viernes, 24 de julio de 2026

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global
por Alejandro Frigerio (UCA/CONICET)



No solo perdimos la final del Mundial 2026 ante España, sino que también en los días siguientes recibimos múltiples, inesperadas (y para este caso, innecesarias) acusaciones de que éramos «uno de los países más racistas del mundo» -Samuel Jackson dixit, quizás aún compenetrado en su papel de Nick Fury guardián del orden global en las películas de los Avengers. Pero no fue el único. Tanto en medios «serios» como en múltiples publicaciones en redes sociales la acusación se difundió, con argumentos variopintos y superficiales. La foto de la selección, compuesta totalmente por jugadores blancos, fue tomada como prueba concluyente -como ya había sucedido en el Mundial pasado. Nuestra reacción local fue casi unánime: indignación, desmentidas, acusaciones de xenofobia contra quienes señalaban el problema. Nada muy diferente de lo que sucede cada vez que se toca el tema, pero en un clima emocional muy intenso y con la conciencia de una audiencia global.

¿Pero somos una sociedad racista?

La respuesta corta sería: sí. Todas las sociedades lo son, y el excepcionalismo argentino que queremos ver en este tema no es real. ¿Estamos entre los países más racistas del mundo? Seguramente no, pero sí estamos entre los que más ignoran o invisibilizan su racismo endógeno. Sería productivo reconocerlo, identificar nuestras conductas racistas (aún las más «inofensivas» y «folklóricas», como los cantos de las hinchadas de futbol) y hacer lo necesario para disminuirlo. Esto no afectaría los derechos de nadie (salvo los de quienes se creen que pueden propagar discursos de odio) y puede aumentar los de muchas personas que habitan nuestro territorio.

Un racismo con acento local

Todas las sociedades tienen sus Otros discriminados: internos, los que no encajan en la imagen ideal del ciudadano según la narrativa nacional dominante, y externos, definidos por los patrones de inmigración que a cada país le toca según su región, su historia colonial o sus necesidades de mano de obra. En Argentina, cada zona tiene los suyos: wichis y qom en el Chaco y Formosa, chiriguanos y guaraníes en Salta, «coyas» o bolivianos en el NOA, «chilotes» y mapuches en el Sur, «negros cabeza» en el AMBA.

Lo distintivo de nuestro racismo es su forma de expresarse: sosteniendo que no existe, porque supuestamente no habría «razas» ni grupos étnicos diferenciados dentro del país. Las campañas antirracistas que impulsaba el INADI en redes sociales —antes de que el gobierno de Milei cerrara el organismo— solían generar comentarios indignados por el solo hecho de tratar el tema, cuando no acusaciones de que el propio INADI era racista por «inventar» un problema que, para el sentido común argentino, no nos afectaba. Paradójicamente, el antirracismo parecía fomentar el racismo en lugar de reducirlo. Es exactamente el mismo reflejo que se vio esta semana: la respuesta a la acusación externa no fue la autocrítica sino el desmentido ofendido.

Cómo se construyó una Argentina «blanca»

El proyecto de la generación del 80 de europeizar a la población fue, al menos en el discurso, un éxito rotundo. La fuerte ola inmigratoria italiana y española diluyó – aunque no hizo desaparecer- a la población afroargentina en la nueva geografía demográfica de Buenos Aires, y la mayoría masculina de esa inmigración produjo un mestizaje casi forzado. La ideología del «crisol de razas» terminó convirtiendo en «blanca» a buena parte de la población que podría haberse considerado mestiza. Recién con la migración interna de la década de 1950 se hizo visible una presencia no blanca, estigmatizada bajo el mote de «cabecitas negras». Sus descendientes de hoy siguen siendo, para buena parte de la sociedad, simplemente «negros» («cabeza», «termos», «de mierda», etc.).

Los pueblos originarios están invisibilizados a nivel nacional -pese a que su número absoluto es comparable al de Brasil, país donde tienen un reconocimiento y un peso simbólico enorme-, y lo mismo ocurre con los afrodescendientes, recién incluidos oficialmente en los dos últimos censos pero todavía ausentes del imaginario colectivo. El «racismo a la argentina» respecto de este último grupo podría resumirse así: no somos racistas porque en nuestro país ya no hay negros; a quienes llamamos despectivamente «negros» los despreciamos sólo por su falta de cultura, no por su color. Ambas afirmaciones son falsas.

Aunque ya no representan el 30% de la población porteña como en 1810, existen muchos argentinos afrodescendientes -algunos herederos de los esclavizados y libertos de la colonia, otros producto de migraciones posteriores-. La cifra real seguramemte supera los 302.936 relevados en el último censo (0,7 % de la población), un resultado probablemente deslucido por la falta de campañas de sensibilización que lleguen a explicar bien qué significa «afrodescendiente», un término sin la carga peyorativa de la palabra «negro» -pero que, hay que reconocer, no implica que quien se autoidentifica de esta manera sea socialmente reconocido como «una persona negra».

El racismo de todos los días

En un país cuya imagen ideal es la de una sociedad blanca, europea, moderna y católica, quienes son socialmente leídos como «negros» (raciales) sufren sobre todo tres formas de discriminación cotidiana:

Invisibilización: la narrativa nacional sólo admite la presencia afroargentina hasta el gobierno de Rosas, y en la vida diaria se reserva la categoría de «negro» a quien tiene la piel muy oscura y cabello «mota». Es común, incluso, que las familias escondan fotos de abuelos por ser negros.

Extranjerización: especialmente irritante para los afroargentinos: se asume que toda persona negra, hable como hable, es necesariamente inmigrante.

Estereotipación: se les asignan roles y rasgos según el fenotipo —calientes, buenos para el baile, poco aptos para trabajos serios—, prejuicios con larga historia y plena vigencia.

A esto se suma una discriminación más amplia, compartida con quienes por su ascendencia indígena, mestiza o afro visible no responden a la imagen social del argentino «típico» «descendido de los barcos europeos» -una imagen que podría corresponder a la población de cierto nivel socio-económico de Buenos Aires y algunas capitales del interior pero que de ninguna manera representa a la mayoría de l@s argentin@s.

Cuando se habla con desdén de «negros» («cabeza», «villeros»), se está apelando -aunque se lo niegue- a una dimensión también fenotípica que antecede o se suma a la clase social y las preferencias estéticas. Nuestros «negros» cotidianos no son sólo sociales sino también raciales: son «insuficientemente blancos», y en eso radica buena parte de la desconfianza que despiertan. La expresión «cosas de negros» nació referida a la población afroargentina, pero hoy se aplica a cualquier «otro» que no llegue a ser «europeamente blanco». La «portación de rostro» frente a la policía y la «buena presencia» exigida en tantas búsquedas laborales son formas concretas de ese rechazo, que condiciona e influye negativamente en el acceso de demasiados compatriotas a la justicia, la educación, el empleo digno y la movilidad social.

¿Somos el país más racista del mundo?

Comparar racismos es difícil y puede ser contraproducente: lleva a la creencia autogratificante de que estaríamos en los puestos bajos de un supuesto ranking, o a pensar que algunas formas de esclavitud fueron más benévolas que otras -algo que sólo puede sostener quien nunca la sufrió ni leyó historia-. Es cierto que en Argentina no hubo leyes segregacionistas como en otros países, y que la educación pública, aun siendo una máquina de producción de la ideología de la blancura, también permitió cierta integración social, subordinada pero real.

Ninguna de esas dos cosas contradice lo anterior. Que no haya habido segregación legal no significa que no haya racismo estructural; y la reacción indignada ante la crítica externa de esta semana -«cómo nos van a decir racistas a nosotros»- es, precisamente, la forma en que ese racismo tácito se sostiene: negándose a sí mismo.

Por qué la selección es toda «blanca»

Hay, sin embargo, una pregunta legítima detrás de la polémica futbolística: a diferencia de otros países donde la proporción de afrodescendientes en la selección supera ampliamente su peso demográfico, el plantel argentino es prácticamente homogéneo en términos raciales. La explicación es en gran parte numérica: los afrodescendientes, como vimos, son apenas el 0,7 % de la población según el último censo. De ese porcentaje, sólo una fracción juega al fútbol, otra menor lo hace de manera competitiva, y de ésa, una fracción todavía menor alcanza el nivel de la selección nacional. Todo esto en un contexto social con una población «futbolísticamente activa» enorme. Por ello, las probabilidades son extremadamente bajas, aunque no nulas: en 1978 Héctor Rodolfo «Chocolate» Baley fue uno de los tres arqueros convocados.

Ese dato numérico explica la composición del equipo, pero no agota la discusión que se abrió en 2026. Que la ausencia de jugadores negros en la selección tenga una causa demográfica no vuelve falsas las otras evidencias: los cánticos discriminatorios de h hinchas (y peor, de la propia selección que fueron difundidos por redes sociales) en ediciones anteriores, los comentarios racistas de algunos (pocos) funcionarios durante este mismo torneo, o el reflejo colectivo de indignarse por la acusación antes que preguntarse por lo que la motiva. La pregunta que dejó el Mundial 2026 no es si Argentina es «el país más racista del mundo» -una comparación imposible de saldar-, sino por qué, cada vez que alguien lo señala desde afuera, la respuesta mayoritaria sigue siendo negar tozudamente que el problema exista.

