viernes, 27 de febrero de 2026

La argentina que es candidata a ser astronauta de la NASA y sueña con llegar a la Luna en la misión Artemis

La argentina que es candidata a ser astronauta de la NASA y sueña con llegar a la Luna en la misión Artemis
Lorna Evans es médica aeroespacial, piloto y referente en investigación espacial. Desde Florida, impulsa la ciencia y busca inspirar a jóvenes a perseguir sus sueños, con la mirada puesta en el espacio.
Por Fernanda Jara


La doctora Lorna Evans muestra con orgullo la bandera argentina en un evento de la NASA, simbolizando la presencia y el talento latinoamericano en la agencia espacial.

Cuando era niña, Lorna Evans salía al patio de su casa a contemplar el cielo, las estrellas y la Luna. No sabía qué la impulsaba a pasar largos ratos allí; simplemente se dejaba guiar por la emoción que sentía en ese momento de conexión con el cosmos. Pero un día encontró la respuesta: “¡Quiero ser astronauta!”, le dijo a su padre en aquel patio de Lanús que siempre compartían, donde el universo parecía al alcance de la mano.

Su padre, médico de terapia intensiva, fue un faro y una brújula para ella. “Desde muy chiquita tuve esa pasión por el universo, que también me inculcó mi papá”, recuerda sobre el hombre que la llevaba a ver volar aviones, y revive el momento en que él le contó que no había astronautas argentinos ni estaciones espaciales en el país. “Entonces, yo voy a ser la primera”, manifestó al aire cuando la llamaban Yeyé, y el mismísimo universo se encargó, desde entonces, de que todo comenzara a tomar forma.

A los 37 años, Lorna —egresada de Medicina de la UBA y piloto de vuelos privados— se postula como candidata a astronauta análoga en la NASA, la agencia espacial a la que llegó hace una década y donde actualmente colabora como investigadora externa en dos proyectos: uno analiza cómo se comporta el dióxido de carbono dentro de la Estación Espacial Internacional y sus efectos sobre los astronautas; el otro estudia la nutrición en el espacio, con un enfoque especial en la alimentación basada en plantas, para optimizar la salud de las tripulaciones en misiones de larga duración.

Sin dejar de lado a Yeyé confiesa: “Mi sueño es ser parte de la misión Artemis”, el programa espacial de la NASA que busca regresar astronautas a la Luna por primera vez desde 1972, establecer una presencia humana sostenible en la superficie lunar y en la órbita, y utilizar ese conocimiento para desarrollar las capacidades necesarias que permitan, en el futuro, enviar misiones tripuladas a Marte.


Lorna Evans de la NASA sonríe y hace un signo de paz en el Centro de Control de Misiones, donde pantallas gigantes y una figura del Capitán Kirk son visibles.

La UBA y el despertar de una vocación única

En la vida de Lorna, la determinación marcó el inicio de un camino que parecía impensado o poco alcanzable para una familia de clase media-baja, donde el esfuerzo y el estudio eran la mayor herencia. “No somos una familia pudiente; yo tenía que trabajar para mantenerme, pagar los viáticos a la facultad, las fotocopias de los apuntes y las horas de vuelo cuando comencé a estudiar para ser piloto”, cuenta sobre el momento en que unió sus pasiones.

La aviación apareció en paralelo, cumpliendo el sueño de estar lo más cerca posible del espacio, que tanto conmovía a Yeyé. Mientras cursaba Medicina en la UBA, Lorna trabajaba para costearse las horas necesarias para obtener su licencia de piloto. “Yo quería estar lo más cerca del cielo posible, y ser piloto me daba esa oportunidad. Nunca dejé de lado la idea de ser astronauta, y cuando vi los requisitos para lograrlo, noté que buscan pilotos con determinada cantidad de horas de vuelo. Para mí era un plus, pero sobre todo respondía al deseo de estar cerca del cielo”, reconoce.

El hogar, sostenido por el trabajo y el afecto, fue siempre el espacio donde sus sueños encontraron impulso antes de iniciar el camino que la trajo a este presente. “Mi papá me decía: ‘Te va a fascinar la medicina, te va a gustar mucho’. Y tenía razón, me fascinó”, admite. Así, la vocación médica y el amor por el universo crecieron en paralelo, como las dos puntas de un hilo de una misma madeja, aunque en ese momento no se diera cuenta del todo.

En la Universidad de Buenos Aires, Lorna encontró la base científica y la disciplina que marcarían su recorrido profesional. “La UBA me dio muchísimo. La universidad pública fue fundamental para mí. No éramos una familia superpudiente, pero con esfuerzo y gracias a la UBA pude construir mi camino, porque me dio todas las herramientas”, destaca con orgullo. La carrera se convirtió en un desafío atravesado por la resistencia y la pasión.


Lorna Evans de la NASA posa frente a una pantalla gigante que muestra un mapa mundial con órbitas satelitales en el Centro de Control de Misión.

El interés por la medicina aeroespacial surgió casi de manera natural. El primer contacto fue cuando le tocó hacer un examen psicofísico obligatorio para los alumnos de piloto privado. “Uno tiene que estar sano para volar un avión, tanto psicológica como físicamente. Ahí descubrí que había médicos que se dedicaban a eso y pensé: ‘¿Habrá alguna residencia, habrá algo?’”. Tardó segundos en averiguarlo.

En Argentina existía la residencia en Medicina Aeroespacial, pero orientada a la aviación militar y comercial. “Yo quería ir un paso más. Mi mente curiosa e investigadora quería hacer medicina aeroespacial vinculada a la microgravedad y a la salud de los astronautas”, recuerda sus motivaciones primarias cuando ni se imaginaba lo que la esperaba. Por eso, la falta de opciones no la desanimó; por el contrario, la impulsó a buscar oportunidades fuera del país.

Recibirse de médica fue apenas el comienzo. “Apenas me recibí pensé: ‘Bueno, en Argentina no hay oportunidad para hacer medicina espacial, solo hay para hacer aeronáutica... no me queda otra que irme al exterior’”, recuerda un tanto apenada el momento en que la realidad llegó de golpe. Se trasladó a Estados Unidos y llegó a la Mayo Clinic, donde comenzó como investigadora en cirugía robótica. “Yo seguía buscando oportunidades para hacer medicina aeroespacial y empecé a ver convocatorias en la NASA para estudiar medicina aeroespacial y realizar rotaciones como investigadora. Me postulé y me rechazaron muchas veces, pero seguí intentándolo”, cuenta.

El camino fue duro y agotador, y aunque fueron siete las veces en que le dijeron que no, insistió, porque si hay algo que marca su vida eso es la perseverancia. “Mis mentores me decían: ‘Seguí aplicando, seguí aplicando’... Apliqué y apliqué hasta que se me dio. Pude entrar, hacer investigación con la NASA en dos oportunidades y estudiar medicina aeroespacial y, más específicamente, medicina espacial”, detalla. El proceso fue lento, pero cada obstáculo se transformó en una lección de perseverancia y Yeyé saltaba de felicidad...


Lorna Evans sonríe con orgullo frente a un complejo panel de control, luciendo parches de las banderas de EE. UU. y Argentina en su uniforme

Tocar el cielo con las manos: la NASA

El día que finalmente ingresó a la NASA quedó grabado en su memoria. “Fue una felicidad extrema, algo que nunca había sentido en la vida adulta. Me hizo sentir como una niña otra vez, porque era realmente mi sueño de infancia: ser astronauta. No soy astronauta en este momento, pero estoy haciendo investigación en medicina aeroespacial, que es mi pasión, lo que amo. Y estoy en la NASA. Decirlo es: ¡guau!”, enfatiza y no evita reír con una humildad asombrosa que destacará durante toda la entrevista.

Desde ese día ya pasaron unos diez años. Lorna ahora está en Florida, trabajando de forma externa en dos proyectos en la NASA y pensando en el deseo supremo de ser candidata a astronauta análoga tras la postulación al programa HERA o Análogo de Investigación de Exploración Humana.

