Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo social. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Desarrollo social. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de julio de 2026

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global
por Alejandro Frigerio (UCA/CONICET)



No solo perdimos la final del Mundial 2026 ante España, sino que también en los días siguientes recibimos múltiples, inesperadas (y para este caso, innecesarias) acusaciones de que éramos «uno de los países más racistas del mundo» -Samuel Jackson dixit, quizás aún compenetrado en su papel de Nick Fury guardián del orden global en las películas de los Avengers. Pero no fue el único. Tanto en medios «serios» como en múltiples publicaciones en redes sociales la acusación se difundió, con argumentos variopintos y superficiales. La foto de la selección, compuesta totalmente por jugadores blancos, fue tomada como prueba concluyente -como ya había sucedido en el Mundial pasado. Nuestra reacción local fue casi unánime: indignación, desmentidas, acusaciones de xenofobia contra quienes señalaban el problema. Nada muy diferente de lo que sucede cada vez que se toca el tema, pero en un clima emocional muy intenso y con la conciencia de una audiencia global.

¿Pero somos una sociedad racista?

La respuesta corta sería: sí. Todas las sociedades lo son, y el excepcionalismo argentino que queremos ver en este tema no es real. ¿Estamos entre los países más racistas del mundo? Seguramente no, pero sí estamos entre los que más ignoran o invisibilizan su racismo endógeno. Sería productivo reconocerlo, identificar nuestras conductas racistas (aún las más «inofensivas» y «folklóricas», como los cantos de las hinchadas de futbol) y hacer lo necesario para disminuirlo. Esto no afectaría los derechos de nadie (salvo los de quienes se creen que pueden propagar discursos de odio) y puede aumentar los de muchas personas que habitan nuestro territorio.

Un racismo con acento local

Todas las sociedades tienen sus Otros discriminados: internos, los que no encajan en la imagen ideal del ciudadano según la narrativa nacional dominante, y externos, definidos por los patrones de inmigración que a cada país le toca según su región, su historia colonial o sus necesidades de mano de obra. En Argentina, cada zona tiene los suyos: wichis y qom en el Chaco y Formosa, chiriguanos y guaraníes en Salta, «coyas» o bolivianos en el NOA, «chilotes» y mapuches en el Sur, «negros cabeza» en el AMBA.

Lo distintivo de nuestro racismo es su forma de expresarse: sosteniendo que no existe, porque supuestamente no habría «razas» ni grupos étnicos diferenciados dentro del país. Las campañas antirracistas que impulsaba el INADI en redes sociales —antes de que el gobierno de Milei cerrara el organismo— solían generar comentarios indignados por el solo hecho de tratar el tema, cuando no acusaciones de que el propio INADI era racista por «inventar» un problema que, para el sentido común argentino, no nos afectaba. Paradójicamente, el antirracismo parecía fomentar el racismo en lugar de reducirlo. Es exactamente el mismo reflejo que se vio esta semana: la respuesta a la acusación externa no fue la autocrítica sino el desmentido ofendido.

Cómo se construyó una Argentina «blanca»

El proyecto de la generación del 80 de europeizar a la población fue, al menos en el discurso, un éxito rotundo. La fuerte ola inmigratoria italiana y española diluyó – aunque no hizo desaparecer- a la población afroargentina en la nueva geografía demográfica de Buenos Aires, y la mayoría masculina de esa inmigración produjo un mestizaje casi forzado. La ideología del «crisol de razas» terminó convirtiendo en «blanca» a buena parte de la población que podría haberse considerado mestiza. Recién con la migración interna de la década de 1950 se hizo visible una presencia no blanca, estigmatizada bajo el mote de «cabecitas negras». Sus descendientes de hoy siguen siendo, para buena parte de la sociedad, simplemente «negros» («cabeza», «termos», «de mierda», etc.).

Los pueblos originarios están invisibilizados a nivel nacional -pese a que su número absoluto es comparable al de Brasil, país donde tienen un reconocimiento y un peso simbólico enorme-, y lo mismo ocurre con los afrodescendientes, recién incluidos oficialmente en los dos últimos censos pero todavía ausentes del imaginario colectivo. El «racismo a la argentina» respecto de este último grupo podría resumirse así: no somos racistas porque en nuestro país ya no hay negros; a quienes llamamos despectivamente «negros» los despreciamos sólo por su falta de cultura, no por su color. Ambas afirmaciones son falsas.

Aunque ya no representan el 30% de la población porteña como en 1810, existen muchos argentinos afrodescendientes -algunos herederos de los esclavizados y libertos de la colonia, otros producto de migraciones posteriores-. La cifra real seguramemte supera los 302.936 relevados en el último censo (0,7 % de la población), un resultado probablemente deslucido por la falta de campañas de sensibilización que lleguen a explicar bien qué significa «afrodescendiente», un término sin la carga peyorativa de la palabra «negro» -pero que, hay que reconocer, no implica que quien se autoidentifica de esta manera sea socialmente reconocido como «una persona negra».

El racismo de todos los días

En un país cuya imagen ideal es la de una sociedad blanca, europea, moderna y católica, quienes son socialmente leídos como «negros» (raciales) sufren sobre todo tres formas de discriminación cotidiana:

Invisibilización: la narrativa nacional sólo admite la presencia afroargentina hasta el gobierno de Rosas, y en la vida diaria se reserva la categoría de «negro» a quien tiene la piel muy oscura y cabello «mota». Es común, incluso, que las familias escondan fotos de abuelos por ser negros.

Extranjerización: especialmente irritante para los afroargentinos: se asume que toda persona negra, hable como hable, es necesariamente inmigrante.

Estereotipación: se les asignan roles y rasgos según el fenotipo —calientes, buenos para el baile, poco aptos para trabajos serios—, prejuicios con larga historia y plena vigencia.

A esto se suma una discriminación más amplia, compartida con quienes por su ascendencia indígena, mestiza o afro visible no responden a la imagen social del argentino «típico» «descendido de los barcos europeos» -una imagen que podría corresponder a la población de cierto nivel socio-económico de Buenos Aires y algunas capitales del interior pero que de ninguna manera representa a la mayoría de l@s argentin@s.

Cuando se habla con desdén de «negros» («cabeza», «villeros»), se está apelando -aunque se lo niegue- a una dimensión también fenotípica que antecede o se suma a la clase social y las preferencias estéticas. Nuestros «negros» cotidianos no son sólo sociales sino también raciales: son «insuficientemente blancos», y en eso radica buena parte de la desconfianza que despiertan. La expresión «cosas de negros» nació referida a la población afroargentina, pero hoy se aplica a cualquier «otro» que no llegue a ser «europeamente blanco». La «portación de rostro» frente a la policía y la «buena presencia» exigida en tantas búsquedas laborales son formas concretas de ese rechazo, que condiciona e influye negativamente en el acceso de demasiados compatriotas a la justicia, la educación, el empleo digno y la movilidad social.

¿Somos el país más racista del mundo?

Comparar racismos es difícil y puede ser contraproducente: lleva a la creencia autogratificante de que estaríamos en los puestos bajos de un supuesto ranking, o a pensar que algunas formas de esclavitud fueron más benévolas que otras -algo que sólo puede sostener quien nunca la sufrió ni leyó historia-. Es cierto que en Argentina no hubo leyes segregacionistas como en otros países, y que la educación pública, aun siendo una máquina de producción de la ideología de la blancura, también permitió cierta integración social, subordinada pero real.

Ninguna de esas dos cosas contradice lo anterior. Que no haya habido segregación legal no significa que no haya racismo estructural; y la reacción indignada ante la crítica externa de esta semana -«cómo nos van a decir racistas a nosotros»- es, precisamente, la forma en que ese racismo tácito se sostiene: negándose a sí mismo.

Por qué la selección es toda «blanca»

Hay, sin embargo, una pregunta legítima detrás de la polémica futbolística: a diferencia de otros países donde la proporción de afrodescendientes en la selección supera ampliamente su peso demográfico, el plantel argentino es prácticamente homogéneo en términos raciales. La explicación es en gran parte numérica: los afrodescendientes, como vimos, son apenas el 0,7 % de la población según el último censo. De ese porcentaje, sólo una fracción juega al fútbol, otra menor lo hace de manera competitiva, y de ésa, una fracción todavía menor alcanza el nivel de la selección nacional. Todo esto en un contexto social con una población «futbolísticamente activa» enorme. Por ello, las probabilidades son extremadamente bajas, aunque no nulas: en 1978 Héctor Rodolfo «Chocolate» Baley fue uno de los tres arqueros convocados.

Ese dato numérico explica la composición del equipo, pero no agota la discusión que se abrió en 2026. Que la ausencia de jugadores negros en la selección tenga una causa demográfica no vuelve falsas las otras evidencias: los cánticos discriminatorios de h hinchas (y peor, de la propia selección que fueron difundidos por redes sociales) en ediciones anteriores, los comentarios racistas de algunos (pocos) funcionarios durante este mismo torneo, o el reflejo colectivo de indignarse por la acusación antes que preguntarse por lo que la motiva. La pregunta que dejó el Mundial 2026 no es si Argentina es «el país más racista del mundo» -una comparación imposible de saldar-, sino por qué, cada vez que alguien lo señala desde afuera, la respuesta mayoritaria sigue siendo negar tozudamente que el problema exista.