Dicho esto, que seamos una sociedad racista no significa que lo seamos más que otras, y mucho menos que quienes nos acusan desde el Norte global tengan la autoridad moral que se arrogan para hacerlo. Estados Unidos y las potencias europeas que hoy señalan con el dedo construyeron sus fortunas sobre la esclavitud, el colonialismo y la segregación legal, y todavía conviven con un racismo estructural propio que no necesita mucha búsqueda para salir a la luz. Que un actor de Hollywood y medios estadounidenses o europeos acusen a la Argentina de ser “el país más racista del mundo” -a horas de que un equipo que hasta ese domingo era elogiado en todo el planeta por su entrega, su amor a la camiseta y a su gente pasara, de la noche a la mañana, a ser el villano racista de la película- tiene más de reflejo de superioridad moral ajena que de diagnóstico serio. Reconocer el racismo propio no exime de señalar el ajeno: se puede, y se debe, aceptar el racismo argentino sin por eso conceder autoridad moral a sociedades que llevan mucho más tiempo, y mucha más sangre, sin resolver el suyo.

La reiteración de acusaciones de que los argentinos somos los «villanos de la película» cuando participamos de actividades en escenarios globales -que somos racistas, maleducados o pendencieros-, habitualmente formuladas por intelectuales, periodistas o comunicadores del Norte global, demuestra también las asimétricas relaciones de poder y los prejuicios subyacentes: somos siempre los que no sabemos «ubicarnos en nuestro lugar» de latinoamericanos sumisos y moralmente inferiores. Es cierto, nuestra veta maradoniana se resiste a aceptar el lugar subordinado que quieren asignarnos en el orden global. No por nada D10S es argentino…



No odiamos lo suficiente a los argentinos

No odiamos lo suficiente a los argentinos
En cuestión de horas, Argentina, su selección de fútbol y también los ciudadanos fueron víctimas de un juicio global desproporcionado, “alimentado por pruebas falsas, plataformas que premian la indignación y actores que ganan plata o poder con el enojo ajeno”. Qué lugar ocupan en esto los algoritmos.
por Maximiliano Firtman*


Rosalía | CEDOC

¿Qué tienen en común Rosalía, el ajedrecista Kasparov, una congresista estadounidense y el actor Samuel Jackson? Todos quedaron atrapados en una ola anti-Argentina amplificada por los algoritmos de las redes sociales. Algunos compartieron contenido falso; otros amplificaron acusaciones sin fundamento.

Después se sumaron medios internacionales. La red convertía en tendencia una publicación dudosa, el medio la transformaba en noticia y la noticia regresaba a las redes como prueba de que debía ser cierta. Una calesita de desinformación que terminó pintando a la Argentina como la villana racista del Mundial.

El fenómeno anti-Argentina existió: la FIFA moderó 53 millones de contenidos y bloqueó siete millones por considerarlos potencialmente dañinos. Se inventaron casos; a otros, aislados pero reales, se les agregó desinformación, exageración y un encuadre hostil en TikTok, Instagram y, sobre todo, X.

Elon Musk presenta a X como la plaza pública digital. En una plaza, sin embargo, nadie decide en secreto qué conversación escuchará cada persona. En X sí.

Revisé el código abierto del algoritmo que decide qué ves en X. Primero analiza tu historial de interacción y busca publicaciones para mostrarte, incluso de cuentas que no seguís. Después predice si vas a responder, compartir, citar, leer, bloquear o reportar a esas publicaciones. Esas probabilidades determinan el orden del contenido.

El sistema no decide si algo es verdadero ni si te va a gustar: solo predice cómo vas a comportarte. Cuanto más te afecte, más te lo mostrará.

Por eso la red aprende de aquello que provoca reacciones. Una mentira emocional genera respuestas, compartidos y tiempo de lectura. Y si miles interactúan para refutarla, el sistema interpreta interés y se la muestra todavía a más gente. No penaliza que que cientos de cuentas repitan la misma historia falsa.

Si alguien responde, cita, saca captura o se queda leyendo publicaciones anti-Argentina, incluso para criticarlas, el algoritmo aprende que el tema le interesa. Defender al país termina siendo la forma más eficaz de seguir viendo ataques y de creer que es lo único que hay. Así, X facturó más con publicidad mientras algunos argentinos y extranjeros que viven en el país, saturados de intentar defenderlo, decidieron salir de las redes temporalmente.

Se documentaron cientos de citas inventadas, imágenes manipuladas y videos creados con IA de actitudes argentinas que nunca existieron. Gran parte salió de cuentas “verificadas” en X que monetizan las visualizaciones de sus publicaciones.

Una web llamada Argentina Out reunió supuestos 23 millones de firmas para expulsar a la selección de los mundiales. No contaba votos reales, pero tampoco necesitaba convencer a millones: le alcanzaba con monetizar la publicidad gracias a conseguir que los medios dijeran que lo había hecho. Y así pasó.

Como dato revelador, se detectaron muchas cuentas patrocinadas por la casa de apuestas Rainbet que sumaron millones de visualizaciones con declaraciones falsas y supuestas faltas de Messi; muchas cuentas son de Asia y África. Quizás el objetivo no fuera atacar a un país, sino monetizar la polarización y alimentar el negocio de las apuestas y los mercados de predicción.

En 2018, un estudio del MIT concluyó que las falsedades en redes eran un 70% más propensas a recibir retuits y que las noticias verdaderas tardaban unas seis veces más en llegar a las primeras 1.500 personas. La mentira vende más, y eso era antes del algoritmo actual basado en IA.

Y si los humanos amplifican las mentiras más rápido que las verdades, quienes tienen un megáfono lo hacen todavía más. Javier Milei promueve consignas acompañadas, a veces, por datos engañosos, desinformación o acusaciones sin evidencia. Una de ellas es NOLSALP: “No Odiamos Lo Suficiente A Los Periodistas”.

Cuando Antonio Laje le preguntó por esa violencia en redes, Milei respondió que “con un tuit nadie te lastima”. Pero la evidencia dice otra cosa. Como resumió en sus redes el emprendedor y psicólogo Esteban Cervi, el cerebro puede procesar el odio online como una amenaza real: la amígdala no distingue entre un león y un insulto, los insultos activan la misma región cerebral que un golpe y un solo mensaje de odio puede pesar tanto como diez elogios. Si el ataque apunta además a tu país, se activa el modo tribu, como si lastimaran a tu familia.

El algoritmo no obliga a Milei a publicar NOLSALP ni a un usuario a inventar una cita de Messi. Lo que sí hace es decidir qué amplificar, a quién mostrárselo, cuántas veces repetirlo y con quién repartir las ganancias publicitarias. Convierte cada agresión en materia prima para nuevas agresiones y nos presenta el resultado como una expresión espontánea de la plaza pública.

Sí hubo publicaciones racistas desde Argentina, algunas impulsadas por tuiteros oficialistas. Negarlo sería tan engañoso como definir a toda la sociedad a partir de ellas. El algoritmo premió esas publicaciones y, después, la sobrerreacción internacional.

Detrás de la campaña anti-Argentina pudo haber potencias extranjeras, casas de apuestas, gente tratando de ganarle al algoritmo para cobrar o un poco de todo. Con la evidencia disponible no se puede afirmar cuál de esas posibilidades explica el fenómeno completo, pero hay un responsable seguro: el algoritmo optimizado para facturar.

A la Argentina le pasó algo simple: sus quilombos reales se convirtieron, en cuestión de días, en un juicio global desproporcionado, alimentado por pruebas falsas, plataformas que premian la indignación y actores que ganan plata o poder con el enojo ajeno.

Y para defender a la Argentina, el presidente no tuvo mejor idea que viralizar una cita atribuida a Churchill que Winston jamás dijo.

Como escribió Kasparov antes de creer en videos de faltas de Messi que no ocurrieron: “El objetivo de la propaganda moderna no es solo desinformar o impulsar una agenda. Es agotar tu pensamiento crítico, aniquilar la verdad.”

Al final, no odiamos lo suficiente a los algoritmos que negocian con nuestras emociones.

*Lic. en Sistemas (UBA), programador y docente.



jueves, 23 de julio de 2026

Cómo se inventó el país más racista del mundo

Cómo se inventó el país más racista del mundo
La campaña antiargentina fue un discurso de odio revestido de progresismo.
por Martín Mosquera


Foto de Lucia Prieto / @lucia.prieto


Entrevista por Gabriel Vera Lopes

Durante el Mundial de fútbol recién finalizado, el enfrentamiento entre selecciones derivó rápidamente en una campaña internacional contra Argentina. Figuras muy diversas, de Rosalía y Patti Smith a Samuel L. Jackson, Yanis Varoufakis y el escritor y activista Etan Thomas, participaron de una denuncia masiva del supuesto racismo excepcional del país, amplificada por las redes sociales y por buena parte de la prensa occidental, conservadora y progresista. El apoyo a sus adversarios llegó así a presentarse como una causa antirracista, mientras la sociedad argentina era reducida a una caricatura blanca, xenófoba y supremacista.