Esta experiencia, dice, le permitió comprender de cerca los desafíos de la vida en el espacio y cómo se vincula la investigación científica con la salud de los astronautas, consolidando su camino dentro de la NASA y preparándose para futuras misiones de larga duración o incluso para la Estación Espacial Internacional.


Lorna posa sonriente frente a la entrada principal del Centro Espacial Johnson de la NASA, con el icónico logotipo en el suelo

Ser astronauta implica una gran responsabilidad, no solo por la investigación científica, sino también por el impacto en futuras generaciones. “Es una oportunidad para inspirar a niños y jóvenes argentinos a interesarse por las ciencias STEM —Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas—, motivarlos a perseguir sus sueños y demostrarles que todo se puede lograr con perseverancia, convicción, trabajo y fe. Para mí, esta es una forma de contribuir al avance de la ciencia y seguir explorando, algo que me inspiró desde que era niña”, dice emocionada.

La experiencia en la agencia espacial estadounidense no solo impulsó su crecimiento profesional, sino que también le devolvió el asombro de la infancia. Aunque el trabajo era intenso y las jornadas largas, nada pesaba cuando se trataba de dedicarse a lo que más le apasiona. “No se siente como un trabajo. Eran días exigentes, desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, y después seguía con mi proyecto de investigación. Dormía poco, pero lo hacía con gusto”, reconoce.

En la actualidad, Lorna vive en Jacksonville, Florida, donde trabaja en la Mayo Clinic en proyectos de investigación en medicina aeroespacial y aeronáutica, en colaboración con la NASA.


Lorna Evans de NASA sonríe junto a la cápsula espacial Orion en una instalación de la agencia, donde se prepara para futuras misiones espaciales.

Medicina aeroespacial

La medicina aeroespacial se dedica a estudiar y cuidar la salud, la seguridad y el rendimiento de las personas que viajan o trabajan en la aviación y en el espacio. Es un campo que combina medicina, ciencia y exploración para entender cómo responde el cuerpo humano en entornos muy distintos a los de la Tierra. En la aviación y en el espacio existen desafíos únicos, como la microgravedad, la radiación, las fuerzas G o los cambios en la presión y el oxígeno. Todos esos factores pueden afectar al organismo. Por eso, quienes trabajan en esta área buscan comprender esos efectos y desarrollar estrategias para que las personas estén preparadas, se mantengan seguras y puedan desempeñarse de la mejor manera posible.

“Se trata de un campo muy amplio que estudia desde el vuelo atmosférico y espacial hasta otros entornos extremos. A medida que aprendemos más sobre estos ambientes, podemos ayudar a que las misiones y la exploración espacial sean cada vez más seguras y, si se anticipa algún tipo de desafío, trabajar para mitigarlo mediante protocolos específicos”, explica la doctora Evans.

Su trabajo con la NASA y en la Mayo Clinic le permitió sumergirse en esta disciplina de manera práctica. “Mi objetivo es entender cómo los viajes espaciales afectan la fisiología y cómo podemos intervenir para proteger la salud de los astronautas. No solo se trata de misiones de corto plazo; estamos pensando en misiones a Marte o estancias prolongadas en la Luna”, detalla sobre los programas espaciales que llegan a durar un año o varios meses. Gracias a esto, desarrolló protocolos de cirugía robótica y entrenamiento para entornos de microgravedad, con simuladores que replican las condiciones del espacio para preparar futuras tripulaciones.


Lorna Evans en la NASA.

Lorna cuenta con pasión todo lo que se vive en el espacio, el día a día de los astronautas, dando a entender que lo que pasan es un laboratorio en sí mismo. “Experimentan microgravedad y fuerzas G que ponen al cuerpo en situaciones límite. Su ritmo circadiano se altera porque la estación da dieciséis vueltas al planeta por día. Necesitan horarios rigurosos para dormir; los fluidos se desplazan hacia la cabeza, lo que impacta en los ojos, los huesos y la salud renal. La alimentación está empaquetada y deshidratada; hasta la sal y la pimienta vienen en formato acuoso para evitar riesgos”, describe Evans. Cada día implica experimentación científica, mantenimiento de la nave y tareas operativas, además de ejercicios, meditación y comunicación con sus familias. Incluso dormir requiere procedimientos específicos: si no se atan dentro de la bolsa de dormir, flotan, y deben simular la noche aunque haya luz solar constante.

El entrenamiento previo es tan exigente como la vida en órbita. “El proceso de selección de la NASA es extremadamente competitivo. Incluye simulaciones de microgravedad en piletas y misiones análogas en módulos terrestres durante 45 días. Tuve el placer de postularme al programa HERA (Human Exploration Research Analog), en Houston, Texas, un hábitat de simulación diseñado para estudiar los efectos del aislamiento, el confinamiento y el estrés en tripulaciones de larga duración”, cuenta orgullosa.

Durante estas simulaciones, tripulaciones de cuatro voluntarios realizan investigaciones científicas y tareas operativas mientras enfrentan retrasos en la comunicación y ciclos de luz y oscuridad, permitiendo estudiar cómo estos factores afectan la salud, el rendimiento y la dinámica de la tripulación. En años anteriores, hubo 15 mil personas postuladas y quedaron cuatro, igual que este año.


Junto a Jessica Watkins, astronauta de la NASA, geóloga y exjugadora de rugby que hizo historia en 2022 al convertirse en la primera mujer afroamericana en cumplir una misión de larga duración en la Estación Espacial Internacional (EEI)

La concreción de otro sueño

El recorrido de Lorna Evans no solo se traduce en logros individuales, sino en la construcción de oportunidades para toda una generación de profesionales latinoamericanos. Para eso creó la Asociación Latinoamericana de Medicina Aeroespacial, Ingeniería y Biotecnología (AIMA) y, junto a su equipo, organizó el primer Congreso Latinoamericano de Medicina Aeroespacial, un espacio de encuentro, formación y motivación para médicos, enfermeros, ingenieros biomédicos y todos los interesados en la exploración espacial.

“Lo más importante para mí es que las próximas generaciones se vean inspiradas y quieran dedicarse a esto. Y que quienes ya tienen interés encuentren una manera concreta de hacerlo realidad”, asegura. La ONG busca acortar los tiempos de acceso a la especialización y brindar las herramientas necesarias para que los profesionales argentinos y latinoamericanos puedan formarse al mismo nivel que en Estados Unidos o Europa. “Fue algo muy difícil de lograr, casi descabellado, pero porque no hay un camino armado en esto. Yo tuve que abrirme paso a través de todo”, reflexiona con el anhelo de que a las demás les cueste menos...

Por eso, el objetivo es doble: formar y motivar. Los programas incluyen talleres, seminarios, simulaciones y oportunidades de investigación que conectan a los participantes con la ciencia de frontera. “Queremos ayudar y formar a las próximas generaciones de profesionales para que puedan acceder a estas oportunidades. No se trata solo de inspirar, sino de darles un camino concreto para desarrollarse”, señala.


Lorna Evans durante su entrenamiento en el NBL (Neutral Buoyancy Laboratory), una de las piscinas más grandes del mundo, donde los astronautas practican maniobras y procedimientos en un entorno que simula la microgravedad del espacio

Además, la asociación busca fomentar la curiosidad y el interés por la ciencia en los más jóvenes. “Si un niño o adolescente ve que alguien como él puede trabajar con la NASA, estudiar medicina aeroespacial y participar en simulaciones como HERA, puede imaginar que él también puede hacerlo. La idea es motivarlos, mostrarles que los sueños difíciles se pueden lograr con perseverancia, convicción, trabajo y fe”, enfatiza.