Dicho esto, que seamos una sociedad racista no significa que lo seamos más que otras, y mucho menos que quienes nos acusan desde el Norte global tengan la autoridad moral que se arrogan para hacerlo. Estados Unidos y las potencias europeas que hoy señalan con el dedo construyeron sus fortunas sobre la esclavitud, el colonialismo y la segregación legal, y todavía conviven con un racismo estructural propio que no necesita mucha búsqueda para salir a la luz. Que un actor de Hollywood y medios estadounidenses o europeos acusen a la Argentina de ser “el país más racista del mundo” -a horas de que un equipo que hasta ese domingo era elogiado en todo el planeta por su entrega, su amor a la camiseta y a su gente pasara, de la noche a la mañana, a ser el villano racista de la película- tiene más de reflejo de superioridad moral ajena que de diagnóstico serio. Reconocer el racismo propio no exime de señalar el ajeno: se puede, y se debe, aceptar el racismo argentino sin por eso conceder autoridad moral a sociedades que llevan mucho más tiempo, y mucha más sangre, sin resolver el suyo.

La reiteración de acusaciones de que los argentinos somos los «villanos de la película» cuando participamos de actividades en escenarios globales -que somos racistas, maleducados o pendencieros-, habitualmente formuladas por intelectuales, periodistas o comunicadores del Norte global, demuestra también las asimétricas relaciones de poder y los prejuicios subyacentes: somos siempre los que no sabemos «ubicarnos en nuestro lugar» de latinoamericanos sumisos y moralmente inferiores. Es cierto, nuestra veta maradoniana se resiste a aceptar el lugar subordinado que quieren asignarnos en el orden global. No por nada D10S es argentino…



jueves, 23 de julio de 2026

Cómo se inventó el país más racista del mundo

Cómo se inventó el país más racista del mundo
La campaña antiargentina fue un discurso de odio revestido de progresismo.
por Martín Mosquera


Foto de Lucia Prieto / @lucia.prieto


Entrevista por Gabriel Vera Lopes

Durante el Mundial de fútbol recién finalizado, el enfrentamiento entre selecciones derivó rápidamente en una campaña internacional contra Argentina. Figuras muy diversas, de Rosalía y Patti Smith a Samuel L. Jackson, Yanis Varoufakis y el escritor y activista Etan Thomas, participaron de una denuncia masiva del supuesto racismo excepcional del país, amplificada por las redes sociales y por buena parte de la prensa occidental, conservadora y progresista. El apoyo a sus adversarios llegó así a presentarse como una causa antirracista, mientras la sociedad argentina era reducida a una caricatura blanca, xenófoba y supremacista.

En esta entrevista, Martín Mosquera analiza el origen emocional y político de la campaña, discute la situación real del racismo en Argentina y cuestiona el papel desempeñado por una parte de la intelectualidad progresista global. La conversación fue realizada originalmente para Brasil de Fato y se publica aquí en una versión ligeramente adaptada.


Gabriel Vera Lopes: ¿Qué pensás de la ola antiargentina global?

Martín Mosquera: La verdad es que fue un fenómeno bastante impresionante. Durante algunos días, Argentina llegó a aparecer en las redes como el país más odiado del mundo, incluso por encima de Estados Unidos. Hasta cierto punto, nada de esto debería sorprendernos demasiado. El fútbol moviliza rivalidades nacionales intensas y las redes sociales las procesan dentro de un ecosistema dominado por la agresividad y las noticias falsas. Pero la situación pronto pasó a otro nivel.

Lo que comenzó como una reacción bastante típica de la competencia deportiva fue creciendo hasta alcanzar a buena parte de la prensa internacional. Desde la derecha se recuperó la vieja representación del argentino como una figura bárbara y deshonesta. The Telegraph, un diario conservador inglés, por ejemplo, tituló «Fútbol 1, delincuentes 0». El partido dejó de ser una competencia deportiva y pasó a presentarse como una confrontación moral entre el supuesto juego civilizado de España y la violencia constitutiva de los argentinos.

Más sorprendente todavía fue el papel de los medios progresistas o liberales occidentales. Publicaciones como The New Yorker, The Guardian, Los Angeles Times o El País se sumaron, con distintos grados y matices, a una narración que presentaba el torneo como una lucha entre una Argentina blanca y racista y el multiculturalismo encarnado por las selecciones europeas. La operación era diferente de la conservadora, pero complementaria. Mientras unos denunciaban la barbarie argentina, otros la convertían en una expresión de supremacismo racial.

La escena era, como mínimo, paradójica. Pensemos un segundo. Cuando la campaña alcanzó su pico, el cuadro de semifinales reunía a tres selecciones pertenecientes a países centrales, con extensas historias coloniales y problemas contemporáneos muy documentados de racismo, frente a la selección de un país periférico. Sin embargo, una parte del progresismo internacional consiguió presentar el apoyo a España, Inglaterra o Francia como una posición anticolonial y antirracista frente a Argentina.

Creo que fue un caso bastante característico de nuestra época. En pocos días se produjo colectivamente una imagen completamente delirante de Argentina. Tal vez pueda resumirse en la intervención de Samuel L. Jackson, que llegó a presentar a Argentina como el país probablemente más racista del mundo y sugirió que las personas negras no debían alentar a su selección. Jackson es un actor genuinamente comprometido con los derechos civiles y vive, además, en un país cuya historia de esclavitud y segregación sigue proyectándose sobre el presente, donde se mantiene una enorme tradición de supremacismo blanco y son habituales los crímenes de odio. Creo que sus palabras dan la medida de la distorsión alcanzada por la campaña.

Estamos hablando de un poderosísimo aparato cultural global que se montó sobre una campaña de hostigamiento surgida en las redes sociales y amplificada por ellas. Para una sociedad periférica con escasa capacidad de intervención en la conversación pública mundial, contrarrestar un discurso de esa magnitud resultó prácticamente imposible. Hubo voces críticas, pero fueron minoritarias y no consiguieron alcanzar una circulación comparable. Entre ellas estaban, precisamente, muchas de las personas en cuyo nombre supuestamente hablaba la campaña, desde organizaciones afroargentinas hasta colectivos de migrantes latinoamericanos que describían experiencias y formas de recepción muy distintas de la caricatura que circulaba en el exterior.

Creo que el inicio de todo esto fue mucho más prosaico de lo que después pretendieron las racionalizaciones políticas. La materia prima de nuestras conductas, de las de todos nosotros, son las emociones. Las razones suelen llegar después, como coartada o disfraz de nuestras pasiones. Y en el fondo de todo esto hubo una emoción muy intensa, reactivada en el contexto del Mundial de fútbol.

El punto de partida fue la irritación que produjo en mucha gente el nuevo avance de la selección argentina, después de haber «sufrido» la arrogancia de sus hinchas tras el Mundial de Qatar de 2022. Había, sencillamente, un rechazo emocional ante la posibilidad de otra victoria argentina. En España se sumó, probablemente, la prolongada hostilidad hacia Messi de una parte importante del «madridismo», que durante años organizó una cultura deportiva y mediática alrededor de su rivalidad con el jugador argentino.

En América Latina ya existía un sentimiento antiargentino previo, asociado a la fama de arrogancia nacional. A eso se sumó la frustración de países enormes, con mucho más presupuesto y población. México arrastra una larga historia de decepciones futbolísticas, mientras Brasil atraviesa la mayor sequía mundialista de su historia justo cuando su principal rival regional encadena una etapa de éxitos. Brasil fue, de hecho, uno de los focos más activos de la campaña.

El fútbol es un extraordinario movilizador de emociones y, durante un Mundial, se combina con esa fuerza enigmática y poderosa de la modernidad que es el sentimiento nacional. El origen del fenómeno fue, en buena medida, una mezcla de rivalidad deportiva y orgullo herido ante la posibilidad de otra victoria argentina. Todo ello amplificado por una tecnología construida para premiar la agresividad y la indignación. Las redes sociales, y particularmente X bajo la conducción de Elon Musk, funcionan como una maquinaria de exaltación de este tipo de discursos.

Sobre esa base emocional se construyeron tres racionalizaciones políticas. La primera fue la idea de un supuesto favoritismo de la FIFA hacia Argentina, una acusación conspirativa con muy poco sustento. Cualquier decisión arbitral favorable era presentada como prueba de un complot, mientras se ignoraban los errores que perjudicaban al equipo o los beneficios recibidos por otras selecciones.

No sorprende a nadie la opacidad de la FIFA, acentuada por la influencia de Donald Trump en un Mundial organizado en Estados Unidos. Esa cercanía quedó expuesta cuando el presidente intervino para que se levantara la sanción a Folarin Balogun, jugador de la selección estadounidense. También resultó indignante la exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, junto con decisiones arbitrales muy polémicas, como las del partido entre Croacia y Portugal, tras el cual la federación croata presentó una protesta formal. Ninguno de estos episodios benefició a Argentina. El torneo confirmó hasta qué punto la FIFA está atravesada por la mercantilización y la corrupción.