En esta entrevista, Martín Mosquera analiza el origen emocional y político de la campaña, discute la situación real del racismo en Argentina y cuestiona el papel desempeñado por una parte de la intelectualidad progresista global. La conversación fue realizada originalmente para Brasil de Fato y se publica aquí en una versión ligeramente adaptada.


Gabriel Vera Lopes: ¿Qué pensás de la ola antiargentina global?

Martín Mosquera: La verdad es que fue un fenómeno bastante impresionante. Durante algunos días, Argentina llegó a aparecer en las redes como el país más odiado del mundo, incluso por encima de Estados Unidos. Hasta cierto punto, nada de esto debería sorprendernos demasiado. El fútbol moviliza rivalidades nacionales intensas y las redes sociales las procesan dentro de un ecosistema dominado por la agresividad y las noticias falsas. Pero la situación pronto pasó a otro nivel.

Lo que comenzó como una reacción bastante típica de la competencia deportiva fue creciendo hasta alcanzar a buena parte de la prensa internacional. Desde la derecha se recuperó la vieja representación del argentino como una figura bárbara y deshonesta. The Telegraph, un diario conservador inglés, por ejemplo, tituló «Fútbol 1, delincuentes 0». El partido dejó de ser una competencia deportiva y pasó a presentarse como una confrontación moral entre el supuesto juego civilizado de España y la violencia constitutiva de los argentinos.

Más sorprendente todavía fue el papel de los medios progresistas o liberales occidentales. Publicaciones como The New Yorker, The Guardian, Los Angeles Times o El País se sumaron, con distintos grados y matices, a una narración que presentaba el torneo como una lucha entre una Argentina blanca y racista y el multiculturalismo encarnado por las selecciones europeas. La operación era diferente de la conservadora, pero complementaria. Mientras unos denunciaban la barbarie argentina, otros la convertían en una expresión de supremacismo racial.

La escena era, como mínimo, paradójica. Pensemos un segundo. Cuando la campaña alcanzó su pico, el cuadro de semifinales reunía a tres selecciones pertenecientes a países centrales, con extensas historias coloniales y problemas contemporáneos muy documentados de racismo, frente a la selección de un país periférico. Sin embargo, una parte del progresismo internacional consiguió presentar el apoyo a España, Inglaterra o Francia como una posición anticolonial y antirracista frente a Argentina.

Creo que fue un caso bastante característico de nuestra época. En pocos días se produjo colectivamente una imagen completamente delirante de Argentina. Tal vez pueda resumirse en la intervención de Samuel L. Jackson, que llegó a presentar a Argentina como el país probablemente más racista del mundo y sugirió que las personas negras no debían alentar a su selección. Jackson es un actor genuinamente comprometido con los derechos civiles y vive, además, en un país cuya historia de esclavitud y segregación sigue proyectándose sobre el presente, donde se mantiene una enorme tradición de supremacismo blanco y son habituales los crímenes de odio. Creo que sus palabras dan la medida de la distorsión alcanzada por la campaña.

Estamos hablando de un poderosísimo aparato cultural global que se montó sobre una campaña de hostigamiento surgida en las redes sociales y amplificada por ellas. Para una sociedad periférica con escasa capacidad de intervención en la conversación pública mundial, contrarrestar un discurso de esa magnitud resultó prácticamente imposible. Hubo voces críticas, pero fueron minoritarias y no consiguieron alcanzar una circulación comparable. Entre ellas estaban, precisamente, muchas de las personas en cuyo nombre supuestamente hablaba la campaña, desde organizaciones afroargentinas hasta colectivos de migrantes latinoamericanos que describían experiencias y formas de recepción muy distintas de la caricatura que circulaba en el exterior.

Creo que el inicio de todo esto fue mucho más prosaico de lo que después pretendieron las racionalizaciones políticas. La materia prima de nuestras conductas, de las de todos nosotros, son las emociones. Las razones suelen llegar después, como coartada o disfraz de nuestras pasiones. Y en el fondo de todo esto hubo una emoción muy intensa, reactivada en el contexto del Mundial de fútbol.

El punto de partida fue la irritación que produjo en mucha gente el nuevo avance de la selección argentina, después de haber «sufrido» la arrogancia de sus hinchas tras el Mundial de Qatar de 2022. Había, sencillamente, un rechazo emocional ante la posibilidad de otra victoria argentina. En España se sumó, probablemente, la prolongada hostilidad hacia Messi de una parte importante del «madridismo», que durante años organizó una cultura deportiva y mediática alrededor de su rivalidad con el jugador argentino.

En América Latina ya existía un sentimiento antiargentino previo, asociado a la fama de arrogancia nacional. A eso se sumó la frustración de países enormes, con mucho más presupuesto y población. México arrastra una larga historia de decepciones futbolísticas, mientras Brasil atraviesa la mayor sequía mundialista de su historia justo cuando su principal rival regional encadena una etapa de éxitos. Brasil fue, de hecho, uno de los focos más activos de la campaña.

El fútbol es un extraordinario movilizador de emociones y, durante un Mundial, se combina con esa fuerza enigmática y poderosa de la modernidad que es el sentimiento nacional. El origen del fenómeno fue, en buena medida, una mezcla de rivalidad deportiva y orgullo herido ante la posibilidad de otra victoria argentina. Todo ello amplificado por una tecnología construida para premiar la agresividad y la indignación. Las redes sociales, y particularmente X bajo la conducción de Elon Musk, funcionan como una maquinaria de exaltación de este tipo de discursos.

Sobre esa base emocional se construyeron tres racionalizaciones políticas. La primera fue la idea de un supuesto favoritismo de la FIFA hacia Argentina, una acusación conspirativa con muy poco sustento. Cualquier decisión arbitral favorable era presentada como prueba de un complot, mientras se ignoraban los errores que perjudicaban al equipo o los beneficios recibidos por otras selecciones.

No sorprende a nadie la opacidad de la FIFA, acentuada por la influencia de Donald Trump en un Mundial organizado en Estados Unidos. Esa cercanía quedó expuesta cuando el presidente intervino para que se levantara la sanción a Folarin Balogun, jugador de la selección estadounidense. También resultó indignante la exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, junto con decisiones arbitrales muy polémicas, como las del partido entre Croacia y Portugal, tras el cual la federación croata presentó una protesta formal. Ninguno de estos episodios benefició a Argentina. El torneo confirmó hasta qué punto la FIFA está atravesada por la mercantilización y la corrupción.

El segundo eje fue el vínculo del gobierno de extrema derecha de Javier Milei con figuras como Trump y Netanyahu. Ese alineamiento del gobierno argentino es real y forma parte de una orientación política concreta cuyas consecuencias padece la población del país. Sin embargo, su utilización dentro de la campaña fue selectiva y distorsiva. Se señaló, por ejemplo, la participación de Messi en una reunión institucional del Inter de Miami con Trump, un hecho repudiable. En cambio, no generaron un repudio comparable encuentros mucho más personales, como el de Harry Kane jugando al golf con Trump o la visita individual de Cristiano Ronaldo.

Mientras se condenaba a la selección argentina por esa supuesta cercanía política, también se ignoraron gestos que iban en sentido contrario. Junto con la hermosa imagen de Lamine Yamal celebrando con la bandera palestina, Argentina protagonizó uno de los pocos actos de desobediencia política del torneo. Tras la semifinal contra Inglaterra, varios jugadores desplegaron una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas», desafiando una prohibición explícita de la FIFA, respaldada incluso por el gobierno de Milei. El gesto conectaba con un sentimiento popular profundo y exponía a los jugadores a posibles sanciones. También generó incomodidad en el oficialismo, que reaccionó con hostilidad. Fue una intervención breve pero poderosa.

El tercer eje fue el racismo. En este punto, el rechazo encontró una racionalización más noble y mucho más eficaz. La campaña dejó de presentarse como una rivalidad futbolística y comenzó a describirse como una lucha moral contra un país supuestamente blanco, colonial, racista, violento y tramposo.

Eso no significa que Argentina carezca de racismo. Hay racismo, como existen otras formas de discriminación y desigualdad. Distintos grupos racializados, entre ellos pueblos originarios, afrodescendientes y migrantes regionales, sufren prejuicios y formas de exclusión. Y el fútbol constituye uno de los espacios donde esas expresiones aparecen de manera más desagradable e hipertrofiada. Pero la situación real guarda muy poca relación con la imagen construida por esta campaña.

Fue realmente sorprendente leer cosas cada vez más delirantes escritas por personas que conozco, muchas de ellas personas cercanas, además de inteligentes y formadas. Reproducían noticias falsas de fácil refutación y generalizaciones que jamás aceptarían si estuvieran dirigidas contra otros pueblos. También fue inquietante observar la creciente agresividad del lenguaje. Un militante marxista que está entre mis contactos en X llegó a pedir que Irán bombardeara Buenos Aires. Evidentemente no hablaba en serio, pero el comentario mostraba hasta qué punto se había naturalizado la hostilidad colectiva.

La experiencia fue reveladora. Nos permitió observar desde adentro cómo funcionan las redes de odio de las que se alimenta la extrema derecha. Todo empieza con una emoción intensa. Después, algunos hechos verdaderos se sacan de contexto y se mezclan con falsedades dentro de una comunidad que solo escucha lo que confirma sus certezas. En muy poco tiempo puede construirse una realidad completamente imaginaria y conseguir que personas inteligentes la reproduzcan con convicción.