“Se puede lograr. Incluso alguien que no tiene todos los recursos, como fue mi caso. Con esfuerzo, gracias a la universidad pública y también al propio compromiso, por eso es importante rodearse de personas que acompañen y estimulen. Mi mentor me decía: ‘No te preocupes, seguí adelante, vas a entrar’. Y ese es el mensaje que quiero dejar para que llegue a quienes lo necesitan. Existe la medicina aeroespacial, existe la medicina aeronáutica. Queremos construir caminos para que los profesionales argentinos puedan cumplir sus sueños como lo estoy haciendo yo”.

Emocionada concluye: “Quiero inspirar a los jóvenes a que sigan sus sueños, que sí se puede. Incluso si parece imposible, se puede lograr”. Lorna habla con inspiración y pasión; emociona tanto que es fácil imaginar que Yeyé ahora mira las estrellas con una enorme sonrisa.

*Puede seguir a Lorna Evans en la cuentas de Instagram almaib.inc / lorna.am



Tauber recibió al equipo que desarrolló el satélite universitario USAT-1

Tauber recibió al equipo que desarrolló el satélite universitario USAT-1



El vicepresidente Académico de la Universidad Nacional de La Plata, Fernando Tauber, recibió en el Rectorado al equipo responsable del desarrollo del satélite universitario USAT-1, el primer CubeSat construido en una universidad pública del país. La comitiva estuvo acompañada por el decano de la Facultad de Ingeniería, Marcos Actis.

Durante el encuentro, los investigadores de Ingeniería brindaron detalles del estado actual del proyecto, que atraviesa su etapa final de ensayos e integración. En ese marco, el satélite será trasladado a España en los próximos días, donde se realizarán las pruebas técnicas previas a su envío al sitio final de lanzamiento, en Estados Unidos.

De la reunión participaron los integrantes el equipo: Joaquín Brohme, Aldana Guilera, Ramón López La Valle, Facundo Pasquevich, Frida Alfaro, Gaspar Ramírez, Erick Molina, Agustín Catellani, Julián Crosta, Elián Hanisch, Santiago Rodríguez, Gabriel Vega Leañez, Francisco Núñez, Julián Encinas y Ezequiel Marranghelli.



El USAT-1 es un satélite de formato CubeSat, de aproximadamente 10 por 10 por 34 centímetros y un peso cercano a los 4 kilogramos. Fue diseñado para la demostración tecnológica de técnicas GNSS aplicadas a la observación de la Tierra. Sus sensores permitirán recopilar datos sobre presión y temperatura atmosférica, humedad del suelo y características de la vegetación, entre otros parámetros ambientales.

El proyecto lo llevan adelante especialistas de la Facultad de Ingeniería, a través del Centro Tecnológico Aeroespacial (CTA), y el grupo de Sistemas Electrónicos de Navegación y Telecomunicaciones (SENyT), en colaboración con organismos del sistema científico nacional, como la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA).

Desde el punto de vista tecnológico, el satélite fue desarrollado íntegramente en el ámbito universitario, incluyendo la integración de sus sistemas electrónicos, estructuras, comunicaciones y control de altitud. El proceso incluyó etapas de ensayos funcionales en configuración FlatSat —con los componentes accesibles para pruebas de laboratorio— y posteriormente la integración del modelo de vuelo definitivo, tal como operará en el espacio.

Uno de los hitos clave de esta etapa final es el ensayo de vibraciones, que simula las condiciones extremas del lanzamiento y permite verificar la integridad estructural del satélite. Superada esa instancia, el dispositivo es preparado para su integración en el dispensador que lo liberará en órbita.

Debido a sus dimensiones y a la presencia de baterías de litio, el satélite será transportado a Europa como equipaje de mano por el propio equipo de la UNLP, cumpliendo con las regulaciones aeronáuticas. En España, la empresa encargada de la integración lo incorporará al mecanismo de liberación orbital.

El desarrollo del USAT-1 implicó una inversión cercana a los 70 mil dólares, una cifra significativamente inferior a los costos habituales de proyectos similares a nivel internacional, que rondan los 200 mil dólares. El lanzamiento, estimado en unos 100 mil dólares, será financiado mayoritariamente por la UNLP con el acompañamiento de un subsidio nacional.

En términos de antecedentes, el proyecto se inscribe en la tradición satelital argentina iniciada con el µSAT-1 Víctor, lanzado en 1996, y el Pehuensat-1, puesto en órbita en 2007. Sin embargo, el USAT-1 constituye el primer CubeSat desarrollado íntegramente en el ámbito de una universidad argentina, lo que lo convierte en un hito para la formación de recursos humanos y el desarrollo de tecnología espacial en el sistema universitario.

Durante el encuentro, Tauber destacó la importancia estratégica del proyecto para la Universidad y para el país, al tiempo que subrayó el valor de la formación de profesionales en áreas tecnológicas de alta complejidad y el trabajo conjunto entre docentes, investigadores y estudiantes.

“La universidad pública es una herramienta fundamental para canalizar el conocimiento y ponerlo al servicio del desarrollo nacional”, dijo Tauber. Y agregó: “por eso quiero felicitarlos en nombre de toda la comunidad universitaria, porque ustedes son responsables de que la universidad y la ciencia pública crezcan; ustedes son el ejemplo de que tenemos los recursos humanos formados para no tener que salir siempre a comprar el cocimiento. Ustedes son la referencia máxima de esa condición, que nos conmueve y nos enorgullece”.

Finalmente, Tauber concluyó: “nosotros vamos a seguir respaldando este modelo de universidad que aporta tecnología, nuevos desarrollos y avances, gracias a nuestro propio conocimiento. Sobre esas bases queremos construir un futuro mejor para nuestro país”.

Por su parte, Actis remarcó “el carácter colectivo del desarrollo y el compromiso del equipo que llevó adelante el satélite, concebido como una plataforma de formación, innovación y transferencia tecnológica”.

El encuentro permitió reconocer el trabajo del equipo y reafirmar el compromiso de la Universidad Nacional de La Plata con el desarrollo científico, la innovación tecnológica y los proyectos estratégicos de alto impacto para el país, en la antesala de un lanzamiento que marcará un nuevo hito para la ingeniería espacial universitaria argentina.





lunes, 16 de febrero de 2026

El potencial estratégico de los pseudo satélites (HAPS) para la defensa argentina

El potencial estratégico de los pseudo satélites (HAPS) para la defensa argentina
por Ángel Rojo



El acelerado proceso de transformación tecnológica que atraviesa el ámbito aeroespacial está redefiniendo las formas en que los Estados conciben la seguridad, la defensa y el control de su territorio. En este contexto, los High Altitude Pseudo-Satellites (HAPS), o pseudo satélites, emergen como una capacidad disruptiva situada en un espacio intermedio entre la aviación convencional y los sistemas espaciales. Estas plataformas aéreas no tripuladas, capaces de operar durante períodos prolongados en la estratosfera, ofrecen prestaciones comparables a las de los satélites tradicionales, pero con costos sensiblemente menores, mayor flexibilidad operativa y una capacidad de adaptación que resulta especialmente atractiva para países con extensos territorios y recursos presupuestarios limitados.

Para la Argentina, un país con una de las mayores superficies territoriales del hemisferio sur, amplias fronteras terrestres y marítimas y una vasta Zona Económica Exclusiva, el desarrollo e incorporación de HAPS presenta una oportunidad estratégica de primer orden. No se trata únicamente de sumar un nuevo sistema de vigilancia o comunicaciones, sino de avanzar hacia una arquitectura aeroespacial más autónoma, resiliente y adaptada a las necesidades nacionales de defensa, seguridad y desarrollo.

Este artículo analiza el potencial y las ventajas del desarrollo de pseudo satélites para la defensa argentina, abordando su naturaleza tecnológica, sus aplicaciones militares y duales, su valor estratégico en términos de soberanía y disuasión, y las oportunidades industriales y doctrinarias que se derivan de su incorporación al Poder Aeroespacial Nacional.

¿Qué son los pseudo satélites (HAPS)?