El segundo eje fue el vínculo del gobierno de extrema derecha de Javier Milei con figuras como Trump y Netanyahu. Ese alineamiento del gobierno argentino es real y forma parte de una orientación política concreta cuyas consecuencias padece la población del país. Sin embargo, su utilización dentro de la campaña fue selectiva y distorsiva. Se señaló, por ejemplo, la participación de Messi en una reunión institucional del Inter de Miami con Trump, un hecho repudiable. En cambio, no generaron un repudio comparable encuentros mucho más personales, como el de Harry Kane jugando al golf con Trump o la visita individual de Cristiano Ronaldo.

Mientras se condenaba a la selección argentina por esa supuesta cercanía política, también se ignoraron gestos que iban en sentido contrario. Junto con la hermosa imagen de Lamine Yamal celebrando con la bandera palestina, Argentina protagonizó uno de los pocos actos de desobediencia política del torneo. Tras la semifinal contra Inglaterra, varios jugadores desplegaron una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas», desafiando una prohibición explícita de la FIFA, respaldada incluso por el gobierno de Milei. El gesto conectaba con un sentimiento popular profundo y exponía a los jugadores a posibles sanciones. También generó incomodidad en el oficialismo, que reaccionó con hostilidad. Fue una intervención breve pero poderosa.

El tercer eje fue el racismo. En este punto, el rechazo encontró una racionalización más noble y mucho más eficaz. La campaña dejó de presentarse como una rivalidad futbolística y comenzó a describirse como una lucha moral contra un país supuestamente blanco, colonial, racista, violento y tramposo.

Eso no significa que Argentina carezca de racismo. Hay racismo, como existen otras formas de discriminación y desigualdad. Distintos grupos racializados, entre ellos pueblos originarios, afrodescendientes y migrantes regionales, sufren prejuicios y formas de exclusión. Y el fútbol constituye uno de los espacios donde esas expresiones aparecen de manera más desagradable e hipertrofiada. Pero la situación real guarda muy poca relación con la imagen construida por esta campaña.

Fue realmente sorprendente leer cosas cada vez más delirantes escritas por personas que conozco, muchas de ellas personas cercanas, además de inteligentes y formadas. Reproducían noticias falsas de fácil refutación y generalizaciones que jamás aceptarían si estuvieran dirigidas contra otros pueblos. También fue inquietante observar la creciente agresividad del lenguaje. Un militante marxista que está entre mis contactos en X llegó a pedir que Irán bombardeara Buenos Aires. Evidentemente no hablaba en serio, pero el comentario mostraba hasta qué punto se había naturalizado la hostilidad colectiva.

La experiencia fue reveladora. Nos permitió observar desde adentro cómo funcionan las redes de odio de las que se alimenta la extrema derecha. Todo empieza con una emoción intensa. Después, algunos hechos verdaderos se sacan de contexto y se mezclan con falsedades dentro de una comunidad que solo escucha lo que confirma sus certezas. En muy poco tiempo puede construirse una realidad completamente imaginaria y conseguir que personas inteligentes la reproduzcan con convicción.

Creo que no es exagerado hablar en este caso de un discurso de odio. Reunió varios de sus rasgos característicos: partió de una emoción exaltada, se propagó por las redes sociales, se alimentó de noticias falsas y medias verdades y atribuyó características morales a una población completa. Como suele ocurrir, esa estigmatización también tuvo consecuencias fuera de las redes, con episodios de agresión contra argentinos en España, México y Brasil. Por el momento fueron casos acotados, pero muestran que estas narrativas nunca son inocuas.

Lo más llamativo fue que una parte de la izquierda y de la intelectualidad progresista global, principalmente europea y estadounidense, funcionó como una pieza decisiva de la campaña. Le proporcionó un lenguaje respetable y una racionalización política.

Diría, por eso, que fue un discurso de odio disfrazado de progresismo. Una rivalidad futbolística perfectamente comprensible fue transformada en una condena moral de una población completa, y una parte del progresismo internacional le otorgó legitimidad política.

GVL: ¿Cuál es la situación del racismo en Argentina?

MM: Argentina tiene racismo, pero no es la sociedad excepcionalmente racista que se construyó durante esta campaña. Ambas afirmaciones deben sostenerse simultáneamente.

Existe discriminación contra pueblos indígenas, afrodescendientes y migrantes de la región. Hay violencia policial selectiva y una cultura futbolística en la que sobreviven expresiones racistas y xenófobas muy fuertes. Durante mucho tiempo, además, el relato oficial presentó a Argentina como una nación puramente blanca y europea, minimizando la diversidad étnica y racial de su población.

Pero cuando se dejan de lado las impresiones y los episodios virales y se observan las instituciones, la historia social y los estudios comparativos, la caricatura internacional empieza a desmoronarse.

Para empezar, Argentina construyó uno de los sistemas de derechos civiles más avanzados de América Latina. Fue el primer país de la región en reconocer el matrimonio igualitario y la adopción plena por parejas del mismo sexo. Su Ley de Identidad de Género permitió modificar el nombre y el sexo registrado sin autorización judicial ni requisitos médicos o psiquiátricos, y fue considerada una legislación pionera a escala mundial. También reconoció la migración como un derecho humano y estableció un régimen relativamente abierto, con acceso de los extranjeros a los servicios públicos.

Argentina tampoco desarrolló nada comparable con el muro entre Estados Unidos y México ni con el régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla, donde las políticas de contención migratoria han producido muertes y graves violaciones de derechos humanos bajo gobiernos conservadores y socialdemócratas. Esto no lo menciono para relativizar los racismos argentinos mediante la enumeración de los crímenes ajenos, sino porque durante esta campaña España fue presentada como la encarnación de una sociedad multicultural e integrada frente a una Argentina cerrada y supremacista. ¿Acaso no exige esta contraposición borrar de un plumazo buena parte de la realidad europea?

El gobierno de Milei está atacando una parte considerable de ese entramado institucional y promoviendo una política más restrictiva y punitiva. Hasta ahora, sin embargo, su capacidad para desmontarlo ha sido limitada. Su ofensiva constituye un retroceso precisamente porque existe una tradición previa de derechos civiles particularmente avanzada.

La historia argentina también presenta diferencias estructurales importantes. La Asamblea del Año XIII fue una asamblea política reunida en Buenos Aires durante el proceso de independencia del Río de la Plata. Aunque no abolió completamente la esclavitud, dispuso que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres y adoptó medidas para limitar la trata. La abolición definitiva quedó establecida en la Constitución de 1853. Estados Unidos, por su lado, abolió la esclavitud en 1865, pero mantuvo durante casi otro siglo un régimen legal de segregación racial bajo las leyes Jim Crow.

La economía rioplatense nunca tuvo una estructura basada centralmente en la esclavitud comparable con Brasil o el sur de Estados Unidos. Esto no ocurrió porque las élites argentinas fueran antirracistas; eran abiertamente racistas. La diferencia se explica por otra estructura económica y social. Pero esa diferencia dejó consecuencias históricas.

A ella se sumó una tradición igualitaria poderosa. Historiadores de orientaciones muy diversas han vinculado esa tradición con la politización de la inmigración obrera, la fuerza del movimiento sindical y la incorporación de las clases populares mestizas a la vida política, especialmente durante el peronismo. También señalan el papel integrador de la educación pública y de una sociedad civil muy activa y densamente organizada.

Ese igualitarismo convivió con el racismo, pero contribuyó a atenuar algunos de sus efectos. También ayuda a explicar la ubicación relativa de Argentina frente a sociedades atravesadas por desigualdades raciales mucho más profundas. Argentina tiene enormes desigualdades materiales y simbólicas, pero existe a la vez una norma cultural fuerte contra la afirmación abierta de una superioridad fundada en el nacimiento, un fenómeno ampliamente documentado y estudiado por politólogos e historiadores. Esa tensión forma parte de la historia nacional.

Los estudios comparativos disponibles tampoco respaldan la imagen de una excepcionalidad racista. En el World Values Survey, que pregunta, entre otras cosas, si las personas rechazarían tener vecinos de otra raza, Argentina suele ubicarse entre los países con menor prejuicio racial declarado. Sus resultados son generalmente mejores que los de buena parte de la región y comparables con los de sociedades europeas de baja intolerancia. Según la pregunta considerada, Argentina suele ubicarse cerca de España o Reino Unido y, con frecuencia, por encima de Francia.

El Project on Ethnicity and Race in Latin America ofrece otra base comparativa. El estudio examina la relación entre color de piel y posición socioeconómica en varios países de la región. Sus resultados muestran que las jerarquías raciales atraviesan a toda América Latina, aunque con intensidades desiguales, y las brechas asociadas al color de piel son especialmente pronunciadas en países como Brasil, Colombia, México y Perú. Esto no elimina la existencia de racismo en Argentina, pero sí contradice la imagen de una excepcionalidad argentina construida por contraste con países vecinos que, en realidad, presentan desigualdades étnico-raciales muy profundas.

En buena parte de América Latina existen desigualdades étnico-raciales más profundas y visibles que las argentinas. Brasil exhibe brechas raciales muy pronunciadas tanto en las condiciones de vida como en la exposición al encarcelamiento y la violencia policial. México presenta profundas desigualdades que afectan especialmente a la población indígena y, de manera menos estudiada pero también documentada, a las comunidades afromexicanas. En otros países de la región, la pertenencia indígena o afrodescendiente también está estrechamente asociada a la pobreza y la marginación social.