Creo que no es exagerado hablar en este caso de un discurso de odio. Reunió varios de sus rasgos característicos: partió de una emoción exaltada, se propagó por las redes sociales, se alimentó de noticias falsas y medias verdades y atribuyó características morales a una población completa. Como suele ocurrir, esa estigmatización también tuvo consecuencias fuera de las redes, con episodios de agresión contra argentinos en España, México y Brasil. Por el momento fueron casos acotados, pero muestran que estas narrativas nunca son inocuas.

Lo más llamativo fue que una parte de la izquierda y de la intelectualidad progresista global, principalmente europea y estadounidense, funcionó como una pieza decisiva de la campaña. Le proporcionó un lenguaje respetable y una racionalización política.

Diría, por eso, que fue un discurso de odio disfrazado de progresismo. Una rivalidad futbolística perfectamente comprensible fue transformada en una condena moral de una población completa, y una parte del progresismo internacional le otorgó legitimidad política.

GVL: ¿Cuál es la situación del racismo en Argentina?

MM: Argentina tiene racismo, pero no es la sociedad excepcionalmente racista que se construyó durante esta campaña. Ambas afirmaciones deben sostenerse simultáneamente.

Existe discriminación contra pueblos indígenas, afrodescendientes y migrantes de la región. Hay violencia policial selectiva y una cultura futbolística en la que sobreviven expresiones racistas y xenófobas muy fuertes. Durante mucho tiempo, además, el relato oficial presentó a Argentina como una nación puramente blanca y europea, minimizando la diversidad étnica y racial de su población.

Pero cuando se dejan de lado las impresiones y los episodios virales y se observan las instituciones, la historia social y los estudios comparativos, la caricatura internacional empieza a desmoronarse.

Para empezar, Argentina construyó uno de los sistemas de derechos civiles más avanzados de América Latina. Fue el primer país de la región en reconocer el matrimonio igualitario y la adopción plena por parejas del mismo sexo. Su Ley de Identidad de Género permitió modificar el nombre y el sexo registrado sin autorización judicial ni requisitos médicos o psiquiátricos, y fue considerada una legislación pionera a escala mundial. También reconoció la migración como un derecho humano y estableció un régimen relativamente abierto, con acceso de los extranjeros a los servicios públicos.

Argentina tampoco desarrolló nada comparable con el muro entre Estados Unidos y México ni con el régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla, donde las políticas de contención migratoria han producido muertes y graves violaciones de derechos humanos bajo gobiernos conservadores y socialdemócratas. Esto no lo menciono para relativizar los racismos argentinos mediante la enumeración de los crímenes ajenos, sino porque durante esta campaña España fue presentada como la encarnación de una sociedad multicultural e integrada frente a una Argentina cerrada y supremacista. ¿Acaso no exige esta contraposición borrar de un plumazo buena parte de la realidad europea?

El gobierno de Milei está atacando una parte considerable de ese entramado institucional y promoviendo una política más restrictiva y punitiva. Hasta ahora, sin embargo, su capacidad para desmontarlo ha sido limitada. Su ofensiva constituye un retroceso precisamente porque existe una tradición previa de derechos civiles particularmente avanzada.

La historia argentina también presenta diferencias estructurales importantes. La Asamblea del Año XIII fue una asamblea política reunida en Buenos Aires durante el proceso de independencia del Río de la Plata. Aunque no abolió completamente la esclavitud, dispuso que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres y adoptó medidas para limitar la trata. La abolición definitiva quedó establecida en la Constitución de 1853. Estados Unidos, por su lado, abolió la esclavitud en 1865, pero mantuvo durante casi otro siglo un régimen legal de segregación racial bajo las leyes Jim Crow.

La economía rioplatense nunca tuvo una estructura basada centralmente en la esclavitud comparable con Brasil o el sur de Estados Unidos. Esto no ocurrió porque las élites argentinas fueran antirracistas; eran abiertamente racistas. La diferencia se explica por otra estructura económica y social. Pero esa diferencia dejó consecuencias históricas.

A ella se sumó una tradición igualitaria poderosa. Historiadores de orientaciones muy diversas han vinculado esa tradición con la politización de la inmigración obrera, la fuerza del movimiento sindical y la incorporación de las clases populares mestizas a la vida política, especialmente durante el peronismo. También señalan el papel integrador de la educación pública y de una sociedad civil muy activa y densamente organizada.

Ese igualitarismo convivió con el racismo, pero contribuyó a atenuar algunos de sus efectos. También ayuda a explicar la ubicación relativa de Argentina frente a sociedades atravesadas por desigualdades raciales mucho más profundas. Argentina tiene enormes desigualdades materiales y simbólicas, pero existe a la vez una norma cultural fuerte contra la afirmación abierta de una superioridad fundada en el nacimiento, un fenómeno ampliamente documentado y estudiado por politólogos e historiadores. Esa tensión forma parte de la historia nacional.

Los estudios comparativos disponibles tampoco respaldan la imagen de una excepcionalidad racista. En el World Values Survey, que pregunta, entre otras cosas, si las personas rechazarían tener vecinos de otra raza, Argentina suele ubicarse entre los países con menor prejuicio racial declarado. Sus resultados son generalmente mejores que los de buena parte de la región y comparables con los de sociedades europeas de baja intolerancia. Según la pregunta considerada, Argentina suele ubicarse cerca de España o Reino Unido y, con frecuencia, por encima de Francia.

El Project on Ethnicity and Race in Latin America ofrece otra base comparativa. El estudio examina la relación entre color de piel y posición socioeconómica en varios países de la región. Sus resultados muestran que las jerarquías raciales atraviesan a toda América Latina, aunque con intensidades desiguales, y las brechas asociadas al color de piel son especialmente pronunciadas en países como Brasil, Colombia, México y Perú. Esto no elimina la existencia de racismo en Argentina, pero sí contradice la imagen de una excepcionalidad argentina construida por contraste con países vecinos que, en realidad, presentan desigualdades étnico-raciales muy profundas.

En buena parte de América Latina existen desigualdades étnico-raciales más profundas y visibles que las argentinas. Brasil exhibe brechas raciales muy pronunciadas tanto en las condiciones de vida como en la exposición al encarcelamiento y la violencia policial. México presenta profundas desigualdades que afectan especialmente a la población indígena y, de manera menos estudiada pero también documentada, a las comunidades afromexicanas. En otros países de la región, la pertenencia indígena o afrodescendiente también está estrechamente asociada a la pobreza y la marginación social.

Francia y Reino Unido, por su parte, cuentan con abundante evidencia sobre discriminación en el mercado de trabajo y en el trato policial. España enfrenta un racismo significativo contra migrantes africanos y una política fronteriza asociada a graves violaciones de derechos humanos.

Por eso, frente a la afirmación de que Argentina es más racista que las principales sociedades latinoamericanas o que Francia, España o Inglaterra, la pregunta inmediata debería ser: ¿según qué indicador? Los estudios comparativos de actitudes no sostienen esa conclusión. Las instituciones de derechos civiles tampoco. Las desigualdades étnico-raciales son considerablemente más profundas en otros países de la región, mientras varias sociedades europeas presentan problemas ampliamente documentados de discriminación institucional.

Esto no permite elaborar un ranking definitivo de sociedades racistas. Pero sí permite descartar la caricatura que circuló durante la campaña. No existe evidencia seria para afirmar que Argentina sea una anomalía racista frente a esos países. En varios indicadores, la evidencia disponible apunta en la dirección contraria.

¿Cómo se formó, entonces, la imagen exterior de una Argentina especialmente racista? Creo que hubo dos factores decisivos.

El primero es, precisamente, el fútbol. Los estadios son uno de los espacios donde el racismo argentino aparece de manera más hipertrofiada. La cultura futbolística local tiene naturalizados los cantos racistas. Además, los argentinos que viajan regularmente a los mundiales no son una muestra sociológica del país. Pertenecen en gran medida a sectores medios altos y altos, entre los cuales el clasismo y el racismo pueden expresarse de manera particularmente cruda.

El segundo factor es la dificultad para reconocer la diversidad argentina cuando no adopta las formas fenotípicas y categoriales de Estados Unidos. La sociedad argentina es profundamente mestiza, aunque ese mestizaje haya sido recubierto durante décadas por una ideología de blanquitud. Desde el exterior, esa ideología suele aceptarse literalmente. Argentina dijo alguna vez que era blanca y sus críticos decidieron creerle.

Las categorías argentinas de raza y clase tampoco coinciden con las estadounidenses. La palabra «negro», por ejemplo, puede funcionar como categoría racial, insulto clasista, pero también, y muchas veces, como una forma afectiva de trato. Esa polisemia obliga a atender al contexto. Un ejemplo de esto fue la sanción impuesta por la Federación Inglesa a Edinson Cavani por escribirle «gracias, negrito» a un amigo. Un uso afectuoso del español rioplatense fue interpretado como un agravio racial. Terminó sancionado un uso afectivo del término porque una institución inglesa trasladó a otro contexto lingüístico su propio código sobre el lenguaje racial.