Los HAPS son plataformas aéreas no tripuladas que operan en la estratosfera, generalmente a altitudes comprendidas entre los 18 y 50 kilómetros, es decir, por encima del techo operativo de la aviación convencional y por debajo de la línea de Kármán que delimita el inicio del espacio ultraterrestre. Desde esa posición privilegiada, pueden permanecer estacionados o realizar desplazamientos controlados durante semanas o incluso meses, prestando servicios continuos sobre áreas de interés específicas.



A diferencia de los satélites en órbita baja, media o geoestacionaria, los pseudo satélites no requieren lanzadores espaciales ni complejas infraestructuras asociadas al acceso al espacio. Su despliegue y recuperación se asemejan más a los de una aeronave, lo que reduce significativamente los costos, los tiempos de preparación y las barreras tecnológicas de entrada. Al mismo tiempo, su proximidad relativa a la superficie terrestre les permite ofrecer imágenes de mayor resolución, comunicaciones de baja latencia y una capacidad de reconfiguración de cargas útiles mucho más ágil que la de los sistemas espaciales tradicionales.

Desde el punto de vista conceptual, los HAPS ocupan un espacio híbrido: no son satélites, pero cumplen funciones típicamente asociadas a ellos; no son aeronaves convencionales, pero se integran al dominio aéreo ampliado. Esta condición los convierte en una herramienta particularmente interesante para escenarios de seguridad y defensa caracterizados por la necesidad de persistencia, flexibilidad y economía de medios.

Tipologías de HAPS y estado del arte

Los pseudo satélites pueden adoptar diversas configuraciones tecnológicas, cada una con ventajas y limitaciones específicas. Entre las tipologías más relevantes se encuentran los balones estratosféricos, las plataformas solares de ala fija, los dirigibles de gran altitud y los drones de gran autonomía y altitud (HALE).

Los balones estratosféricos, históricamente utilizados para investigación meteorológica y científica, han experimentado un renovado interés como plataformas de vigilancia y comunicaciones temporales. Su principal ventaja radica en su bajo costo y simplicidad, aunque presentan limitaciones en términos de control preciso de posición y vulnerabilidad a condiciones atmosféricas.



Las plataformas solares de ala fija representan una de las soluciones más avanzadas dentro del concepto HAPS. Equipadas con paneles solares de alta eficiencia y sistemas de almacenamiento energético, estas aeronaves no tripuladas pueden mantenerse en vuelo durante meses, operando de manera casi continua. Empresas y agencias espaciales de países desarrollados han demostrado prototipos capaces de transportar cargas útiles de comunicaciones, sensores electroópticos y radares ligeros.



Los dirigibles estratosféricos, por su parte, ofrecen una elevada capacidad de carga útil y una notable estabilidad como plataformas persistentes. Aunque su desarrollo enfrenta desafíos técnicos y regulatorios, su potencial para misiones de vigilancia de gran área y apoyo a comunicaciones es considerable.



Finalmente, los drones HALE, si bien no siempre son clasificados estrictamente como HAPS, comparten con ellos la lógica de operaciones prolongadas a gran altitud y cumplen un rol central en misiones de inteligencia, vigilancia, reconocimiento y adquisición de blancos.



Ventajas comparativas de los HAPS frente a los satélites

Uno de los principales argumentos a favor del desarrollo de pseudo satélites reside en su favorable relación costo-beneficio. En comparación con los satélites, los HAPS presentan costos de adquisición, despliegue y mantenimiento significativamente menores. No requieren lanzamientos espaciales, pueden ser recuperados para mantenimiento o actualización y permiten una mayor reutilización de componentes.

Desde el punto de vista operativo, los HAPS ofrecen una permanencia prolongada sobre una misma área geográfica, algo que solo los satélites geoestacionarios pueden igualar, pero a costa de una resolución y latencia mucho peores. La baja latencia de las comunicaciones desde la estratosfera resulta especialmente valiosa para operaciones militares en tiempo casi real, mando y control, y apoyo a fuerzas desplegadas.

Asimismo, la proximidad a la superficie terrestre permite a los sensores embarcados en HAPS obtener imágenes de muy alta resolución, tanto en el espectro visible como infrarrojo o radar, superando en muchos casos las capacidades de los satélites de órbita baja. Esta característica es clave para misiones de vigilancia de fronteras, control del espacio marítimo y seguimiento de actividades ilícitas.

Otra ventaja relevante es la flexibilidad. Mientras que un satélite sigue una órbita predeterminada y su misión es difícil de modificar una vez en el espacio, un HAPS puede ser reposicionado, reconfigurado o recuperado según las necesidades operativas. Esta adaptabilidad resulta particularmente atractiva para un país como la Argentina, cuyas prioridades estratégicas pueden variar rápidamente en función del contexto regional e internacional.

Aplicaciones de los HAPS en la defensa argentina

La Argentina enfrenta desafíos singulares en materia de defensa y seguridad. Su extensa frontera terrestre, que supera los 9.000 kilómetros, su vasto espacio aéreo y su enorme dominio marítimo demandan capacidades de vigilancia persistente que hoy resultan difíciles de cubrir de manera integral.

En este escenario, los HAPS podrían desempeñar un rol central en misiones de inteligencia, vigilancia y reconocimiento (ISR). Desplegados sobre áreas críticas, permitirían un monitoreo continuo de fronteras terrestres y marítimas, contribuyendo a la detección temprana de actividades ilícitas como el narcotráfico, el contrabando o la pesca ilegal.

En el ámbito marítimo, la vigilancia de la Zona Económica Exclusiva constituye una prioridad estratégica. Los pseudo satélites, equipados con sensores radar y electroópticos, podrían complementar los medios navales y aéreos existentes, ampliando la cobertura y reduciendo los costos operativos asociados a patrullas aéreas tripuladas.

Desde una perspectiva estrictamente militar, los HAPS ofrecen una plataforma ideal para fortalecer las capacidades de mando, control, comunicaciones, computación, inteligencia, vigilancia y reconocimiento (C4ISR). En un escenario de crisis o conflicto, podrían actuar como nodos de comunicaciones resilientes, menos vulnerables que las infraestructuras terrestres y más fáciles de reemplazar que los satélites en caso de pérdida.

Contribución a la soberanía y a la disuasión

El desarrollo de capacidades HAPS no solo tiene implicancias operativas, sino también estratégicas y políticas. Disponer de plataformas propias de pseudo satélites fortalece la soberanía tecnológica y reduce la dependencia de proveedores externos, un aspecto particularmente sensible en el ámbito de la defensa. Si bien la Argentina ha alcanzado un know-how significativo en el diseño y desarrollo de satélites, aún carece de un lanzador propio, lo que la obliga a depender de terceros para colocar sus activos en órbita. En este contexto, los HAPS se presentan como una alternativa complementaria que permitiría cubrir parcialmente necesidades estratégicas críticas mientras se avanza hacia la plena capacidad nacional de acceso al espacio.

En términos de disuasión, la capacidad de vigilar de manera persistente áreas de interés estratégico incrementa los costos de cualquier actor que pretenda operar de manera encubierta en el espacio aéreo o marítimo nacional. La mera existencia de un sistema de vigilancia estratosférica nacional actúa como un factor disuasivo, al aumentar la probabilidad de detección e identificación.

Asimismo, los HAPS se inscriben en una lógica de defensa adaptativa y escalonada, complementando tanto los medios aéreos tradicionales como los sistemas espaciales. Esta integración de dominios resulta coherente con las tendencias contemporáneas en doctrina militar, que enfatizan la multidimensionalidad y la resiliencia de las arquitecturas de defensa.

Impacto industrial y tecnológico

Más allá de su valor operativo, el desarrollo de pseudo satélites ofrece una oportunidad concreta para dinamizar el entramado científico-tecnológico e industrial argentino. El país cuenta con capacidades relevantes en materia de aeronáutica, materiales compuestos, electrónica, software y sistemas espaciales, acumuladas a lo largo de décadas de experiencia en organismos como INVAP, CONAE, FAdeA y diversas universidades y centros de investigación.

