parodi |
En 1979 el pueblo iraní derrocó a una monarquía que había perdurado 25 siglos, abriendo paso a la democracia y a la justicia social. La instauración de una teocracia islámica, no satisfecha con traicionar los ideales de la Revolución, restauró las estructuras de dominación que prevalecían durante la monarquía: clientelismo y apropiación de rentas del Estado. Treinta años después, entramos en una nueva fase revolucionaria de la historia iraní y, todos los indicadores lo confirman, el movimiento no podrá ser detenido. Y esto a pesar de la brutalidad de los Guardianes de la Revolución y de las milicias basij, de los innumerables asesinatos, de la encarcelación de numerosos militantes así como de la totalidad de los mandos del movimiento reformista islámico y a la censura impuesta a los medios de comunicación del movimiento.
Legitimando el más grande fraude electoral de la historia iraní, el ayatolá Jamenei se ha deslegitimado a sí mismo. Para él como para el supuesto vencedor de las elecciones, Ahmadinejad, el poder y el dominio por la fuerza sobre las rentas del petróleo y otras riquezas públicas con el fin de cementar una teocracia y una ideología nacional reaccionaria priman evidentemente sobre la voluntad popular. La teocracia de entrada dividió a la sociedad iraní en partidarios y adversarios del sistema y así abrió la vía para tener una parte creciente de la población apartada de los recursos y del poder. Colocó las bases de un sistema que permita a todos los ideólogos ávidos de poder, de pillar, en nombre del Islam y en menosprecio de todos los organismos de control, los ingresos públicos para consolidar su propio poder.
Durante su mandato, Ahmadinejad practicó esta política hasta el exceso, negándose a rendir cuentas al Parlamento de su política autocrática y precipitando la economía iraní en una crisis por su política anticuada de distribución de limosnas en función de su solo arbitrio y de su buen placer, reactivó la inflación y la especulación de propiedad de la tierra, volviendo así los ricos más ricos y a los pobres más pobres.
Los únicos que cayeron en su trampa populista fueron los llevados por su credulidad religiosa, su ideología ciega o bien campesinos mal informados. Pero todos los funcionarios, Guardianes de la Revolución y basijs son partidarios de Ahmandinedjad, que durante su mandato les concedió dinero y poder. El fraude gigantesco del 12 de junio de 2009, que no deja lugar a duda, pudo con la paciencia de los iraníes. Ahmadinejad y el ayatolá Jamenei insultaron la inteligencia de los iraníes, los humillaron e hirieron en su dignidad.
Mahmoud Ahmandinedjad no es un hombre que defiende obstinadamente los intereses del los más pobres, que combate impávidamente la corrupción y que enfrenta valerosamente al imperialismo, como lo cree una parte de la izquierda crédula, mal informada y enceguecida por su ideología, en Alemania y en el mundo.
Lamentablemente los presidentes sudamericanos, tal como Hugo Chávez, fueron víctimas de una información superficial e irresponsable de las realidades iraníes. El posicionamiento de Chávez y otros suramericanos está en contradicción flagrante con los ideales emancipadores del “socialismo del XXI siglo”. No se pueden sacrificar derechos universales a cambio de de juegos de táctica geopolítica. Al reconocer a Ahmadinejad, Chávez y los otros presidentes sudamericanos de izquierda causaron un gran perjuicio al movimiento reformador y de emancipación en Irán.
Tales posiciones de izquierda y antiimpérialistes son errores en lo que concierne, no sólo a Ahmadinejad, sino también al carácter del movimiento popular y sus jefes. La línea divisoria entre partidarios y adversarios del movimiento no pasa por el enfrentamiento entre ricos y pobres, septentrionales y meridionales, ciudad y campaña, no, pasa solamente entre partidarios y adversarios de la dictadura teocrática, entre el ejercicio ilegal del poder y las aspiraciones a la libertad y a la democracia de una aplastante mayoría de iraníes. Este movimiento es pues transversal, supera clases y capas sociales. Se encuentran musulmanes piadosos así como laicos, a tradicionalistas así como hombres y mujeres occidentalizados, gente ya mayor así como una mayoría de jóvenes, intelectuales y obreros, ricos y pobres. Este movimiento es más amplio, según observaciones concordantes, que el que acompañaba la Revolución islámica. Calificarlo de “revolución coloreada” teledirigida del exterior frisa casi con la idiotez y constituye una ofensa imperdonable hacia todos los movimientos emancipadores.
Mir Hussein Mousavi, candidato a la presidencia del movimiento reformador, no es, como algunos lo sugieren por ignorancia o con la intención de engañar, un hombre del Occidente. Es un musulmán piadoso y un partidario de la primera hora de la Revolución islámica.
Siempre está bien afianzado en el campo conservador y se define como un reformador fiel a sus principios. Su duelo televisado con Ahmadinejad y su perseverancia en reclamar nuevas elecciones hizo de él un político creíble y sólido al lado del pueblo. Además está obviamente decidido a proseguir su combate contra la teocracia. Mousavi es el primer político importante, en la historia de la república islámica, que se opuso al jefe espiritual (el Líder Supremo, Jamenei, NdT) y así haber sacudido a su autoridad. En todos sus comunicados pidió al movimiento popular que prosiguiera a su resistencia no violenta y juró sacrificar su propia vida por el objetivo común: derribar la tiranía. En la fase actual de la Revolución, es este objetivo común el que une el movimiento reformador y a sus jefes: derrocar a la dictadura teocrática. ¿Qué forma tomará a la sociedad iraní a la era postrevolucionaria y en qué vía se comprometerá? La respuesta pertenece a la libre voluntad popular y no puede fijarse prematuramente desde ahora.
La revolución iraní ya ejerce una gran influencia sobre todo el Próximo y Medio Oriente, en particular sobre algunos componentes del movimiento pacifista en Israel. Su victoria y una democratización exitosa sacudirían a todos los regímenes dictatoriales de la región, animaría al pueblo en sus esfuerzos para emanciparse y abriría, después de oscuras décadas de guerra, destrucción y miseria, perspectivas de prosperidad, paz y democracia.
Rechazamos con determinación todas las tentativas de desacreditar la revolución iraní e invitamos a todos los movimientos de emancipación, anticapitalistas y antihegemónicos de Alemania, Europa y el mundo entero a apoyar con todas sus fuerzas a la revolución popular iraní y a luchar por la liberación de todos los presos políticos así como por la libertad de la prensa y manifestar en Irán.
Fuente: http://www.tlaxcala.es/pp.asp?
Sobre el autor
Guillermo F. Parodi es miembro de Rebelión y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, al traductor y la fuente.
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Fuente: Rebelion.org


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