El desafío consiste en evitar dos simplificaciones. La primera es la vieja negación local del racismo, según la idea de que, como aquí no existe una división racial idéntica a la estadounidense, no hay discriminación. La segunda es la caricatura inversa, que convierte a Argentina en una anomalía supremacista y desconoce su composición popular y mestiza, así como la tradición igualitaria expresada en buena parte de sus instituciones.

La comparación internacional permite rechazar una afirmación empíricamente falsa sin minimizar los problemas reales del racismo argentino. Esa falsedad, además, produce efectos políticos negativos sobre los que vale la pena detenerse. Argentina no aparece, ni en sus instituciones ni en los principales estudios internacionales de actitudes, como una sociedad más racista que los países latinoamericanos o las grandes potencias europeas que protagonizaron esta campaña. En varios indicadores ocurre exactamente lo contrario.

GVL: ¿Qué pensás del papel de la intelectualidad progresista global?

MM: Fue uno de los aspectos más decepcionantes. Una parte considerable de la intelectualidad progresista europea y estadounidense reprodujo exactamente la actitud eurocéntrica que los departamentos anglosajones de estudios decoloniales dicen denunciar: habló desde un pedestal moral sin molestarse demasiado en conocer la historia concreta ni la realidad social del país al que estaba condenando. De ese modo, convirtió a una sociedad periférica en objeto de juicio e invisibilizó el racismo característico de sus propias sociedades.

El excelente artículo que publicó Jacobin en Estados Unidos, hay que decirlo, uno de los pocos medios importantes de izquierda que se opuso abiertamente a esta ola, y que tradujimos con el título «Contra el moralismo geopolítico futbolero», señaló algo fundamental: muchas de estas intervenciones no intentaban comprender una realidad desconocida, sino forzarla dentro de categorías preestablecidas del Norte Global.

Como los autores lo formularon de una manera mejor de lo que yo podría hacerlo, voy a citarlos ampliamente:

Las desigualdades raciales en nuestro país no encajan, ni podrían encajar jamás, en el patrón estadounidense. Verlas como versiones menores de las de Estados Unidos encaja exactamente en la definición de lo «imperial», en la práctica de «gobernar sobre» una multiplicidad de culturas por lo demás dispares. Este «gobernar sobre» desestima las particularidades, ignora formas de ver ajenas y, en general, espera que toda esa diversidad se subordine a esta mirada dominante y monolítica. Esto no es un rasgo exclusivo de los ideólogos de derecha; lamentablemente, se extiende también a algunos de quienes en otros contextos denunciarían al imperio.

La historia racial argentina no puede comprenderse como una versión incompleta o defectuosa de la experiencia estadounidense. Convertir una historia nacional particular en modelo universal y obligar a las demás sociedades a reconocerse en ella es un gesto que podría considerarse, en definitiva, imperial.

Estados Unidos organizó históricamente su sistema racial alrededor de la esclavitud de plantación y, más tarde, de la segregación jurídica, dentro de una clasificación relativamente binaria entre blancos y negros. Brasil tuvo otra trayectoria, atravesada por una economía esclavista de enorme escala y por jerarquías más graduales de color. Argentina tuvo una formación diferente, marcada por la menor centralidad económica de la esclavitud y por un mestizaje cuya visibilidad fue posteriormente desplazada por el peso demográfico y simbólico de la inmigración europea masiva. A eso se sumaron la invisibilización de afrodescendientes y pueblos originarios y una tradición de integración social que convivió con formas concretas de discriminación.

Aplicar, aunque sea de manera implícita, una clasificación racial binaria importada de Estados Unidos conduce a inspeccionar los rostros y los tonos de piel de los jugadores argentinos para decidir si son suficientemente negros. Como no encajan en una imagen estereotipada de la negritud, la selección es declarada blanca. Pero la selección argentina es mestiza y socialmente popular, formada en su enorme mayoría por jugadores provenientes de hogares trabajadores de las provincias y periferias urbanas. La sociedad, en su mayoría, se identifica con ellos por sus trayectorias y porque reconoce en sus maneras una pertenencia común, no porque representen una fantasía de pureza blanca.

La selección argentina también es multicultural, aunque su diversidad no coincida con la imagen que una oficina universitaria estadounidense espera encontrar. Refleja las migraciones internas, así como una diversidad de ascendencias integrada por instituciones populares como los clubes de barrio.

También hubo una asimetría evidente en los criterios. Argentina quedó sometida a un examen moral absoluto, mientras España, Francia e Inglaterra eran liberadas de toda evaluación histórica y contemporánea. Desaparecieron sus historias coloniales y las formas contemporáneas de violencia contra migrantes y poblaciones racializadas.

¿España es una sociedad multicultural y Argentina una sociedad racista? España es una sociedad con una importante población de origen migrante, y Lamine Yamal, además de ser un jugador excepcional, ha sostenido posiciones políticas valientes, reivindicando sus orígenes humildes y expresando su apoyo a Palestina. Muchos argentinos vimos en él algo de Diego Maradona, probablemente el futbolista que más abiertamente se enfrentó a la FIFA y que asumió compromisos políticos y populares reconocibles.

Pero también vimos al capitán de España celebrar junto a su afición «por el rey y por España», cuando esa idea de España ha estado históricamente asociada a la subordinación de las identidades nacionales catalana, vasca y gallega. España enfrenta, además, una violencia sistemática contra migrantes africanos y una derecha xenófoba que todavía se alimenta de las persistencias culturales del franquismo. Francia presenta una discriminación ampliamente documentada contra personas de origen africano y magrebí. En el Reino Unido existen brechas raciales en las condiciones de vida y una fuerte desigualdad en el encarcelamiento y el trato policial.

No se trata de defender al propio país reemplazando un estigma por otro. Se trata, sencillamente, de mostrar la arbitrariedad de una intelectualidad occidental que convirtió a esas sociedades en emblemas del multiculturalismo y el antirracismo mientras sometía a Argentina a un juicio moral absoluto.

Nada de esto convierte a esas sociedades en esencias racistas. Ese es precisamente el criterio que debería aplicarse también a Argentina. Las sociedades son formaciones contradictorias, atravesadas por relaciones de poder y conflictos internos. No pueden reducirse a una esencia moral deducida de una selección de fútbol.

El comentario de Yanis Varoufakis fue un ejemplo particularmente elocuente de esa simplificación, aunque la lista es lamentablemente interminable. Varoufakis celebró el triunfo español afirmando que el fútbol había vencido a su mercantilización y que la brillantez colectiva de España se había impuesto al individualismo argentino.

Pero ¿por qué Argentina representaría la mercantilización y España su superación? La Federación Española forma parte de una de las industrias futbolísticas más ricas y poderosas del mundo, dominada por clubes como Real Madrid y Barcelona. Argentina, en cambio, ocupa una posición periférica y forma jugadores que luego son absorbidos por las ligas europeas. Convertir al polo subordinado en símbolo del mercado y a uno de sus centros principales en emblema de la resistencia muestra hasta qué punto una preferencia deportiva fue revestida arbitrariamente de contenido político. También revela una considerable ignorancia, tanto sobre la estructura del fútbol mundial como sobre las relaciones entre centro y periferia, un terreno en el que cabe exigir bastante más de una figura del prestigio intelectual y político de Varoufakis.

También resulta arbitrario identificar a Argentina con el individualismo por la presencia de Messi. Es cierto que la selección se benefició de una figura providencial, comparable únicamente, en otros contextos históricos, con Pelé o Maradona. Pero el equipo argentino de los últimos años fue profundamente colectivo, construido alrededor de la solidaridad entre sus jugadores y de la subordinación de sus figuras a un proyecto común. Lo importante, de todos modos, no es la discusión futbolística, sino la desfiguración de la realidad a la que se prestaron figuras prestigiosas de la intelectualidad europea. El comentario de Varoufakis dice mucho menos sobre el juego argentino que sobre la necesidad de convertir un episodio deportivo en una victoria moral y política, de manera irresponsable y contribuyendo a una suerte de hostigamiento global contra un país.

No se trata necesariamente de mala fe. Fueron, más bien, actos irresponsables que dicen mucho sobre nuestro tiempo. Una persona con autoridad intelectual debe ser especialmente cuidadosa cuando habla de una sociedad que no conoce. No puede convertir intuiciones formadas a partir de publicaciones virales en afirmaciones generales sobre la historia y el carácter de un pueblo. El prestigio aumenta esa responsabilidad, porque sus palabras proporcionan legitimidad a comportamientos que luego circulan de manera mucho más agresiva.

También hubo una forma de ventriloquia política. Se habló en nombre de distintos colectivos racializados de Argentina, pero rara vez se los escuchó. Muchas de esas voces rechazaron la caricatura internacional sin negar los problemas reales de discriminación en Argentina. Sin embargo, tuvieron mucha menos circulación que las opiniones de celebridades extranjeras. El supuesto antirracismo volvió a colocar a los centros culturales internacionales en el lugar de quienes explican una sociedad periférica por encima de quienes viven en ella.

Una intelectualidad verdaderamente internacionalista debería juzgar menos rápido y conocer mejor las historias nacionales sobre las que interviene. También debería resistir la opinología irresponsable y el vedetismo narcisista que estimulan las redes sociales. El antirracismo pierde fuerza cuando se convierte en una distribución arbitraria de certificados morales y se vuelve directamente imperial cuando transforma las categorías del Norte Global en la medida universal con la que deben ser juzgadas las sociedades periféricas.