Un programa nacional de HAPS podría actuar como catalizador de estas capacidades, fomentando la integración entre el sector civil y militar y promoviendo la generación de conocimiento de alto valor agregado. Al tratarse de plataformas duales, con aplicaciones tanto civiles como militares, los pseudo satélites facilitan esquemas de cooperación interagencial y modelos de financiamiento más sostenibles.

Además, el dominio de esta tecnología posicionaría a la Argentina como un actor relevante en un nicho emergente del mercado aeroespacial, con potencial de exportación regional y de cooperación internacional.

Desafíos regulatorios y operativos

La incorporación de HAPS no está exenta de desafíos. Uno de los más relevantes es el marco regulatorio para la operación en el espacio aéreo superior. La ausencia de normas claras a nivel internacional y nacional sobre la gestión de plataformas estratosféricas plantea interrogantes en materia de seguridad aérea, coordinación del tránsito y responsabilidades legales.

Desde el punto de vista operativo, los HAPS presentan vulnerabilidades específicas, como su dependencia de condiciones meteorológicas y, en el caso de las plataformas solares, de la disponibilidad de energía. Asimismo, su relativa exposición frente a sistemas antiaéreos en escenarios de alta intensidad debe ser considerada dentro de una arquitectura de defensa más amplia.

No obstante, estos desafíos no invalidan el concepto, sino que subrayan la necesidad de un enfoque integral que combine desarrollo tecnológico, adaptación doctrinaria y construcción de un marco normativo adecuado.

Consideraciones finales

Los pseudo satélites representan una de las tecnologías emergentes con mayor potencial para transformar el modo en que los Estados gestionan la seguridad y la defensa de su territorio. Para la Argentina, su desarrollo e incorporación ofrecen una oportunidad estratégica para fortalecer capacidades críticas, mejorar la vigilancia de extensos espacios terrestres y marítimos, y avanzar hacia una mayor autonomía tecnológica.

Lejos de constituir un sustituto de los satélites o de la aviación convencional, los HAPS deben ser entendidos como un complemento dentro de una arquitectura aeroespacial integrada, capaz de adaptarse a escenarios complejos y cambiantes. Su valor reside tanto en sus prestaciones técnicas como en su capacidad para articular objetivos de defensa, desarrollo industrial y soberanía nacional.

En un contexto geopolítico caracterizado por la creciente competencia tecnológica y la importancia del control de los dominios aéreo y espacial, apostar por los pseudo satélites no es solo una decisión tecnológica, sino una definición estratégica de largo plazo para el Poder Aeroespacial Argentino.



Cuáles son los centros y estaciones espaciales de la CONAE y para qué sirven

Cuáles son los centros y estaciones espaciales de la CONAE y para qué sirven



Cuando se habla del programa espacial, casi siempre se piensa primero en los satélites. Pero para que un satélite sea útil no alcanza con ponerlo en órbita, también hay que operarlo todos los días, comunicarse con él, bajar los datos y procesarlos para convertirlos en un producto útil. Ahí es donde entran los centros y estaciones espaciales de la CONAE, la infraestructura que hace posible que una misión funcione, desde la Tierra.


El Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT) cuenta, entre otras cosas, con la Estación Terrena Córdoba. A través de las antenas de la imagen, la estación se comunica por radio con los satélites para operarlos y recibir/enviar datos.

Un centro espacial es un predio con varias capacidades concentradas: laboratorios, integración, ensayos, control de misión, formación. Una estación, por su parte, suele estar más asociada a antenas y sistemas de comunicaciones para controlar los satélites o naves espacials. En el caso argentino, la red de centros y estaciones de la CONAE no solo acompaña misiones propias, sino que también sostiene acuerdos internacionales y servicios de seguimiento y adquisición de datos. Esa combinación de hardware en Tierra, operación y datos es la columna vertebral que transforma el espacio en información útil para el país.

El Centro Espacial Teófilo Tabanera, corazón operativo

El principal nodo de la red es el Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT), ubicado a unos 30 km de la ciudad de Córdoba. Allí conviven una estación terrena, un centro de control de misión, laboratorios de integración y ensayos, áreas de aseguramiento/espacialización y hasta un instituto de formación e investigación avanzada. Es un lugar pensado para cubrir el ciclo completo de una misión: desde preparar y ensayar hardware, hasta operar satélites en vuelo y gestionar datos.

Dentro de ese predio funciona la Estación Terrena Córdoba, una instalación dedicada a telemetría, telecomando y control (TT&C) y a la recepción de información de satélites de observación. Desde allí se controlaron misiones argentinas como SAC-A, SAC-B, SAC-C y SAC-D, y también se reciben datos de satélites internacionales. Además, la estación integra la red de soporte del sistema ítalo-argentino SIASGE de información satelital.

Ese punto es importante, porque demuestra que las estaciones terrenas no son “solo una antena”. Son un conjunto de sistemas que permiten programar el satélite, recibir su estado de salud, enviar comandos, y bajar la información científica o de observación para luego procesarla. En el caso de misiones radar como SAOCOM, el circuito completo incluye operación, distribución de imágenes y coordinación con el socio internacional del sistema.


Dentro de las instalaciones del CETT, un grupo de visita observa un prototipo del satélite argentino radar SAOCOM. Crédito: CONAE.

Dos centros para el acceso al espacio

Además del CETT, Argentina tiene centros que empujan más hacia el acceso al espacio con capacidades propias. Por un lado está el Centro Espacial Punta Indio, pensado para manufactura, integración y ensayos de grandes elementos estructurales, incluyendo bancos de ensayos mecánicos que permitirían probar vehículos completos y subsistemas de gran escala. Es infraestructura típica de un programa que necesita fabricar, integrar y validar hardware grande, no solo piezas de laboratorio.


Instalaciones móviles que constituyen una plataforma de lanzamiento en el Centro Espacial Punta Indio, como parte de los ensayos para el Proyecto Tronador. Crédito: Argentina.gob.

Por otro lado está el Centro Espacial Manuel Belgrano, instalado en terrenos del Área Naval de Puerto Belgrano, asociado a la idea de disponer de una plataforma de lanzamiento y un área de integración final para un lanzador nacional, la familia Tronador. Aunque el acceso al espacio suele dominar titulares por los lanzamientos, lo menos visible es la infraestructura en Tierra: plataformas, integración final, seguridad, comunicaciones y procedimientos. Este centro se encuadra justamente en esa lógica.


El Centro Espacial Manuel Belgrano, en obra durante el desarrollo del Proyecto Tronador.

La Estación Terrena Tierra del Fuego

Además de Córdoba, la CONAE cuenta con una estación en el sur del país: la Estación Terrena de Tierra del Fuego, cerca de Tolhuin. Está pensada para sumar capacidad de recepción y soporte de misiones, con sistemas de antenas parabólicas. Este tipo de estación se vuelve estratégica por geometría: cuanto más al sur, más oportunidades de contacto con satélites en ciertas órbitas y más margen para planificar descargas de datos.

En la práctica, estaciones como esta brindan oportunidades adicionales para bajar información y asegurar continuidad operativa. Si el satélite pasa y no lo escuchás, perdiste esa ventana. Con una red distribuida, se reduce ese riesgo y se gana flexibilidad, clave cuando los satélites generan grandes volúmenes de datos o cuando hay necesidades de respuesta rápida.


La Estación Terrena de Tierra del Fuego presta apoyo a la misión SAOCOM, y presta soporte para misiones nacionales e internacionales a partir de acuerdos con la CONAE.

Dos antenas de espacio profundo

La red argentina también incluye infraestructura asociada a espacio profundo: comunicaciones a enormes distancias, enlaces más exigentes y antenas gigantes, con aplicación principal a misiones interplanetarias. En Malargüe se instaló la estación Deep Space 3 (DS3), parte de la red de la Agencia Espacial Europea (ESA), en el marco de la cooperación espacial con la CONAE. Se trata de una estación con antena de 35 metros, utilizada para dar apoyo a misiones interplanetarias y científicas europeas. Desde Argentina, esta base aporta cobertura global a la red, porque para tener contacto continuo con naves lejanas necesitás estaciones distribuidas por el planeta.