Francia y Reino Unido, por su parte, cuentan con abundante evidencia sobre discriminación en el mercado de trabajo y en el trato policial. España enfrenta un racismo significativo contra migrantes africanos y una política fronteriza asociada a graves violaciones de derechos humanos.

Por eso, frente a la afirmación de que Argentina es más racista que las principales sociedades latinoamericanas o que Francia, España o Inglaterra, la pregunta inmediata debería ser: ¿según qué indicador? Los estudios comparativos de actitudes no sostienen esa conclusión. Las instituciones de derechos civiles tampoco. Las desigualdades étnico-raciales son considerablemente más profundas en otros países de la región, mientras varias sociedades europeas presentan problemas ampliamente documentados de discriminación institucional.

Esto no permite elaborar un ranking definitivo de sociedades racistas. Pero sí permite descartar la caricatura que circuló durante la campaña. No existe evidencia seria para afirmar que Argentina sea una anomalía racista frente a esos países. En varios indicadores, la evidencia disponible apunta en la dirección contraria.

¿Cómo se formó, entonces, la imagen exterior de una Argentina especialmente racista? Creo que hubo dos factores decisivos.

El primero es, precisamente, el fútbol. Los estadios son uno de los espacios donde el racismo argentino aparece de manera más hipertrofiada. La cultura futbolística local tiene naturalizados los cantos racistas. Además, los argentinos que viajan regularmente a los mundiales no son una muestra sociológica del país. Pertenecen en gran medida a sectores medios altos y altos, entre los cuales el clasismo y el racismo pueden expresarse de manera particularmente cruda.

El segundo factor es la dificultad para reconocer la diversidad argentina cuando no adopta las formas fenotípicas y categoriales de Estados Unidos. La sociedad argentina es profundamente mestiza, aunque ese mestizaje haya sido recubierto durante décadas por una ideología de blanquitud. Desde el exterior, esa ideología suele aceptarse literalmente. Argentina dijo alguna vez que era blanca y sus críticos decidieron creerle.

Las categorías argentinas de raza y clase tampoco coinciden con las estadounidenses. La palabra «negro», por ejemplo, puede funcionar como categoría racial, insulto clasista, pero también, y muchas veces, como una forma afectiva de trato. Esa polisemia obliga a atender al contexto. Un ejemplo de esto fue la sanción impuesta por la Federación Inglesa a Edinson Cavani por escribirle «gracias, negrito» a un amigo. Un uso afectuoso del español rioplatense fue interpretado como un agravio racial. Terminó sancionado un uso afectivo del término porque una institución inglesa trasladó a otro contexto lingüístico su propio código sobre el lenguaje racial.

El desafío consiste en evitar dos simplificaciones. La primera es la vieja negación local del racismo, según la idea de que, como aquí no existe una división racial idéntica a la estadounidense, no hay discriminación. La segunda es la caricatura inversa, que convierte a Argentina en una anomalía supremacista y desconoce su composición popular y mestiza, así como la tradición igualitaria expresada en buena parte de sus instituciones.

La comparación internacional permite rechazar una afirmación empíricamente falsa sin minimizar los problemas reales del racismo argentino. Esa falsedad, además, produce efectos políticos negativos sobre los que vale la pena detenerse. Argentina no aparece, ni en sus instituciones ni en los principales estudios internacionales de actitudes, como una sociedad más racista que los países latinoamericanos o las grandes potencias europeas que protagonizaron esta campaña. En varios indicadores ocurre exactamente lo contrario.

GVL: ¿Qué pensás del papel de la intelectualidad progresista global?

MM: Fue uno de los aspectos más decepcionantes. Una parte considerable de la intelectualidad progresista europea y estadounidense reprodujo exactamente la actitud eurocéntrica que los departamentos anglosajones de estudios decoloniales dicen denunciar: habló desde un pedestal moral sin molestarse demasiado en conocer la historia concreta ni la realidad social del país al que estaba condenando. De ese modo, convirtió a una sociedad periférica en objeto de juicio e invisibilizó el racismo característico de sus propias sociedades.

El excelente artículo que publicó Jacobin en Estados Unidos, hay que decirlo, uno de los pocos medios importantes de izquierda que se opuso abiertamente a esta ola, y que tradujimos con el título «Contra el moralismo geopolítico futbolero», señaló algo fundamental: muchas de estas intervenciones no intentaban comprender una realidad desconocida, sino forzarla dentro de categorías preestablecidas del Norte Global.

Como los autores lo formularon de una manera mejor de lo que yo podría hacerlo, voy a citarlos ampliamente:

Las desigualdades raciales en nuestro país no encajan, ni podrían encajar jamás, en el patrón estadounidense. Verlas como versiones menores de las de Estados Unidos encaja exactamente en la definición de lo «imperial», en la práctica de «gobernar sobre» una multiplicidad de culturas por lo demás dispares. Este «gobernar sobre» desestima las particularidades, ignora formas de ver ajenas y, en general, espera que toda esa diversidad se subordine a esta mirada dominante y monolítica. Esto no es un rasgo exclusivo de los ideólogos de derecha; lamentablemente, se extiende también a algunos de quienes en otros contextos denunciarían al imperio.

La historia racial argentina no puede comprenderse como una versión incompleta o defectuosa de la experiencia estadounidense. Convertir una historia nacional particular en modelo universal y obligar a las demás sociedades a reconocerse en ella es un gesto que podría considerarse, en definitiva, imperial.

Estados Unidos organizó históricamente su sistema racial alrededor de la esclavitud de plantación y, más tarde, de la segregación jurídica, dentro de una clasificación relativamente binaria entre blancos y negros. Brasil tuvo otra trayectoria, atravesada por una economía esclavista de enorme escala y por jerarquías más graduales de color. Argentina tuvo una formación diferente, marcada por la menor centralidad económica de la esclavitud y por un mestizaje cuya visibilidad fue posteriormente desplazada por el peso demográfico y simbólico de la inmigración europea masiva. A eso se sumaron la invisibilización de afrodescendientes y pueblos originarios y una tradición de integración social que convivió con formas concretas de discriminación.

Aplicar, aunque sea de manera implícita, una clasificación racial binaria importada de Estados Unidos conduce a inspeccionar los rostros y los tonos de piel de los jugadores argentinos para decidir si son suficientemente negros. Como no encajan en una imagen estereotipada de la negritud, la selección es declarada blanca. Pero la selección argentina es mestiza y socialmente popular, formada en su enorme mayoría por jugadores provenientes de hogares trabajadores de las provincias y periferias urbanas. La sociedad, en su mayoría, se identifica con ellos por sus trayectorias y porque reconoce en sus maneras una pertenencia común, no porque representen una fantasía de pureza blanca.

La selección argentina también es multicultural, aunque su diversidad no coincida con la imagen que una oficina universitaria estadounidense espera encontrar. Refleja las migraciones internas, así como una diversidad de ascendencias integrada por instituciones populares como los clubes de barrio.

También hubo una asimetría evidente en los criterios. Argentina quedó sometida a un examen moral absoluto, mientras España, Francia e Inglaterra eran liberadas de toda evaluación histórica y contemporánea. Desaparecieron sus historias coloniales y las formas contemporáneas de violencia contra migrantes y poblaciones racializadas.

¿España es una sociedad multicultural y Argentina una sociedad racista? España es una sociedad con una importante población de origen migrante, y Lamine Yamal, además de ser un jugador excepcional, ha sostenido posiciones políticas valientes, reivindicando sus orígenes humildes y expresando su apoyo a Palestina. Muchos argentinos vimos en él algo de Diego Maradona, probablemente el futbolista que más abiertamente se enfrentó a la FIFA y que asumió compromisos políticos y populares reconocibles.

Pero también vimos al capitán de España celebrar junto a su afición «por el rey y por España», cuando esa idea de España ha estado históricamente asociada a la subordinación de las identidades nacionales catalana, vasca y gallega. España enfrenta, además, una violencia sistemática contra migrantes africanos y una derecha xenófoba que todavía se alimenta de las persistencias culturales del franquismo. Francia presenta una discriminación ampliamente documentada contra personas de origen africano y magrebí. En el Reino Unido existen brechas raciales en las condiciones de vida y una fuerte desigualdad en el encarcelamiento y el trato policial.

No se trata de defender al propio país reemplazando un estigma por otro. Se trata, sencillamente, de mostrar la arbitrariedad de una intelectualidad occidental que convirtió a esas sociedades en emblemas del multiculturalismo y el antirracismo mientras sometía a Argentina a un juicio moral absoluto.

Nada de esto convierte a esas sociedades en esencias racistas. Ese es precisamente el criterio que debería aplicarse también a Argentina. Las sociedades son formaciones contradictorias, atravesadas por relaciones de poder y conflictos internos. No pueden reducirse a una esencia moral deducida de una selección de fútbol.

El comentario de Yanis Varoufakis fue un ejemplo particularmente elocuente de esa simplificación, aunque la lista es lamentablemente interminable. Varoufakis celebró el triunfo español afirmando que el fútbol había vencido a su mercantilización y que la brillantez colectiva de España se había impuesto al individualismo argentino.