GVL: ¿Por qué esta campaña constituye un problema político y no solamente una representación injusta de Argentina?

MM: Porque el problema excede ampliamente la reputación internacional del país. Mi preocupación no es defender el honor nacional ni demostrar ninguna presunta superioridad moral de los argentinos. Lo grave es que una parte de la izquierda y del progresismo internacional haya adoptado los procedimientos de una campaña de odio y los haya presentado como una forma de antirracismo.

Ese mecanismo perjudica, en primer lugar, a quienes combaten el racismo dentro de Argentina. Los colectivos racializados quedaron enfrentados a una caricatura exterior que tenía poco que ver con sus experiencias concretas. La derecha puede aprovechar ahora esa exageración para negar el problema real. Si es absurdo afirmar que Argentina es el país más racista del mundo, entonces, dirá, toda denuncia de racismo es falsa. El moralismo extremo termina ofreciéndole una coartada.

La campaña también divide a pueblos que deberían reconocerse como aliados. Las sociedades latinoamericanas están atravesadas por problemas específicos de racismo, pero también por historias de luchas obreras, indígenas, democráticas y anticoloniales. Convertir rivalidades futbolísticas en una competencia moral entre pueblos resulta políticamente desastroso, sobre todo en un momento de avance de la extrema derecha y renovada presión estadounidense sobre la región.

El problema de fondo es qué tipo de izquierda se está formando cuando puede participar con tanta facilidad en campañas de estigmatización nacional. El internacionalismo se vacía cuando la solidaridad entre pueblos es reemplazada por una competencia por demostrar quién ocupa el lugar moralmente correcto. El racismo debe ser combatido y denunciado allí donde aparezca. Pero una izquierda incapaz de distinguir entre combatir el racismo y estigmatizar a un pueblo termina empujando hacia la reacción a personas que no son racistas ni derechistas. La extrema derecha ha sabido explotar muy bien esa experiencia de humillación moral.

El internacionalismo siempre consistió en construir solidaridad entre pueblos diferentes a partir del conocimiento de sus historias y de las estructuras que los enfrentan. Una campaña que convierte a un pueblo periférico en objeto colectivo de odio destruye ese vínculo.

Por eso debe ser denunciada con claridad. Argentina no está libre de racismo, pero ningún racismo se combate estigmatizando una nacionalidad. Las críticas extranjeras son legítimas, pero deben fundarse en hechos y en un conocimiento histórico capaz de aplicar criterios simétricos. La solidaridad entre los pueblos oprimidos es demasiado importante como para dejarla subordinada al moralismo y a la lógica de las redes sociales.

Sobre el entrevistador

- Gabriel Vera Lopes es corresponsal de Brasil de Fato y participa de distintos espacios de formación vinculados a movimientos sociales de América Latina.



Monopolio mediático y desprecio: la radiografía de Marcela Pagano sobre los diarios ingleses

Monopolio mediático y desprecio: la radiografía de Marcela Pagano sobre los diarios ingleses
Con un fuerte descargo, la periodista identificó a los dueños de los medios que instigan la indignación contra el país y diferenció la crítica seria del periodismo sensacionalista.



Dice la diputada:

Esta semana un diario británico nos llamó “criminales”. Hoy le escribí una carta a la sociedad argentina para contarles algo que casi nadie sabe: la campaña anti-argentina de la prensa británica tiene fecha exacta de nacimiento. Día, mes y año.



No nació en este Mundial. Ni con Messi. Ni con la bandera de Malvinas. Nació hace 44 años, un día concreto, con una tapa concreta. Y quedó probada por los propios británicos. Te lo cuento con fechas: la bronca dura un día, la memoria documentada dura para siempre.

Primero, el material. 23/7/1966: tras eliminarnos en Wembley, el DT inglés Alf Ramsey nos llamó “animals”. La prensa de Londres convirtió el insulto en doctrina: salvajes, tramposos, “maestros de las artes oscuras”. Todavía no era una campaña. Era el material.



La campaña nació el 4 de mayo de 1982. Ese día The Sun —diario de Rupert Murdoch— festejó en tapa el hundimiento del Belgrano: “GOTCHA” (“te agarré”). En el agua helada quedaban 323 argentinos. Después preguntaron si los ahogados llegaban a 1.200. 




¿Por qué digo que ESE día nació la campaña? Porque en 1982, y solo en 1982, la propaganda fue coordinada entre el Estado británico y su prensa. No lo digo yo: lo probaron sus propias universidades. 


Terminada la guerra, la operación no se desmontó: se privatizó. Pegarle a la Argentina vendía y lo hicieron género: “Argie-bashing”. 2013: The Sun pagó una solicitada en Buenos Aires: “HANDS OFF!”. 2014: la BBC paseó por la Patagonia la patente H982 FKL. Falklands 82.



Julio 2026: la reactivación. “Los 31 trucos sucios de Argentina” (Telegraph). Nuestra “enfermedad sigue contagiosa” (Times). Por una bandera que dice lo que dice nuestra Constitución: “Argie arrogance” (Sun) y “repugnante” (Daily Mail). Y tras la final: “criminales”.



Mira el recorrido del diccionario:
1966: “animals”
1982: “Argies”
2026: “criminals”
Sesenta años. Tres palabras. Una sola fábrica. 



Y las fábricas tienen dueños. Tres grupos concentran el 90% de los diarios del Reino Unido. Murdoch: The Sun y The Times. La familia Rothermere: el Daily Mail. La indignación británica contra la Argentina no nace en los lectores: se imprime en muy pocas rotativas. 



Y para ser exacta, que es lo que a ellos les falta: no es TODA la prensa británica. The Guardian y The Independent fueron más duros con Inglaterra que con nosotros. La crítica seria no generaliza: identifica. Yo identifico un bloque, con nombres y balances. 

Todo esto, con cada fecha, cada medio y cada archivo, está en la carta que hoy le escribí a la sociedad argentina. No para que odiemos: para que leamos con los ojos abiertos. Un pueblo con memoria documentada no se deja definir por la tapa de un tabloide. 



La Argentina no les pide respeto. Los tiene identificados. Y si esta semana te indignaste con un titular, compartí este hilo: la mejor respuesta a una fábrica de desprecio es un pueblo que conoce a sus dueños.



miércoles, 22 de julio de 2026

No es fútbol: la operación contra Messi y Argentina es el manual de la guerra cognitiva aplicado al país con el soft power más subestimado del mundo

No es fútbol: la operación contra Messi y Argentina es el manual de la guerra cognitiva aplicado al país con el soft power más subestimado del mundo
Lo que empezó como un episodio deportivo escaló en horas a una narrativa internacional de desprestigio contra la Selección, su capitán y el país entero, amplificada por un ecosistema mediático concentrado y con métricas de manual. Para el medio de defensa más leído de Hispanoamérica, este caso no es una anécdota futbolera: es la demostración en tiempo real de cómo funciona la guerra cognitiva — y de cuán expuesta está la Argentina cuando decide rifar los activos que la protegen.
Por Mariano Gonzalez Lacroix



Hace unos años escribí, en un trabajo académico para la Universidad de Santiago de Compostela, que la comunicación se había convertido en el campo de batalla del siglo XXI: que la información se había letalizado, que las guerras modernas se libran tanto en las redes como en el terreno, y que los países periféricos —con instituciones más frágiles y menos capital político para resistir presiones— serían el escenario predilecto de esas operaciones. Puedo sostener que cuando lo escribí pensaba en Ucrania, en Siria, en las primaveras árabes, en las aproximaciones hibridas de las potencias. No pensaba que la demostración más didáctica del fenómeno, aplicada a la Argentina, iba a llegar por el lado de un partido de fútbol. Y sin embargo acá estamos: viendo cómo una jugada, un pasado festejo y una bandera se convirtieron en cuestión de horas en una narrativa internacional coordinada cuyo objetivo excede largamente lo deportivo. El blanco aparente es Lionel Messi. El blanco real parece otro.

Desde este medio, y como reconocimiento al mayor exponente de poder blando que tiene este país, nos proponemos una rápida columna. Pero vayamos a reconstruir el mecanismo de lo que pasó, porque el mecanismo es la noticia. Un episodio de impacto politico, pero menor en un estadio —del tipo que ocurre en cualquier mundial, protagonizado por cualquier selección— es tomado por un puñado de cuentas de altísimo alcance del ecosistema mediático británico. Un conductor televisivo con nueve millones de seguidores transforma la reacción deportiva en agresión nacional e invoca, sin pudor alguno, la guerra de Malvinas: desea que a los argentinos “los derroten tan duramente como nosotros los derrotamos” en 1982. Una cadena deportiva con más de dos millones de seguidores instala en simultáneo la narrativa del castigo: Argentina “arriesga sanciones”, Argentina es favorecida por los árbitros, Argentina es “vergonzosa”. Un tabloide del mismo conglomerado corporativo —porque varias de estas usinas responden al mismo paraguas empresarial— remata con los calificativos morales: shameless, disgraceful. Trece millones de seguidores potenciales entre tres cuentas, mensajes sincronizados en ventana de horas, escalada semántica de lo deportivo a lo nacional y de lo nacional a lo militar. Del otro lado del Atlántico, grandes cabeceras estadounidenses que venían sembrando desde hace meses una smear campaign cuidadosamente armada contra el país y su selección recogen el guante y le dan volumen global. Nada de esto prueba, por sí solo, quién originó la operación. Pero prueba algo más importante: que existió una operación, con actores identificables, frases fabricadas para viralizar y la masa crítica de audiencia necesaria para que los algoritmos hicieran el resto.