Las principales funciones de la estación DS3 son recibir telemetría, enviar telecomandos y realizar mediciones radiométricas en naves científicas y de espacio profundo. Crédito: Agencia Espacial Europea.

En Neuquén opera la Estación CLTC–CONAE, construida a partir de acuerdos con China. Esta instalación brinda telemetría, seguimiento y control para misiones del programa chino de exploración lunar y otros programas de investigación de espacio profundo. También se describe que cuenta con una antena de 35 metros y equipamiento para operar en bandas S, X y Ka, típicas de comunicaciones espaciales.

Las antenas de espacio profundo son infraestructura crítica y cara, y por eso casi siempre se montan en cooperación.


La Estación CLTC brinda soporte de telemetría, seguimiento, control de las misiones del Programa Chino para Exploración de la Luna (CLEP) e investigación científica del espacio lejano. Crédito: Argentina.gob.

Sin Tierra, no hay espacio útil

La CONAE desarrolla y coordina misiones satelitales orientadas a necesidades de usuarios, desde producción y ambiente hasta emergencias y planificación, pero para que esa promesa se cumpla hace falta un circuito industrial y operativo completo. El CETT permite operar misiones y transformar señales en información procesable; las estaciones del sur aumentan ventanas de contacto y robustez; y las antenas de espacio profundo insertan al país en redes globales de exploración y cooperación.

Visto en perspectiva internacional, esta arquitectura es bastante estándar. Las agencias fuertes no solo fabrican de satélites, sino que operadoran sistemas. La diferencia está en la escala, pero la lógica es la misma: sin centros para integrar y ensayar, no hay confiabilidad; sin control de misión, no hay operación sostenida; sin estaciones para bajar datos, no hay producto final.



domingo, 8 de febrero de 2026

Instalarán en un paraíso sanjuanino un telescopio "ojo de mosca", ¿qué es?

Instalarán en un paraíso sanjuanino un telescopio "ojo de mosca", ¿qué es?
A través de un convenio entre la UNSJ, la CONAE y la Agencia Espacial Italiana, se instalará un instrumento de alta tecnología destinado a catalogar restos de satélites y evitar colisiones en el espacio.


Telescopio Flyeye (Foto: OHB Italia)

La Universidad Nacional de San Juan (UNSJ) acaba de firmar un importante convenio con la Agencia Espacial Italiana y la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE). Esta alianza permitirá la instalación de un telescopio de alta tecnología denominado "ojo de mosca" (Flyeye) en la estación de altura Carlos Cesco, ubicada en Barreal, departamento de Calingasta. Este ambicioso proyecto no solo representa un avance técnico, sino que sitúa a la provincia en un selecto grupo global, ya que el instrumento será uno de los únicos cuatro de su tipo que existirán en todo el mundo.

El diseño del telescopio, cuyo nombre deriva de su particular capacidad y configuración óptica, está orientado exclusivamente a la catalogación y seguimiento de la basura espacial. El decano de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de la UNSJ, Jorge Castro, explicó que este instrumento posee un diámetro importante y es específico para monitorear los residuos que orbitan el planeta. Según dijo el académico, en diálogo con Canal 13 San Juan, esta tarea genera una preocupación creciente en la comunidad científica debido a la acumulación de satélites fuera de uso y fragmentos en órbita que representan un riesgo latente para la infraestructura espacial activa.

El objetivo principal de esta vigilancia constante es la prevención de colisiones que podrían dañar satélites operativos u otras estaciones espaciales que se encuentran trabajando actualmente.

Castro señaló al respecto que "el peligro es que estos trozos en desuso puedan chocar con satélites u otras instancias espaciales que están trabajando", lo que otorga una importancia clave al seguimiento minucioso que realizará el nuevo centro en Barreal. De esta manera, San Juan contribuirá directamente a la seguridad de las misiones espaciales internacionales mediante la detección temprana de posibles impactos.

La concreción de esta iniciativa es un reconocimiento explícito al prestigio científico que Argentina, y particularmente San Juan, ha construido durante décadas. El decano destacó que el Observatorio Félix Aguilar cuenta con 72 años de trayectoria, tiempo durante el cual sus investigadores han logrado que la región sea considerada un lugar de referencia mundial para las observaciones en el hemisferio Sur. Castro reafirmó este mérito al sostener que "nuestros investigadores han sabido generar el prestigio necesario para que San Juan y la UNSJ sean un lugar de referencia mundial", lo que ha permitido atraer inversiones de esta magnitud.

En términos financieros, el proyecto cuenta con un presupuesto aproximado de 20 millones de euros, financiado íntegramente por la Agencia Espacial Italiana.

Aunque la mayor parte del tiempo de observación corresponderá a los científicos italianos por su aporte económico, el acuerdo garantiza que investigadores de la UNSJ y de la CONAE dispondrán de tiempo propio para sus estudios, mientras que la administración del complejo estará bajo la responsabilidad de la universidad sanjuanina. Castro subrayó que este esfuerzo institucional ha requerido una dedicación total para no dejar pasar oportunidades científicas valiosas en un contexto de limitaciones presupuestarias, asegurando que el ingenio y la apertura hacia instituciones externas son claves ante la falta de recursos propios para proyectos de tal escala.

Se espera que el proyecto comience a tomar forma definitiva entre el cierre del primer semestre y el inicio del segundo semestre de 2026. Con el convenio ya aprobado por el Consejo Superior de la UNSJ, solo restan ajustes técnicos y administrativos para que el "ojo de mosca" comience a vigilar los cielos sanjuaninos, volviendo a poner a la ciencia nacional en la agenda global de máxima relevancia.



martes, 3 de febrero de 2026

El detrás de escena de ATENEA: Frida Alfaro, ingeniera de la UNLP, explica el desarrollo del satélite argentino que viajará al espacio con la NASA

El detrás de escena de ATENEA: Frida Alfaro, ingeniera de la UNLP, explica el desarrollo del satélite argentino que viajará al espacio con la NASA
Por Sofía Arocena




Frida Alfaro es ingeniera aeroespacial graduada de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Su especialidad es la ingeniería de sistemas, el área que gestiona la coordinación técnica del proyecto: traduce los requerimientos de misión en tareas concretas, se asegura de que cada sistema se integre con los demás y verifica el cumplimiento de todos los requisitos técnicos, operativos y de seguridad.


El CubeSat ATENEA de la CONAE, la UNLP y otras instituciones del ecosistema tecnológico argentino. Crédito: CTA/UNLP.

En la UNLP integra el Centro Tecnológico Aeroespacial (CTA), donde participó en proyectos como el satélite universitario USAT y, más recientemente, ATENEA. En esta entrevista, Alfaro cuenta en primera persona cómo fue trabajar en el detrás de escena del CubeSat argentino que viajará al espacio con Artemisa II de la NASA, la misión que volverá a llevar humanos a las inmediaciones de la Luna después de 53 años.

Antecedentes técnicos de la UNLP y el llamado de la CONAE

La participación en la misión Artemisa II no surgió de la nada. Antes de ATENEA, el CTA ya venía trabajando en el USAT-1, un proyecto de satélite universitario del tipo CubeSat 3U, con acompañamiento técnico de la CONAE. “En ese entonces, ya trabajábamos en conjunto con la CONAE, que nos asistía, realizando reuniones para poder evaluar el satélite, hacer las revisiones de diseño, y brindarnos soporte técnico en general”, recuerda Frida Alfaro. Ese vínculo hizo que la agencia argentina conociera de cerca el ritmo y el nivel de madurez del grupo de la UNLP.

La Facultad de Ingeniería tenía, así, un antecedente concreto en el desarrollo propio de satélites. El llamado para trabajar en ATENEA se remonta a noviembre de 2023, cuando la NASA abrió una convocatoria vinculada a los Acuerdos Artemisa.