Pero ¿por qué Argentina representaría la mercantilización y España su superación? La Federación Española forma parte de una de las industrias futbolísticas más ricas y poderosas del mundo, dominada por clubes como Real Madrid y Barcelona. Argentina, en cambio, ocupa una posición periférica y forma jugadores que luego son absorbidos por las ligas europeas. Convertir al polo subordinado en símbolo del mercado y a uno de sus centros principales en emblema de la resistencia muestra hasta qué punto una preferencia deportiva fue revestida arbitrariamente de contenido político. También revela una considerable ignorancia, tanto sobre la estructura del fútbol mundial como sobre las relaciones entre centro y periferia, un terreno en el que cabe exigir bastante más de una figura del prestigio intelectual y político de Varoufakis.

También resulta arbitrario identificar a Argentina con el individualismo por la presencia de Messi. Es cierto que la selección se benefició de una figura providencial, comparable únicamente, en otros contextos históricos, con Pelé o Maradona. Pero el equipo argentino de los últimos años fue profundamente colectivo, construido alrededor de la solidaridad entre sus jugadores y de la subordinación de sus figuras a un proyecto común. Lo importante, de todos modos, no es la discusión futbolística, sino la desfiguración de la realidad a la que se prestaron figuras prestigiosas de la intelectualidad europea. El comentario de Varoufakis dice mucho menos sobre el juego argentino que sobre la necesidad de convertir un episodio deportivo en una victoria moral y política, de manera irresponsable y contribuyendo a una suerte de hostigamiento global contra un país.

No se trata necesariamente de mala fe. Fueron, más bien, actos irresponsables que dicen mucho sobre nuestro tiempo. Una persona con autoridad intelectual debe ser especialmente cuidadosa cuando habla de una sociedad que no conoce. No puede convertir intuiciones formadas a partir de publicaciones virales en afirmaciones generales sobre la historia y el carácter de un pueblo. El prestigio aumenta esa responsabilidad, porque sus palabras proporcionan legitimidad a comportamientos que luego circulan de manera mucho más agresiva.

También hubo una forma de ventriloquia política. Se habló en nombre de distintos colectivos racializados de Argentina, pero rara vez se los escuchó. Muchas de esas voces rechazaron la caricatura internacional sin negar los problemas reales de discriminación en Argentina. Sin embargo, tuvieron mucha menos circulación que las opiniones de celebridades extranjeras. El supuesto antirracismo volvió a colocar a los centros culturales internacionales en el lugar de quienes explican una sociedad periférica por encima de quienes viven en ella.

Una intelectualidad verdaderamente internacionalista debería juzgar menos rápido y conocer mejor las historias nacionales sobre las que interviene. También debería resistir la opinología irresponsable y el vedetismo narcisista que estimulan las redes sociales. El antirracismo pierde fuerza cuando se convierte en una distribución arbitraria de certificados morales y se vuelve directamente imperial cuando transforma las categorías del Norte Global en la medida universal con la que deben ser juzgadas las sociedades periféricas.

GVL: ¿Por qué esta campaña constituye un problema político y no solamente una representación injusta de Argentina?

MM: Porque el problema excede ampliamente la reputación internacional del país. Mi preocupación no es defender el honor nacional ni demostrar ninguna presunta superioridad moral de los argentinos. Lo grave es que una parte de la izquierda y del progresismo internacional haya adoptado los procedimientos de una campaña de odio y los haya presentado como una forma de antirracismo.

Ese mecanismo perjudica, en primer lugar, a quienes combaten el racismo dentro de Argentina. Los colectivos racializados quedaron enfrentados a una caricatura exterior que tenía poco que ver con sus experiencias concretas. La derecha puede aprovechar ahora esa exageración para negar el problema real. Si es absurdo afirmar que Argentina es el país más racista del mundo, entonces, dirá, toda denuncia de racismo es falsa. El moralismo extremo termina ofreciéndole una coartada.

La campaña también divide a pueblos que deberían reconocerse como aliados. Las sociedades latinoamericanas están atravesadas por problemas específicos de racismo, pero también por historias de luchas obreras, indígenas, democráticas y anticoloniales. Convertir rivalidades futbolísticas en una competencia moral entre pueblos resulta políticamente desastroso, sobre todo en un momento de avance de la extrema derecha y renovada presión estadounidense sobre la región.

El problema de fondo es qué tipo de izquierda se está formando cuando puede participar con tanta facilidad en campañas de estigmatización nacional. El internacionalismo se vacía cuando la solidaridad entre pueblos es reemplazada por una competencia por demostrar quién ocupa el lugar moralmente correcto. El racismo debe ser combatido y denunciado allí donde aparezca. Pero una izquierda incapaz de distinguir entre combatir el racismo y estigmatizar a un pueblo termina empujando hacia la reacción a personas que no son racistas ni derechistas. La extrema derecha ha sabido explotar muy bien esa experiencia de humillación moral.

El internacionalismo siempre consistió en construir solidaridad entre pueblos diferentes a partir del conocimiento de sus historias y de las estructuras que los enfrentan. Una campaña que convierte a un pueblo periférico en objeto colectivo de odio destruye ese vínculo.

Por eso debe ser denunciada con claridad. Argentina no está libre de racismo, pero ningún racismo se combate estigmatizando una nacionalidad. Las críticas extranjeras son legítimas, pero deben fundarse en hechos y en un conocimiento histórico capaz de aplicar criterios simétricos. La solidaridad entre los pueblos oprimidos es demasiado importante como para dejarla subordinada al moralismo y a la lógica de las redes sociales.

Sobre el entrevistador

- Gabriel Vera Lopes es corresponsal de Brasil de Fato y participa de distintos espacios de formación vinculados a movimientos sociales de América Latina.



martes, 11 de noviembre de 2025

"Elysium" como escenario fáctico: tecnocracia y el rol de los multimillonarios

"Elysium" como escenario fáctico: tecnocracia y el rol de los multimillonarios
por Luis Emilio Annino


Imagen ilustrativa.


Introducción

En un mundo donde la desigualdad económica y las crisis ambientales se agudizan, la película Elysium (2013), dirigida por Neill Blomkamp, se presenta no solo como una obra de ficción científica, sino como un escenario factual que anticipa tendencias actuales. En esta narrativa, la Tierra se ha convertido en un páramo inhabitable para las masas, mientras una élite privilegiada habita una estación espacial utópica, accesible solo para los ultrarricos. Este reporte analiza Elysium como un reflejo de la tecnocracia emergente –un sistema de gobierno donde el conocimiento técnico y la innovación dictan el poder– y el papel central de los multimillonarios en su materialización. Basado en análisis culturales, proyecciones espaciales y críticas contemporáneas, exploraremos cómo este escenario distópico se alinea con realidades de 2025, donde figuras como Elon Musk y Jeff Bezos impulsan visiones de colonización espacial que evocan una segregación clasista.

Elysium como escenario fáctico

Elysium proyecta un futuro (año 2154) donde la sobrepoblación, la contaminación y la pobreza han colapsado la sociedad terrestre. Los pobres sobreviven en un Los Ángeles devastado, mientras los ricos –un 0.01% de la población– residen en Elysium, una estación orbital con jardines exuberantes, gravedad artificial y tecnología médica que cura cualquier enfermedad mediante "pods de regeneración". Esta división no es meramente geográfica, sino existencial: la élite accede a longevidad y prosperidad, financiada por corporaciones que explotan mano de obra barata en la Tierra.

Como escenario factual, Elysium anticipa el "efecto Elysium", un término acuñado para describir la reacción pública contra la colonización espacial elitista, donde los multimillonarios abandonan un planeta en crisis para refugiarse en enclaves orbitales o marcianos. En 2025, con el cambio climático exacerbado y la desigualdad global en máximos históricos, esta visión resuena: informes de la ONU destacan que el 1% más rico emite el doble de carbono que la mitad más pobre de la humanidad, mientras proyectos espaciales privados avanzan sin resolver problemas terrestres. La película, criticada inicialmente por su "mensajería simplista", ahora parece profética, como señalan reseñas recientes que la ven como un "blueprint" para las élites tecnológicas.

El concepto de Tecnocracia y su manifestación en Elysium

La tecnocracia, propuesta originalmente en la década de 1930 por ingenieros como Howard Scott, aboga por un gobierno liderado por expertos técnicos –científicos, ingenieros y tecnólogos– en lugar de políticos o demócratas. En este sistema, las decisiones se basan en eficiencia racional y datos, priorizando la innovación sobre la equidad social. Críticos lo ven como una forma de autoritarismo disfrazado, donde el "conocimiento experto" justifica la exclusión.

En Elysium, esta tecnocracia se materializa en un gobierno orbital "técnico" que administra recursos con precisión algorítmica: drones armados patrullan fronteras invisibles, y la corporación Armadyne –dirigida por un CEO obsesionado con la eficiencia– diseña exoesqueletos y armas para mantener el orden clasista. La Secretario de Defensa, interpretada por Jodie Foster, encarna esta figura tecnocrática: fría, calculadora, delegando en IA y robots para suprimir revueltas terrestres. La película critica cómo la tecnocracia, bajo el pretexto de progreso, perpetúa desigualdades: los "pods médicos" son un avance transhumanista accesible solo a los ricos, simbolizando una inmortalidad selectiva.