Esto tiene nombre técnico. En la literatura de defensa se llama guerra cognitiva: la disputa por las percepciones, las valoraciones y las emociones de las audiencias como terreno de enfrentamiento en sí mismo. Su materia prima es lo que el clásico Walter Lippmann describió hace un siglo con precisión quirúrgica: cuando la experiencia contradice el estereotipo, el operador mediático no corrige el estereotipo — desacredita al testigo, encuentra el defecto, se arregla para olvidar la contradicción. Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán y una hinchada que generó una conexión universal desde el mundial anterior, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el del país tramposo… el atorrante, el racista… un villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme. Y se lo repite —miente, miente, que algo quedará— hasta que la conversación global ya no sea sobre el fútbol argentino sino sobre la vergüenza argentina.

La elección del blanco tampoco es casual, y acá es donde el análisis de defensa tiene algo que decir que el análisis deportivo no alcanza a ver. Messi no es solamente un futbolista: es el principal activo de poder blando que tiene la República Argentina. Para este redactor es asi. Si quieren lo discutimos.

En términos de Joseph Nye —el teórico que definió el soft power como la capacidad de influir por atracción antes que por coerción—, la figura de Messi vale más que embajadas enteras: un ídolo global percibido universalmente como talentoso, humilde y decente, que transfiere la simbología y emotividad de una remera con franjas celestes y blancas. Degradar esa figura —convertir al héroe deportivo en símbolo de trampa y arrogancia— no es un daño deportivo: es un daño estratégico. Es exactamente lo que muchos analistas y academicos en materia de comunicacion describieron como la construcción de la “imagen enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar las características de un actor a través de un mensaje emocional dirigido, para erosionar su legitimidad ante audiencias globales. Se hizo con países enteros antes de cada intervención de las últimas tres décadas. Aplicado a una selección de fútbol, el manual es idéntico; solo cambia la escala.

El país que se construyó siendo lo contrario de lo que ahora le atribuyen


Chris Carlson / Ap Photo/Chris Carlson

Quiero detenerme un poco aca, porque la difamación duele el doble cuando ataca precisamente aquello que mejor define la simbología de un pais. La Argentina que estas usinas presentan como racista, intolerante y vergonzosa es el país que durante un siglo y medio recibió a todos los que quisieron habitar su suelo — gallegos e italianos, sirios y libaneses, judíos de Europa oriental y armenios que escapaban del genocidio, croatas, japoneses, coreanos, bolivianos, paraguayos, venezolanos. Sin guerras religiosas, sin conflictos étnicos, sin guetos impuestos. El famoso crisol de razas fue un hecho: es una rareza histórica mundial que la Argentina construyó y sostuvo mientras buena parte del planeta se mataba por identidades. Ese capital es un componente central del prestigio argentino en el mundo, y eso no debe taparse bajo ningun punto de vista por una campaña bien segmentada, operativizada y ayudada por los infames algoritmos. Que la operación de desprestigio apunte justamente ahí, a pintar de intolerante a un país que ha sido refugio, confirma que el objetivo no es corregir una conducta sino desarmar una identidad.

La pregunta incómoda… ¿por qué la Argentina resulta hoy un blanco tan barato? Y la respuesta tiene dos partes que este medio, precisamente por ser el más leído en materia de defensa en Hispanoamérica, tiene la obligación de plantear. La primera: porque somos comunicacionalmente indefensos. No existe en la estructura del Estado argentino una capacidad seria de monitoreo, atribución y respuesta ante operaciones de información hostiles. Las potencias estructuraron hace años comandos y agencias dedicadas a la guerra informacional; nuestros vecinos discuten doctrinas de ciberdefensa que incluyen la dimensión cognitiva; la Argentina ni siquiera tiene el debate.

La segunda parte es más profunda… porque un país que antagoniza vociferantemente en el concierto internacional, que rompe puentes de equilibrio y cautela construidos durante décadas, que convierte su política exterior en un péndulo de alineamientos absolutos según el humor de cada gestión, se vuelve un blanco legítimo ante las audiencias globales. La guerra cognitiva no crea vulnerabilidades: las explota. Cuando la Argentina se planta en el mundo desde la estridencia y la dicotomía —cualquiera sea el signo ideológico de turno—, le regala a cualquier operador la materia prima del estereotipo: el país gritón, imprevisible, fanático. Nuestra mejor tradición de política exterior fue exactamente la contraria: la del país que hablaba con todos, comerciaba con todos, recibía a todos y era tomado en serio precisamente por eso. El soft power argentino no nació con un mundial: se construyó desde la formación misma de las instituciones de este país, con la educación pública que atrajo a las élites de la región, con los premios Nobel, con la ciencia, con la cultura que se exporta sola y muchisimos etceteras más.

¿Qué hacermos entonces? Primero, llamar a las cosas por su nombre: esto fue una operación de guerra cognitiva de baja intensidad contra un activo estratégico argentino, y merece ser analizada con las categorías de la defensa, no solo las del periodismo deportivo. Segundo, construir la capacidad institucional que no tenemos: la protección de la imagen-país ante operaciones de información hostiles debe formar parte de la agenda de defensa y de política exterior argentina, con doctrina, con estructura y con presupuesto, como ya lo es en medio mundo. Tercero: recuperar la disciplina estratégica de no regalar nuestro estereotipo. Cortemos con que todo lo que hizo la Argentina hasta hace 2 o 3 años fue pésimo.

Mientras seguimos debatiendo, ojalá que la figura que mas poder blando construyó para la Argentina siga jugando. Por aca unas líneas en homenaje.



viernes, 17 de julio de 2026

The Guardian: ¿Las Malvinas son argentinas? No exactamente, pero las Malvinas no pueden seguir siendo británicas para siempre

¿Las Malvinas son argentinas? No exactamente, pero las Malvinas no pueden seguir siendo británicas para siempre
La enemistad entre Londres y Buenos Aires se ha prolongado demasiado; tarde o temprano, la sensatez prevalecerá.
por Simon Jenkins


Jugadores argentinos sostienen una pancarta que proclama "Las Malvinas son Argentinas" tras la semifinal de la Copa Mundial de la FIFA contra Inglaterra el 15 de julio de 2026. Fotografía: MB Media/Getty Images

Esta semana, Gran Bretaña y España acordaron derribar la frontera que separaba Gibraltar de la península ibérica. Fue una buena noticia. Décadas de negociación culminaron en un feliz compromiso. Lamentablemente, el acuerdo no se celebrará el domingo en la final del Mundial entre España e Inglaterra. Pero, ¿es demasiado pedir que surja una negociación similar tras la semifinal de anoche, una aplastante derrota de Inglaterra a manos de Argentina, después de la cual el tema de las Malvinas resurgió con fuerza en forma de pancarta en el campo ? ¿Acaso nada bueno puede seguir al generoso abrazo de Lionel Messi y Harry Kane?

Ninguno de los territorios de la época imperial británica tiene derecho eterno a permanecer como está, y mucho menos uno que le cuesta a los contribuyentes británicos más de 60 millones de libras esterlinas al año en gastos de defensa. En el caso de las Malvinas, su estatus de territorio de ultramar ha sido defendido con firmeza por sucesivos gobiernos, principalmente como el precio de la victoria en la guerra de las Malvinas de 1982. En realidad, sospecho que esto tiene mucho que ver con el hecho de que los isleños, a diferencia de los hongkoneses abandonados o los habitantes de Diego García, eran británicos blancos. La guerra también salvó al gobierno de Margaret Thatcher de la impopularidad y cubrió de gloria a la entonces primera ministra, a diferencia de posteriores aventuras militares.

Lo que se olvida es que, antes de la guerra, los gobiernos británicos estaban negociando la transferencia de la soberanía de las islas con Argentina. Esto se produjo tras un acuerdo de comunicaciones alcanzado con Buenos Aires en 1971, que permitió a los isleños comerciar y viajar con el continente, utilizando sus hospitales, tiendas y demás servicios. Incluso contaban con becas en las escuelas locales. Cientos de argentinos solían visitar Puerto Stanley, la capital de las Malvinas, como turistas. Los isleños estaban entablando gradualmente relaciones cordiales con sus vecinos costeros, de las que se esperaba que surgiera un futuro acuerdo.

En aquel entonces, las Naciones Unidas alentaban a las antiguas potencias coloniales europeas a deshacerse de los restos de sus imperios, incluidos Francia, Portugal y España. En el caso de Gran Bretaña, esto incluía Hong Kong, Diego García, las Malvinas y, se esperaba, Gibraltar. La cuestión no radicaba en derechos históricos —un argumento eterno— sino en el sentido común geográfico. Para Gran Bretaña, era absurdo que un Estado europeo financiara una gran armada para defender territorios distantes y en disputa. Desesperado por ahorrar dinero, el gobierno ya se estaba retirando del Atlántico Sur. Las Malvinas quedaron expuestas e indefensas.