“En una primera instancia, la misión Artemisa II se iba a limitar a llevar astronautas a las inmediaciones de la Luna y nada más. No iba a llevar ninguna carga útil extra. Sin embargo, en noviembre de 2023, NASA lanza una convocatoria: buscaba agencias espaciales que quieran sumar sus CubeSats a la misión”, explica Alfaro. “La propuesta llegó a través de la CONAE, que nos propone el desarrollo de un kit de 12 unidades para marzo de 2024. Y, desde la UNLP, dijimos que lo podíamos hacer”.


Panel solar de ATENEA con antenas tipo parche. Crédito: CTA/UNLP.

Los primeros desafíos de ATENEA

Con la propuesta de la CONAE, apareció el primer choque con la realidad: los tiempos. “Para nosotros el tiempo que teníamos para desarrollar el proyecto era descabellado porque, si bien habíamos trabajado con USAT, su desarrollo nos había tomado casi 3 años. Ahora solo teníamos unos pocos meses”, explica Frida.

Y el desafío creció todavía más cuando cambió el tamaño del satélite: “En primer lugar, desde CONAE nos dijeron que querían un CubeSat, así que nosotros pensamos en terminar de desarrollar y mandar a USAT. Pero luego nos indicaron que debía ser de 12U en lugar de 3U, cuatro veces más grande, y tuvimos que cambiar los planes”.

Con el salto de escala, el proyecto entró en modo sprint. “Los primeros pasos que dimos fueron en la confección de la misión y toda la documentación necesaria”, cuenta Alfaro. La CONAE operó como interfaz formal con la NASA: “Actuó como intermediaria para el envío de la documentación a NASA, y finalmente ganamos la licitación. Entonces, comenzó el trabajo”.

La disputa de la propulsión y el problema de diseño de ATENEA

Con la licitación ganada, la CONAE ya tenía un pie adentro de Artemisa II. Sin embargo, si bien había definido los requisitos generales de la misión y el CubeSat, aún no había un diseño conctreto. En una primera instancia, el equipo evaluó incorporar propulsión para correcciones orbitales.

“Comenzamos a indagar quiénes nos podían ayudar con el tema, y qué proveedores del mercado tenían propulsión para CubeSat”, relata Alfaro. La exploración chocó con una limitación: la tecnología de los CubeSats aún es relativamente nueva, por lo que muchos subsistemas todavía no tienen un mercado amplio. Finalmente, ATENEA quedó sin propulsión, decisión influenciada por la NASA. “Artemisa II es una misión tripulada, por lo que tiene un interés especial por la seguridad”. En ese marco, cualquier sistema que introduzca energía a bordo pasa por un nivel de restricciones y validaciones más exigente, porque la prioridad es proteger a la tripulación ante cualquier escenario.

Sacar la propulsión simplificó un frente, pero obligó a rediseñar otros: “Al quitar la propulsión de la ecuación, tuvimos que repensar el diseño”. Incluso el control de actitud empujó decisiones poco convencionales: “El satélite lleva un sistema de control de actitud con star trackers. Si ATENEA llevaba propulsión, para colocar el star tracker tenía que incorporar una estructura extraña”, explica Frida entre risas. “Cuando descartamos la opción de la propulsión, también terminamos de cambiar y definir todo el diseño”.


El equipo técnico de ATENEA trabajando durante la integración en el Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT). Crédito: CTA/UNLP.

El puente con la NASA: documentación, requisitos y “hablar el mismo idioma”

Empezar a trabajar con NASA no fue solo un cambio de escala, también implicó entrar en un régimen de documentación y plazos que no se parece al de un proyecto universitario.

Según cuenta Frida, el primer gran reto fue la gestión de los deadlines. “Uno de los principales desafíos fue cumplir con los deadlines de la NASA, porque teníamos el tiempo contado y no sabíamos si íbamos a llegar a presentar toda la documentación necesaria”, recuerda. Con el correr de los meses, esos plazos se movieron al ritmo del propio programa: “Por suerte, NASA nos fue cambiando los deadlines porque la misión se fue retrasando, lo que para nosotros era un alivio, porque teníamos más tiempo para trabajar”. La dinámica arrancó con reuniones periódicas: “Nos explicaban la documentación que teníamos que presentar y en qué formato, y aprovechábamos para evacuar consultas”.

En ese intercambio, su trabajo se concentró en la parte más invisible pero decisiva del proyecto: garantizar la trazabilidad de requisitos y documentación. “Ellos nos dieron acceso a su base de datos y nos enseñaron cómo usarla y la información que necesitaban. Yo particularmente me dediqué a eso”, cuenta Alfaro. No era la primera vez que se enfrentaba a ese tipo de proceso: “Ya tenía algo de experiencia en la gestión de documentación con la NASA porque había gestionado anteriormente programas para el estudio de basura orbital con la agencia”. Aun así, el volumen de detalle sorprendía: “Suena fácil, pero no lo fue. Tuvimos que armar documentos como la MUL (Material User List) y completar la base de datos con absolutamente toda la información del satélite: el porcentaje de inflamabilidad, corrosión, entre otras cosas”.

Ese rol se cruzó, además, con una función de coordinación interna. “Yo participé mucho como project manager. Me encargué, por ejemplo, del árbol de trabajo del Centro Tecnológico Aeroespacial”, explica. La diferencia fue pasar de una lógica de desarrollo más flexible, a nivel universitario, a una donde había entregables pactados desde el inicio, contratos y compromisos formales. “En la universidad, trabajamos con nuestros propios tiempos y bajo nuestras propias reglas. En cambio, con ATENEA, teníamos que tener la misión la documentación, el cronograma y la división de tareas pactada desde un principio”.

En paralelo, su mirada integral de ingeniería de sistemas se volvió clave cuando el diseño chocó con el límite más tangible: el tiempo. Uno de los cuellos de botella fue la exploración de la propulsión y el ida y vuelta con proveedores. “Gestionar los proveedores, que nos entiendan concretamente lo que queríamos, pelear un poco también con ellos… fue todo un desafío”, comenta. Además, el tiempo condicionó el diseño: “Al principio, proponíamos ideas que considerábamos que podíamos llevar a cabo, pero cuando nos dábamos cuenta de que necesitábamos tal vez un año para concretarlas decíamos ‘no, no tenemos tanto tiempo’, y nos poníamos a trabajar en otra solución”.

“Por suerte, la NASA fue moviendo los deadlines porque se iban atrasando ellos con la misión. Capaz que una semana antes de la entrega prevista nos avisaban que la fecha límite se corría seis meses… nos cambiaban mucho las fechas en un principio”. Incluso cuando parecía que todo estaba cerrado, aparecían revisiones tardías: “Me acuerdo de un correo que recibimos cuando ya habíamos prácticamente cerrado todo el tema de la documentación. Ya habíamos comenzado la construcción del satélite y nos llega de la NASA ‘acabamos de revisar la información con un experto y no entendemos tal cosa’ y nosotros pensábamos ‘ojalá esté todo bien porque ya lo tenemos hecho'”, cuenta entre risas.

Un trabajo en equipo

El desarrollo, además, no fue solo UNLP–CONAE, sino que participaron otros actores del ecosistema. “Trabajamos nosotros, trabajó la Facultad de Ingeniería de la UBA, la Universidad Nacional de San Martín, VENG y el Instituto Argentino de Radioastronomía”, menciona, al repasar el entramado que se armó alrededor de ATENEA.

Si bien la coordinación respondía a un esquema definido, también se fue moldeando sobre la marcha, empujada por el ritmo del programa y por los plazos externos. “Varios equipos fueron trabajando en el proyecto. Cada uno entregó su parte y la mayor parte de la integración la hizo el CTA”, explica Frida. En particular, la integración general se llevó al Centro Espacial Teófilo Tabanera (CETT), en instalaciones asociadas a CONAE y VENG. “Allá tenían una sala limpia más grande, herramientas tecnológicas más avanzadas, medios para hacer ensayos y personal con amplia experiencia”.