Como escenario factual, Elysium ilustra una tecnocracia híbrida en ascenso. En 2025, gobiernos consultan a "expertos" de Silicon Valley para políticas de IA y clima, mientras plataformas como X (ex-Twitter) y algoritmos de Meta influyen en narrativas globales sin responsabilidad democrática. Análisis recientes describen Elysium como una "distopía crítica" que interroga el capitalismo global, donde la tecnología no libera, sino que segrega.

Los multimillonarios como arquitectos de este Nuevo Orden

Los multimillonarios tecnológicos –Musk, Bezos, Branson– son los Delacourt y Dreyfus de la vida real: visionarios que financian escapes espaciales mientras acumulan poder. Elon Musk, con SpaceX, planea colonias en Marte para "salvar la humanidad", pero críticos argumentan que esto es un "colonialismo espacial" que replica desigualdades terrestres, beneficiando solo a una élite. En septiembre de 2025, Musk y Bezos compiten en visiones orbitales, con Blue Origin de Bezos proponiendo hábitats para "millones" en el espacio para 2045, incluyendo robots que "conmuten" a la Luna.

Estos proyectos evocan Elysium: Bezos, en su Blue Origin, invierte en estaciones orbitales lujosas, mientras que Starship de Musk prioriza la eficiencia técnica sobre la accesibilidad. Un ensayo de 2025 califica estas ambiciones como "delirantes", argumentando que ignoran soluciones terrestres como la descarbonización equitativa. Harvard advierte: "Ignoren a estos moguls tecnológicos que promueven la colonización como panacea; es una distracción de la crisis planetaria". En Elysium, el multimillonario John Carlyle codifica datos en su cerebro para hackear el sistema, simbolizando cómo los ricos fusionan capital y tecnología para inmortalidad personal. Hoy, inversiones en longevidad (como Neuralink de Musk) paralelizan esto, creando una tecnocracia donde los multimillonarios deciden el futuro humano.




Conclusión

Tratando Elysium como escenario factual, emerge un panorama alarmante: una tecnocracia impulsada por multimillonarios que prioriza escapes elitistas sobre soluciones inclusivas. Mientras la Tierra enfrenta colapsos inminentes –con sequías y migraciones masivas en 2025–, estos "arquitectos" del futuro proyectan un Elysium real, donde la tecnología justifica la exclusión. La película urge a una reflexión: ¿permitiremos que la tecnocracia se convierta en eugenesia espacial, o demandaremos un progreso compartido? Recomendaciones incluyen regular inversiones espaciales para equidad y fomentar debates globales sobre transhumanismo. En última instancia, Elysium no es advertencia lejana, sino espejo de nuestro presente fracturado.


Referencias Principales:

- Blomkamp, N. (2013). Elysium. Sony Pictures.
- Artículos citados vía búsquedas web (2025).

domingo, 19 de octubre de 2025

La eficacia de los mentirosos

La eficacia de los mentirosos
Frente a una mentira hay algunos que creen, otros que sospechan y quienes deschavan la verdad. ¿Por qué confiamos más en la narrativa de alguien que en la evidencia?
Por Claudia Piñeiro



Tu vida siempre ha sido una mentira
Una vulgar y estúpida mentiiiiraaaaa…

Autor: Buddy Richard (pero necesito que leas con la voz de Valeria Lynch)

En la película Don´t look up, los científicos (Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence) descubren que un cometa que tiene la dimensión del Everest caerá sobre la Tierra y la destruirá. Sin embargo, la presidenta (Meryl Streep) y su jefe de gabinete (Jonah Hill), alertados de la dramática situación, deciden negar la evidencia para no afectar los resultados en las encuestas. Claro que por más que lo nieguen, ese cuerpo celeste seguirá su irremediable avance. Con sólo levantar la cabeza y mirar al cielo, cualquiera puede comprobar que allí está. Sin embargo, los creyentes seguidores de la presidenta, para poder seguir aferrados a la mentira, acatan la orden y abrazan el lema impuesto, que gritan hasta el último minuto: “Don´t look up!” (¡No miren arriba!)

Por cuestiones de público conocimiento, que se renuevan cada día, vengo pensando mucho acerca de la construcción de la mentira y de la incomprensible eficacia de los mentirosos. No es que no se haya mentido en la esfera política antes, siempre, pero la impudicia con que hoy se falta a la verdad es escandalosa. Y no me cuesta tanto entender por qué (o con qué cara) alguien miente, sino cómo puede ser que haya tanta gente que les crea a los mentirosos, que quiera creerles a toda costa, aunque el engaño sea evidente.

Personas a las que parece no importarles nada de lo que se les aporta para desmentir la falsedad, que defienden al embustero a capa y espada, que se ofenden con quienes no le creen. Incluso, cuando el mentiroso acepta el engaño pero intenta justificarlo con otra mentira, ellos, consecuentes y leales, pasan de una a otra –como quien en un arroyo salta de piedra en piedra para cruzarlo– y siguen creyendo. Hemos visto un ejemplo de mentiras impúdicas en estos días, en vivo y en directo, trasmitido en continuado por canales de televisión, emisoras de radio o streaming.

Al protagonista lo llamo desde hace tiempo el diputado “quiero tetas”, porque así pretendo nunca olvidar algo que vi en un video que circula por las redes, filmado la noche en que ganó las elecciones que lo llevaron al cargo del que ahora pidió licencia, en el que, mirando a cámara, dice exaltado: “Ahora que tengo fueros, quiero tetas”. Y yo sigo sin entender cómo aquello no fue suficiente escándalo para advertirnos acerca de sus disvalores. O su muletilla repetida hasta el cansancio como slogan: “Cárcel o bala”, en un país donde no existe la pena de muerte y por lo tanto nos proponía como opción un asesinato. Por otra parte, parece que los fueros no los quería sólo para las tetas, sino para algunas otras trapisondas.

El personaje era, hasta hace poco, nada menos que quien encabezaba la lista de diputados del gobierno por la provincia de Buenos Aires, para las elecciones de este 26 de octubre. Es más, es quien verán en la foto los que decidan poner una cruz en la lista del partido que gobierna nuestro país.

Su mentira, me refiero a ésta en particular, a la última, hizo un recorrido que nos puede servir de ejemplo para el análisis. Al principio, cuando aparecieron las primeras denuncias periodísticas y de opositores acerca de sus vínculos con un acusado de narcotráfico, desde el gobierno trataron de restarle importancia calificándolas de “chimentos de peluquería”. Luego, frente a la evidencia –una foto que los mostraba juntos delante del avión que los trasladó a Viedma “a presentar mi libro”–, el ex candidato juró y perjuró que eso sucedió sólo esa vez.

Muchos siguieron creyendo; algunos prefirieron matar al mensajero. Entonces, cuando al poco tiempo se supo que nuestro protagonista había realizado 35 vuelos en aviones del acusado y que en algunos cuantos de esos vuelos habían viajado –otra vez– juntos, el mentiroso tuvo que reconocer que sí, que efectivamente había estado en varias oportunidades con el sospechado de narcotraficante, que sí, que efectivamente había hecho muchos vuelos en su avión privado, pero que no, que él no se iba a rebajar a dar explicaciones sobre una simple anotación contable que le adjudicaba 200.000 dólares en un cuaderno poco confiable, y que no, que no tenía por qué responder a la pregunta de si los cobró, porque esa injuria que manchaba su apellido no se trataba más que de una operación de sus enemigos políticos (en su fuerza política suelen llamar “enemigos” a sus opositores).

Nuestro presidente en persona lo sostuvo y dijo confiar en su palabra. Y si el presidente le creía, por propiedad transitiva, los que le creen a él también creyeron. En cambio, algunos y algunas más experimentados –en la política y en el arte de la mentira– le fueron soltando la mano, incluso dentro del propio gobierno. Quizás porque lo conocían lo suficiente, quizás porque ya sabían del comprobante bancario que confirmaba el pago de esos 200.000 dólares. Incluso le soltó la mano el propio acusado de narcotráfico, quien dijo que el error del ex candidato fue negarlo –muchas más veces que las tres en que Pedro negó a Jesús antes de que cantara el gallo–.

No sólo eso, en un twist plot digno del mejor guionista, al allanar la casa del sospechado de narcotraficante, encontraron un contrato con la firma de los dos, por un millón de dólares, que llamativamente había quedado a mano de cualquier oficial de justicia. Por fin, hasta los periodistas más aliados al oficialismo pidieron la renuncia a la candidatura de quien ya no tenía más mentiras a las que recurrir.

El mentiroso lloró, ya veremos que la emoción es clave en la construcción de la mentira, pero su llanto no alcanzó y aunque entre lágrimas dijo que no renunciaría, a las pocas horas lo hizo. Parecía que estábamos frente al final de esta mentira, sin embargo y aunque resulte incomprensible, incluso después de que el mentiroso rodeado de evidencias en su contra renunció a su candidatura, a la presidencia de la Comisión de Presupuesto y pidió licencia a su banca, siguió habiendo fieles que creían en él. Uno de los que se manifestó al respecto fue, otra vez, nuestro presidente, quien sostuvo: “No tengo dudas sobre la honorabilidad del Profe”, “el kirchnerismo es especialista en montar este tipo de operaciones”, y pidió que diéramos vuelta la página y fuéramos “para adelante”. Aquí, junto a “para adelante”, deberían imaginarse el meme de Heidi empujando a Clara por el barranco.