El ministro laborista de Asuntos Exteriores, Ted Rowlands, visitó las islas a finales de la década de 1970 y discutió la posibilidad de extender el acuerdo de comunicaciones a un contrato de arrendamiento con opción de recompra, en el que Argentina mantendría la soberanía, aunque el control del gobierno permanecería en manos británicas. En 1977, se creía que Rowlands los había convencido con garantías de autonomía continua y una garantía de seguridad bajo los auspicios de la ONU. El gobierno de Thatcher, en 1979, heredó la propuesta de Rowlands. Si bien el nuevo ministro, Nicholas Ridley, carecía del poder de persuasión de Rowlands, Thatcher lo autorizó a seguir adelante con ella.

Fue una auténtica barbaridad que el ejército argentino invadiera las Malvinas en 1982, mientras sus ministros negociaban con los británicos en Nueva York. El resultado, inevitablemente, provocó el fracaso de las conversaciones. Pero tal era su plausibilidad que tanto Estados Unidos como Perú continuaron buscando un acuerdo antes del desembarco de la fuerza naval británica del Atlántico Sur. Aunque Argentina podría haberse resignado, Gran Bretaña ya no estaba interesada. Tal era la lógica de la guerra: una vez iniciada, requería una victoria. Un acuerdo podría haber salvado cientos de vidas y miles de millones de libras.

Lo que la guerra de 1982 no requirió fue la suspensión total por parte de Gran Bretaña de cualquier debate futuro sobre la soberanía de las islas durante más de 40 años. El referéndum de las Malvinas de 2013, en el que el 99,8% de los 1.517 votantes optaron por mantener el statu quo, se cita como el fin de la discusión. La realidad es que estas colonias, tarde o temprano, inevitablemente se integrarán a sus continentes. No pueden estar protegidas indefinidamente por un protector europeo, y las reivindicaciones de Argentina no van a desaparecer. Sin la guerra de 1982, las Malvinas podrían haber firmado ahora la paz con su vecino, Argentina, ojalá bajo algún tipo de autonomía bajo mandato de la ONU.

Tal como están las cosas, las Malvinas deben seguir existiendo como una fortaleza militar aislada, al otro lado del mundo, lejos de su generoso protector, Gran Bretaña. Pero tarde o temprano, un gobierno británico tendrá el valor de reanudar las negociaciones. Por ahora, el Ministerio de Asuntos Exteriores y el Ministerio de Defensa simplemente posponen el problema. Sería gratificante que la bandera de las Malvinas ondeando en un partido de fútbol en EE.UU. impulsara a alguien a actuar. Lo dudo mucho.



sábado, 11 de julio de 2026

El plan británico para militarizar los mares, tejer alianzas sudamericanas y asegurar sus colonias

El plan británico para militarizar los mares, tejer alianzas sudamericanas y asegurar sus colonias
El atlas estratégico editado por el Council on Geostrategy y el Centro de Estudios Estratégicos de la Marina Real británica. Con el prólogo del Primer Lord del Mar, el documento expone la doctrina militar que concibe a las Islas Malvinas como pieza clave de una red de proyección de fuerza global. El rol de Chile, Brasil y Uruguay en el esquema logístico y tecnológico de Whitehall.



El informe del Council on Geostrategy sepulta de manera definitiva las teorías biempensantes que suponen que el Reino Unido accederá a sentarse a negociar la soberanía de las islas por razones de "buena voluntad diplomática".

El Reino Unido ha decidido abandonar de manera definitiva su posición defensiva de la posguerra y se prepara para disputar el orden mundial mediante el uso explícito de la fuerza, el despliegue tecnológico de vanguardia y la consolidación de sus enclaves coloniales. Así lo revela "Britain's world: The strategy of security in twelve geopolitical maps" (El mundo de Gran Bretaña: La estrategia de seguridad en doce mapas geopolíticos), un minucioso informe doctrinario editado por los estrategas James Rogers y Andrew Young bajo el sello de la corporación Geostrategy Ltd..



El documento cuenta con la validación política e institucional del mismísimo General Sir Gwyn Jenkins, Primer Lord del Mar (First Sea Lord) y Jefe del Estado Mayor Naval del Reino Unido, quien firma un prólogo donde convoca a la comunidad estratégica británica a prepararse activamente para el combate y la defensa de sus infraestructuras globales. En sus páginas, la geografía de la usurpación en el Atlántico Sur deja de ser un "asunto pendiente" de la diplomacia y pasa a ser catalogada como un activo logístico militar indispensable para la metrópoli.

La "Nueva Marina Híbrida" y el horizonte a cinco años

El núcleo de esta estrategia descansa sobre el concepto de la "Nueva Marina Híbrida" (New Hybrid Navy). El General Jenkins establece una directriz operativa drástica para los astilleros británicos: “nuestra flota será tripulada por robots siempre que sea posible, y por humanos sólo cuando sea estrictamente necesario”. Este recambio tecnológico —que ya se financia con el compromiso de la OTAN de elevar el gasto militar al 3.5% del PIB hacia 2035— busca masificar el uso de drones submarinos autónomos, vehículos de superficie no tripulados y cazas de sexta generación desarrollados a través del programa GCAP.



Desde la perspectiva de Agenda Malvinas, este salto tecnológico persigue un fin claro: industrializar la guerra, convirtiendo el gasto militar en un dinamizador económico interno para corporaciones como BAE Systems y Rolls-Royce, las cuales concentran sus fábricas de armas y submarinos nucleares fuera de la congestionada Londres. El plan busca reconfigurar el aparato estatal e industrial británico en un plazo inmediato de cinco años, preparando al país para escenarios de alta intensidad hacia el cierre de la década.

El cerco diplomático en Sudamérica: Chile, Brasil y Uruguay en la mira de Whitehall

Para los fueguinos y para la causa soberana argentina, el capítulo más crítico del atlas es el mapa de "Alcance Marítimo" (Maritime Reach). El informe detalla que, para que el Reino Unido pueda mitigar "la tiranía de la distancia" y hacer valer sus intereses en las islas y espacios marítimos circundantes, la diplomacia de defensa de Su Majestad debe operar de manera agresiva en el continente americano. El documento explicita la necesidad imperiosa de coordinar con terceros Estados para asegurar un entramado de "derechos de sobrevuelo territorial y acceso marítimo" que permita responder a contingencias o sostener el puente logístico colonial.

Es allí donde cobra relevancia el rol histórico y presente de los socios sudamericanos, cuyas relaciones son cuidadosamente cultivadas por el Servicio Diplomático de Su Majestad (HMDS): 

Chile, el socio estratégico e industrial: El documento destaca cómo el Reino Unido utiliza la exportación de tecnología de defensa para generar interoperabilidad profunda y lazos de dependencia a largo plazo. Chile es el principal exponente de esta política en la región, habiendo adquirido históricamente fragatas británicas (como las Type 23) y manteniendo una cooperación constante en entrenamiento naval y cartografía antártica. Para Londres, el estrecho de Magallanes y las bases chilenas son el reaseguro de contingencia frente a cualquier escalada en el Atlántico Sur.

Brasil y el balance de poder atlántico: La estrategia británica mira a Brasilia no como un aliado automático, sino como una potencia regional con la que es vital mantener lazos en materia científico-tecnológica y de seguridad marítima. El Reino Unido vigila estrechamente el desarrollo del programa de submarinos brasileño (PROSUB) y busca asociarse en la protección de las líneas de comunicación del Atlántico Sur (la llamada "Amazonia Azul"). Al integrar a Brasil en ejercicios y diálogos de defensa, Londres intenta neutralizar cualquier intento de conformar un bloque sudamericano de defensa que sea hostil a su presencia en Malvinas.

Uruguay, el "puente humanitario" y comercial: Aunque Montevideo sostiene formalmente el reclamo argentino en los foros internacionales, la geofinalidad de Whitehall sigue considerando a los puertos y aeropuertos uruguayos como el nexo logístico civil y sanitario más cercano y eficiente para el archipiélago. El flujo de vuelos de evacuación médica y el aprovisionamiento de buques pesqueros que operan con licencias ilegales kelpers encuentran históricamente en la península oriental una ventana de oxígeno que debilita la estrategia argentina de aislamiento económico al invasor.

Conclusiones urgentes para la política exterior argentina

El informe del Council on Geostrategy sepulta de manera definitiva las teorías biempensantes que suponen que el Reino Unido accederá a sentarse a negociar la soberanía de las islas por razones de "buena voluntad diplomática". Para los planificadores de Whitehall, las Malvinas son una trinchera geoestratégica vital para proyectar poder hacia la Antártida, controlar el paso bioceánico y vigilar los recursos naturales de la plataforma continental.

Este documento demuestra que el invasor está reforzando sus defensas y su red de alianzas continentales para los próximos cinco años, buscando consolidar su posición extractiva y militar antes de que la crisis global de recursos se agudice. Revertir este despojo exige reactivar de forma urgente una geopolítica nacional firme, que asuma que el Atlántico Sur es hoy el teatro de operaciones de una potencia que se prepara, sin tapujos, mediante un cerco diplomático que busca que nuestros propios vecinos operen como la retaguardia logística del colonialismo británico.