El CubeSat ATENEA durante los ensayos ambientales en autoclave. Crédito: CTA/UNLP.

“Recursos a mano” y una apuesta por lo propio

Cuando habla de qué hace posible este tipo de proyectos en Argentina, Alfaro baja la respuesta a algo muy concreto. “Yo siempre destaco el potencial tecnológico que tiene Argentina… desde las capacidades técnicas hasta la cadena productiva”, afirma. Y lo ejemplifica con una escena personal: “A mí, que soy de El Salvador, me parece muy loco el hecho de poder conseguir aluminio en tu país. Tener materiales, industria y recursos cerca te brinda posibilidades sin comparación”.

En esa misma línea, Frida remarca una dimensión más cultural y estratégica: “En la UNLP se le da una gran importancia a las capacidades y los desarrollos propios”. Para ella, eso explica la predisposición que vio desde el ecosistema universitario cuando el salto se volvió urgente: “Desde el proyecto USAT a cuando la CONAE pidió desarrollar ATENEA, la predisposición de la Facultad de Ingeniería fue absoluta porque la idea es poder desarrollar productos espaciales 100% argentinos”.

“Un CubeSat lo podés comprar en cualquier parte del mundo… la estructura, algunos subsistemas… hay muchos países que los desarrollan. Lo importante es que este proyecto lo hicimos nosotros desde cero, con materia prima nacional”.

Qué pasó con USAT y qué viene después

El efecto dominó de ATENEA se sintió en el proyecto universitario anterior. “Quiero remarcar que a USAT lo dejamos en stand by porque teníamos que dedicarnos tiempo completo a ATENEA”, explica. Y resume el balance sin vueltas: “Fue un desafío muy grande hacer tanto en tan poco tiempo. Hemos aprendido un montón trabajando en el proyecto y junto a la CONAE”.

Esa curva de aprendizaje, dice, ya se piensa como plataforma para lo que sigue. “Queremos implementar este aprendizaje para futuros CubeSat. USAT-2 vendrá en camino, y la idea es ir probando desarrollos cada vez más complejos”.

Además, adelanta dos líneas que se abren desde la facultad. “A futuro, posiblemente desarrollemos una misión de la Facultad de Astronomía sobre comunicaciones cuánticas”. La UNLP también tiene en mente una plataforma orientada a terceros: “Nosotros desarrollaríamos una plataforma de CubeSat, para que cuando alguna organización quiera hacer el suyo, nosotros le ofrecemos la plataforma y ellos la configuran de acuerdo a su misión”.

El desafío no fue “solo técnico”

Cuando se le consulta por la base técnica, Frida cuenta que el conocimiento ya estaba. “La universidad ya tiene una base de know-how y experiencia muy grande en el desarrollo de satélites. No hay que olvidarse que la UNLP ya participó de otras misiones nacionales, como SAOCOM y ARSAT, de CONAE e INVAP”, recuerda.

En infraestructura, hace una distinción honesta. La Plata no compite con el nivel de Córdoba, pero tiene herramientas reales. “Tal vez no compite el CETT en Córdoba, pero tenemos shakers para hacer pruebas de vibraciones, equipos de mecanizado como la fresadora con la que se hizo la plataforma de ATENEA, una cámara de termovacío… estamos bien equipados”.

El lanzamiento de ATENEA como ritual colectivo

Finalmente, sobre cómo imaginan vivir el momento del lanzamiento, Frida Alfaro cuenta que aún no hay un plan definido, pero que algo es seguro: lo vivirán en comunidad. “No tenemos ningún plan concreto aún, pero es seguro que vamos a verlo todos juntos desde la Facultad de Ingeniería”, dice.

Y anticipa el espíritu: transmitirlo y festejarlo en grupo. “Ya se han hecho transmisiones de otras misiones de las que participó la facultad, así que seguro armaremos algo grande”.




Modificado por orbitaceromendoza

domingo, 1 de febrero de 2026

La CONAE avanza con las obras en Belgrano II, su estación terrena en la Antártida para seguimiento de satélites polares

La CONAE avanza con las obras en Belgrano II, su estación terrena en la Antártida para seguimiento de satélites polares



La CONAE informó que un equipo de ingenieros y técnicos viajó en el rompehielos ARA Almirante Irízar hacia la Base Antártica Conjunta Belgrano II para continuar la construcción de la futura Estación Terrena Belgrano II, un nodo clave para ampliar la red argentina de seguimiento y recepción de datos satelitales en latitudes extremas.


El rompehielos ARA Almirante Irízar es el principal vector logístico argentino para reabastecimiento y apoyo de bases antárticas. En Belgrano II, la descarga suele hacerse a distancia por helicópteros por la dinámica del hielo. Crédito: Ministerio de Defensa.

Según detalló el organismo, la campaña apunta a completar la “infraestructura técnica de soporte” en tierra que habilitará, en etapas posteriores, la instalación del sistema de antenas. La iniciativa se enmarca en el plan de fortalecimiento de la Red de Estaciones Terrenas de la CONAE. Y también aparece mencionada como proyecto estratégico en el “Calendario Institucional CONAE 2026” publicado en el sitio oficial del Estado.

El objetivo es sumar capacidades de seguimiento, telemetría y telecomando (TT&C), además de descarga de datos, mediante antenas parabólicas diseñadas para operar en bandas S y X. En antecedentes oficiales del proyecto, se describe la instalación de dos sistemas de antenas con reflectores de 6,1 metros y la integración de Belgrano II como la tercera estación TT&C de la CONAE, complementando las estaciones de Córdoba (CETT) y Tierra del Fuego.

¿Cuál es el plan de trabajo de la CONAE? ¿Qué aporta una estación terrena tan austral?

Nicolás Cugat, ingeniero responsable de CONAE, dando comienzo a la campaña de verano de la agencia, explicó que el objetivo de la iniciativa “es continuar actividades del desarrollo de la estación terrena en la Base Belgrano II de la Antártida”.

Uno de los atractivos principales de esta base es su ubicación: será la estación más austral de la Argentina y una de las más australes del mundo. Desde allí, la CONAE podrá mejorar la cobertura y la frecuencia de contactos con satélites de órbitas polares, con un potencial de hasta quince contactos diarios para misiones de observación de la Tierra como SAOCOM.

Esto sucede porque cuanto más al sur está una estación terrena, más oportunidades tiene de ver satélites en órbitas polares. Eso se traduce en más ventanas de descarga, más margen para reaccionar ante anomalías, y mayor continuidad operativa para misiones que requieren datos frecuentes. En la práctica, la CONAE ya opera infraestructura en la Antártida, con una antena en Marambio orientada a recepción de datos. Sin embargo, Belgrano II está pensada para dar un salto en contacto y control operativo desde una latitud aún más extrema.

Sobre los avances de la obra, Sebastián Vitanza, técnico de integración de VENG, técnico-industrial de la agencia espacial, comentó: “el año pasado estuvimos haciendo la construcción de las dos bases que van a albergar las antenas”. El equipo repetirá ahora la experiencia, en la construcción del contenedor que va a albergar la electrónica de las dos antenas, que se van a instalar en un año, aproximadamente.

Una estación con historia

La base Belgrano II no es nueva. De hecho, es una base permanente argentina inaugurada en 1979, con condiciones ambientales severas, abastecida anualmente y con logística fuertemente apoyada en el Almirante Irízar. Por eso, el proyecto se articula con el sistema antártico nacional y con organismos operativos. En sus comunicaciones, la CONAE remarca el trabajo conjunto con el Comando Conjunto Antártico (COCOANTAR), la Dirección Nacional del Antártico (DNA) y el Instituto Antártico Argentino (IAA).

A partir de su partida, el rompehielos tardará unos 20 a 25 días a llegar a destino. Una vez en Belgrano, comenzarán las obras que le dan continuidad a la futura estación terrena de Argentina.