¿Por qué le creemos a los mentirosos?

Lo que hacen aquellos que en Don´t look up no quieren mirar al cielo es lo que se conoce como “disonancia colectiva cognitiva”: no importa lo que los ojos ven sino la narrativa del líder. Y si el ejemplo que tomamos para ilustrar la mentira en nuestro país no fuera tan extremo como el de la película –ocultar que un cometa está por aniquilarnos– y después del evento siguiéramos vivos, el engaño político recurriría a una operación complementaria: la manipulación de la memoria.

Es lo que pasa en Rebelión en la granja de George Orwell. Los cerdos, luego de expulsar a los humanos y asumir su liderazgo, quieren sumar privilegios, por lo que cambian las reglas que habían definido en un principio y que todos aceptaron. Los demás animales poco a poco se convencen de que siempre fue así. Una noche descubren que, a diferencia de ellos, los cerdos están durmiendo en las camas de la casa, lo que estaba prohibido en el punto 4 de sus siete Mandamientos originales. Cuando van a buscar la fuente, se revela que alguien la alteró agregando dos palabras: “Nadie dormirá en las camas con sábanas”.

Uno de los animales se queja, dice que él recuerda perfectamente que antes no decía eso, pero los cerdos aseguran que sí, que así decía siempre, y la mayoría de los animales les cree porque, a fuerza de repetir lo contrario, han logrado manipular su memoria. Hechos similares continúan sucediendo, hasta que el mandamiento “ningún animal matará a otro” es modificado por “ningún animal matará a otro sin motivo”, y pasado ese límite ya es tarde para volver atrás. Cárcel o bala.

La mentira no necesita convencer sino repetirse hasta que la memoria se acomoda; los cerdos en la granja de Orwell no sólo mintieron, sino que lograron reescribir la memoria colectiva. Los líderes que prometían liberar a sus compañeros de granja de la opresión de los humanos ahora exigen obediencia y sus seguidores dicen que está todo bien, que eso fue justo lo que quisieron decir desde la primera hora. Cualquier parecido con la frase local “es exactamente lo que voté”, no es más que producto de la casualidad.

Pero, ¿puede sólo la repetición ser tan efectiva? El mecanismo arranca por ahí, y aunque hace lo suyo, y mucho, la mentira eficaz no se sostiene sólo porque se diga infinidad de veces ni porque se manipule la memoria, sino porque responde a una necesidad emocional o identitaria en quien la escucha. Enojo, odio, recelo, desesperanza, hartazgo, desazón, o la que sea. Revisemos lo que dicen Daniel Kahneman y George Lakoff, ambos especialistas en comportamiento humano, desde campos distintos. Podemos decir que Kaheman nos explica cómo pensamos y Lakoff cómo nos hacen pensar.

Kahneman (1934-2024), que si bien era psicólogo ganó un premio Nobel de Economía en 2002, sostiene que las personas no procesamos la información principalmente de forma racional, sino narrativa y afectiva. Y señalaba dos sistemas de pensamiento, el Sistema 1: rápido, automático, emocional, intuitivo, y el Sistema 2: lento, deliberado, lógico, analítico. Kahneman sostenía que la mayoría de las decisiones, incluso las políticas y morales, se toman con el sistema 1; luego el 2 inventa una justificación racional.

Decía además que, al tomar esas decisiones, estamos influidos por distintos sesgos: de confirmación (le creemos a aquel que dice lo que suponemos a priori), de disponibilidad (consideramos que algo es más frecuente si lo recordamos más fácil), de anclaje (nos agarramos de lo primero que escuchamos), de ilusión de validez (confiamos demasiado en la intuición o en la autoridad), de optimismo irracional (sostenemos la creencia incluso ante la evidencia del engaño porque buscamos consistencia emocional más que verdad). Para que una mentira sea exitosa debe simplificar la realidad, reforzar lo que ya creemos o tememos y ofrecer un enemigo claro y una solución sencilla. Sin embargo, las mentiras más resistentes serían aquellas que satisfacen una emoción preexistente más que las que desafían la lógica.

George Lakoff, por su parte, es un lingüista cognitivo que nació en 1941 y trabaja sobre el lenguaje como molde del pensamiento. Su texto más famoso es “No pienses en un elefante”. Todos quienes expuestos a esa frase lo intentamos hemos fracasado. Lakoff se ocupa de ver cómo los marcos mentales (frames) y las metáforas conceptuales dan forma a nuestra visión del mundo. Dice que no pensamos en hechos sino en marcos. Un ejemplo clásico sería: si alguien dice “Impuestos”, un liberal puede asociar la palabra a “robo” y un progresista a “inversión redistributiva”. De este modo, en política quien controla el lenguaje controla la percepción de la realidad. Y, lamentablemente, da la sensación de que una verdad sin marco emocional no podría competir con una mentira bien enmarcada.

Dado que la “verdad” sería un instrumento moldeado por la emoción, la cultura y el lenguaje, para desmontar una mentira no nos alcanzan los datos: hay que ofrecer otro relato donde la verdad también conmueva.

Cuando un discurso político activa miedo, orgullo, pertenencia, u odio, la evidencia contraria pierde fuerza. Pasó con el famoso lema de que “el ajuste lo paga la casta” o con “las políticas de género adoctrinan en contra de los hombres”. Es evidente que el ajuste no lo pagó la casta, sino jubilados, discapacitados, la salud pública, las universidades. Es evidente que la políticas de género sólo tratan de proteger a las mujeres de injusticias y violencias, mientras que el discurso contrario esgrimido por este gobierno y algunos de sus referentes más encumbrados no hace más que alimentar el odio de varones hacia las mujeres y las violencias que de ello se derraman, como vimos en el doble feminicidio de Córdoba de unos días atrás.

Esas mentiras no triunfan porque engañen, sino porque organizan las emociones preexistentes de un grupo de personas, de un modo que la verdad, lamentablemente, no logra igualar. Por lo tanto, la verdad, así, a secas, no alcanza. Cuando escucho la frase “hay que explicarle a los jóvenes que votan a la ultraderecha todo lo que está en peligro”, o “fallamos por no contarles nuestra historia lo suficiente”, siento que tenemos buenas intenciones, pero vamos por el camino errado, o al menos uno no suficiente.

La tarea no es sólo desmontar la mentira sino re-encantar la verdad, devolverle su potencia emocional. Ahí es donde, creo, estamos fallando, en no poder ofrecer verdades que encanten, que ilusionen, que generen deseo. Verdades que estén allí, en la calle, a mano, no abstracciones incomprobables. Quién va a mirar al cielo para concluir que nos está por reventar un gigante cuerpo celeste, si no hay una ruta de escape posible.

Permítanme algo más antes de cerrar esta nota. Alerta: viene spoiler de Don´t look up. Tras fracasar en todos los intentos de desviar o destruir el cometa que se dirige a la tierra, Di Caprio, Lawrence y Chalamet se reúnen en casa a compartir una cena, hablan de cosas cotidianas, se toman de las manos y agradecen la vida que tuvieron. Unos segundos después, el cometa destruye la tierra. Parece ser el clásico “The end”, pero post créditos vemos que para algunos la historia continúa: los millonarios logran escapar y, años luz mediante, aterrizan en otro planeta. ¿Sorprendidos?

Nosotros no tenemos hoy un cometa sobre la cabeza, pero sea cual sea la desgracia que nos pese, seguramente los más poderosos se verán librados de ella. Eso sí, un poco después de este segundo final de Don´t look up, los guionistas nos dejan ese detalle para encantar del que hablábamos: a Meryl Streep, la presidenta, que también escapa con los millonarios, se la come un monstruo alienígena. Lo que se llama, verdadera justicia poética.



lunes, 9 de junio de 2025

La ciudad de Los Angeles se está incendiando en las protestas más grandes desde los disturbios de 1992. ¿Por qué?

La ciudad de Los Angeles se está incendiando en las protestas más grandes desde los disturbios de 1992. ¿Por qué? 
por Gonzalo Fiore Viani



Los disturbios que han sacudido Los Ángeles en los últimos días no surgieron de la nada. Las protestas masivas, que escalaron hasta llegar al despliegue de la Guardia Nacional por orden del presidente Donald Trump, tienen su origen en una serie de operaciones migratorias federales que provocaron indignación, miedo y resistencia en comunidades locales.

Todo comenzó el viernes 6 de junio, cuando agentes de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) realizaron redadas en varios puntos del condado de Los Ángeles, incluyendo un almacén textil en el Fashion District. Según el Departamento de Seguridad Nacional (DHS), estas operaciones se justificaron tras una investigación que reveló el uso de documentos falsos por parte de algunos trabajadores. Sin embargo, para muchos en la comunidad, esto fue visto como el inicio de una nueva ofensiva contra inmigrantes, en una ciudad que históricamente se ha declarado santuario.

Las protestas, que ya llevan tres días, se concentraron en el centro de la ciudad, especialmente cerca del Centro de Detención Metropolitano. Los manifestantes coreaban consignas como “vergüenza” y “váyanse a casa” mientras miembros de la Guardia Nacional, armados y con escudos, formaban una línea defensiva. En respuesta a acercamientos de los manifestantes, las fuerzas del orden lanzaron botes de humo y proyectiles de control de multitudes.

El gobernador demócrata Gavin Newsom calificó el despliegue como “una grave violación de la soberanía estatal” y exigió el retiro inmediato de las tropas federales. La alcaldesa Karen Bass también criticó duramente la medida, asegurando que la administración de Trump está provocando un conflicto innecesario: “Esto no se trata de seguridad pública, se trata de una agenda política”, declaró.

La Casa Blanca, por su parte, justificó la acción asegurando que la situación en Los Ángeles era crítica y que se actuó en consecuencia. Trump, al ser consultado antes de abordar el Air Force One en Nueva Jersey, dijo: “Hay personas violentas en Los Ángeles y no se van a salir con la suya”.

Las protestas se expandieron el sábado a Paramount y Compton, donde los residentes —mayoritariamente latinos— denunciaron la presencia de agentes federales cerca de tiendas como Home Depot y Dale’s Donuts, sospechando nuevas redadas. En Compton, un vehículo fue incendiado y se produjeron enfrentamientos directos entre manifestantes y fuerzas del orden. Agentes federales respondieron con gases lacrimógenos y proyectiles no letales.

El presidente Trump firmó ese mismo sábado un memorando para desplegar a más de 2,000 soldados de la Guardia Nacional en el condado de Los Ángeles, usando la autoridad del Título 10, una medida excepcional que permite federalizar tropas estatales sin consentimiento del gobernador. Se trata de la primera vez en décadas que una acción de este tipo se ejecuta sin una solicitud oficial del estado afectado.

Los operativos de ICE han dejado hasta ahora 118 inmigrantes arrestados, entre ellos personas con antecedentes penales, pero también individuos sin historial criminal. Entre los detenidos durante las protestas figura David Huerta, presidente regional del sindicato SEIU, quien enfrenta cargos por obstrucción.

La congresista Maxine Waters, la exvicepresidenta Kamala Harris y otras figuras políticas han condenado el uso de fuerza militar y la criminalización de las protestas, argumentando que se trata de una estrategia para sembrar miedo y distraer a la opinión pública.

Mientras tanto, se espera que las redadas continúen en los próximos 30 días, lo que podría prolongar la tensión en una ciudad que se encuentra, una vez más, en el epicentro del debate nacional sobre inmigración, derechos civiles y uso del poder federal.

La causa principal de las protestas es la decisión de Trump de intensificar las redadas migratorias y ordenar deportaciones masivas en la región. Estas acciones, llevadas a cabo en una ciudad históricamente considerada un santuario para inmigrantes, generaron un profundo rechazo entre residentes, activistas y líderes comunitarios, que denunciaron el uso excesivo de la fuerza, la criminalización de personas sin antecedentes penales, y la falta de transparencia en los procedimientos.

Para la comunidad, estas medidas no solo representan un ataque directo a los inmigrantes, sino también una amenaza a los derechos civiles y a la autonomía local. Las protestas son, en esencia, una respuesta a una política migratoria percibida como inhumana, injusta y políticamente motivada.



jueves, 30 de enero de 2025

Cómo es la adaptación de "El Eternauta" en Netflix

Cómo es la adaptación de "El Eternauta" en Netflix
El director Bruno Stagnaro y los productores Leticia Cristi y Matías Mosteirín presentaron a la prensa el primer episodio. Y lo que se vio despejó la primera incógnita: sí, esta versión de la clásica historieta de Oesterheld - Solano López le hace justicia.
Por Andrés Valenzuela


Ricardo Darín como Juan Salvo en la nevada mortal. Imagen: Prensa

El 30 de abril van a seguir las discusiones que empezaron en 2020. Se van a renovar algunas otras. Que Ricardo Darín sí, que Ricardo Darín no va a seguir siendo tema de debate, tal como sucedió cuando se anunció que Juan Salvo llevaría su cara en la adaptación de Netflix. Lo nuevo será si las decisiones tomadas por Bruno Stagnaro y equipo con tal o cual personaje estuvieron bien, que si la escena inicial correspondía o si había que resucitar a Francisco Solano López para que haga un cameo de sí mismo como en las primeras viñetas de El Eternauta.

Son cosas que se van a discutir como se discute cualquier adaptación de un relato emblemático. Y dado el contexto político nacional e internacional, seguramente se llenará de voces quejándose de que la adaptación de El Eternauta es “woke”, una conjura del comunismo internacional o que “politizaron demasiado” a un relato que –según su propio autor- hablaba del héroe colectivo y narraba una resistencia contra la dominación externa. Cosas que van a pasar y que habrá que tolerar con la misma paciencia con la que se esperó una adaptación que le hiciera justicia al clásico de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López. Y después de tanta espera, al menos en el primer capítulo al que pudo acceder la prensa, en estas líneas se dirá que sí, que se hizo justicia.


Pero discusiones al margen, lo concreto es que la adaptación de El Eternauta –la fundamental historieta de Oesterheld y Solano López- llegará finalmente y después de una larga espera (cinco años para algunos, 35 para otros, casi 68 para sus primeros lectores) a las pantallas no ya argentinas, sino de todo el mundo, a través de la plataforma de streaming de la N roja. El responsable detrás del proyecto es Bruno Stagnaro (Pizza, birra, faso; Okupas), quien dirigió y co-guionó la serie. En los guiones lo acompañaron Ariel Staltari y Martín Oesterheld, el nieto del legendario guionista de historieta que ofició de consultor creativo, aunque en el mundillo de las viñetas argentinas hace rato es un secreto a voces de que en la producción participaron en distintos roles guionistas y dibujantes argentinos de distintas generaciones. En la presentación para la prensa se advirtió por parte de los creadores una devoción sincera por la historia original, que redundó en amor y cuidado por la producción audiovisual.

Frente a cámaras está Darín, claro, pero también un elenco que incluye a Carla Peterson, César Troncoso, Andrea Pietra, Ariel Staltari, Marcelo Subiotto, Claudio Martínez Bel, Orianna Cárdenas y Mora Fisz, entre otros que tuvieron el desafío de recrear la atmósfera inquietante, la sensación de abismo y de causa perdida que transmitía la historia en el papel, en riguroso formato apaisado, que empezó a publicarse en 1957.



“Esperemos que haya quedado algo de nuestras vidas encapsulado en estos capítulos”, sintetizó el director ante la prensa. Fueron, contó, siete años de producción a lo largo de los cuales les pasó “de todo”. La sensación que transmitía el equipo de producción –a Stagnaro lo acompañaron Leticia Cristi y Matías Mosteirín- era la de tener plena consciencia de que habían conquistado un hito histórico para la televisión nacional al llevar a la pantalla –por ahora en una temporada de “apenas” seis capítulos- una de las grandes historietas argentina.

Para el medio argentino, El Eternauta es mucho más que una simple historieta popular. Se trata de una historia que redefinió el noveno arte local incluso en aspectos formales. Por ejemplo, consolidó el uso del globo de pensamiento y dio prioridad al universo interior de los personajes que enfrentaban la aventura. Corrió también del lugar de héroe a los hombres excepcionales para poner ese rol en la figura de tipos comunes y corrientes. Y desde luego, trajo la aventura a las calles conocidas de Buenos Aires y el conurbano bonaerense. Un cambio de escenario que a la postre resultaría central para muchas de las grandes narrativas dibujadas de la Argentina. Además, fue una historieta pensada desde la independencia y la autogestión, pues Oesterheld la lanzó en la revista que él mismo gestionaba.


Ariel Staltari también colaboró en el guión.

Hasta ahora, todos los proyectos para traducirla al lenguaje audiovisual habían quedado en la nada. Incluso la enorme Lucrecia Martel había declarado su intención de encarar el proyecto. Pero nada se había conseguido más allá de un pequeño cortometraje (“Huellas de la invasión”) que había dejado a los lectores con ganas de más (de mucho más) y que se había podido ver en una muestra en Tecnópolis. Pasaron años hasta que empezaron los rumores del avance de un nuevo proyecto. Finalmente tomaron forma con el anuncio de Netflix, en 2020.

“Para que una industria cinematográfica progrese necesita no sólo una gran exigencia, como la que nos puso Netflix, sino también políticas públicas. No sólo recursos, sino políticas que permitan que el esfuerzo que hace el talento de acá tenga un destino y un resultado, y ese es el resultado que también generará recursos”, señaló Mosteirín, visiblemente emocionado. Una emoción que sugiere que si lo de los personajes es una épica, una patriada, la producción sintió algo parecido en estos siete años de lenta urdimbre. “En esta serie participaron equipos de todo el mundo e impresiona lo que logró el equipo argentino. Hacer El Eternauta es una gran responsabilidad, pero cuando hay algo que contar, que tiene que ver con nosotros mismos, lo damos todo. Así que yo pido que acompañen, en lo que puedan, por lo que significa para el progreso de nuestra industria”.