sábado, 25 de junio de 2011

Ser o no ser “pirata”

¿Es ilícito compartir música, soft, películas o libros a través de la Red? Las costumbres a la hora de adquirir entretenimiento y arte han evolucionado, dejando atrás viejos formatos y ofreciendo nuevos conflictos. Se está desatando un verdadero debate que involucra a artistas, corporaciones y -por sobre todo- al consumidor.

sábado, 25 de junio de 2011

Ana Prieto - Especial para Cultura Los Andes 

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David Bravo Bueno es el abogado que defiende nuevas posturas ante lo que se conoce como “piratería”.

En el año 2005 compré mi último disco; fue “Playing the angel” de la banda inglesa Depeche Mode y no recuerdo cuánto me costó pero seguramente no muy barato porque era importado.

Desde entonces, mi colección de música en soporte material sólo se ha incrementado en mis cumpleaños. Y eso fue hasta 2009.

En 2010, para la misma fecha, recibí un pendrive con quince discos dentro. Los bajé a mi computadora y ahora uso el pen para almacenar la información que quiera y llevarla a todas partes.

Me pareció un regalo excelente. El resto de la música que he escuchado y guardado en estos seis años proviene de internet. En total, unos ochenta discos. Una cifra ciertamente irrisoria si se la compara con lo que habrán descargado los verdaderos melómanos en todo ese tiempo.

Todavía conservo una colección de siete vinilos de mis épocas de pubertad que a veces miro pero que no puedo escuchar porque no tengo el aparato apropiado. Cuando me entra añoranza por tal o cual canción, la descargo y listo.

Nunca ha sido motivo de culpa para mí bajar música de la Red y eso que nací en los ’70. Hago hincapié en la década de mi nacimiento, porque cuando las industrias de contenidos presionan a gobiernos y a ciudadanos para frenar lo que ellas llaman “piratería”, se refieren casi siempre a las novísimas generaciones, como si la mía no hubiese visto el milagro de los reproductores de doble casetera.

Así es, olvidadizos: antes de la llegada de los discos compactos, los casetes originales se pasaban de mano en mano para que todos los amiguitos del dueño los pudiésemos grabar.

¿Para qué servían, sino, los TDK vírgenes? ¿Para qué servía ese maravilloso aprendizaje de romper las pequeñas aletas superiores de los casetes cuando la grabación se había consumado? ¿De qué otro modo, por lo demás, se suponía que escucháramos música? Pero internet y la digitalización suponen una amenaza muchísimo más sofisticada y escurridiza.

La información digital ya no necesita un soporte material para propagarse y las industrias discográficas y las distribuidoras cinematográficas intentan retener los productos culturales -de los que ellas se apropiaron en primer lugar- como un puño que intenta, sin éxito, retener la arena seca.

Tanta saña ponen a diario en condenar la libre circulación de esos bienes, que la defensa de esa circulación se ha convertido ya en una causa de sostenido activismo y, sobre todo, en una cuestión política.

Es preciso, en este punto, establecer una diferencia: una cosa es copiar CDs, meterlos en una caja y venderlos. Allí se está lucrando con el esfuerzo de los artistas y de las industrias que posibilitaron que ese disco viera la luz.

Otra cosa es subir y bajar música de internet, para escucharla y compartirla, sin ánimo de lucro. Los defensores del libre acceso se refieren desde luego a esta última práctica. Los detractores consideran, en cambio, que ambas prácticas deben ser ilegalizadas y penadas.

¿Por qué?

Hace ya diez años, en la llamada “Mesa Antipiratería” que se organizó en Madrid, el actor Juan Luis Galiardo describió así el flagelo: “La piratería no es una chiquillada de tramposos simpáticos o pícaros, sino un delito de mayor cuantía que causa efectos devastadores en la cultura, la economía y el futuro. Debe ser perseguido con todos los medios posibles”.

Los efectos devastadores para la economía a los que refirió Galiardo, tienen que ver con el mercado negro paralelo de productos culturales pirateados, no sólo los digitales, sino también los materiales, como libros enteros, fotocopiados y encuadernados.

Esto resentiría los ingresos de las industrias, dañando toda su cadena de producción, al tiempo que beneficia a personas que hacen dinero con una actividad ilegal (respecto de cuánto dinero hacen y cuánto afecta su negocio a la macroeconomía, habría que realizar un verdadero estudio).

Y esa actividad por su parte, perjudicaría la cultura, pues una película pirata, comprada en la calle, corre el riesgo de tener un pésimo subtitulado, rayas y mal sonido. Un libro pirata, tendrá hojas mal impresas y de mala calidad, etc.

Ahora bien, para las industrias de contenidos es igualmente criminalizable bajar una película o un disco de la web, aunque no se le dé un centavo al mercado negro.

Por eso si Woody Allen tuviese una computadora en casa, sería un candidato a prisión: hace varios años, cuando la “piratería digital” no era aún el boom que es hoy, dijo que le parecía estupenda la posibilidad de ver cuando se le antojara “Raíces profundas” o “Un ladrón de alcoba”, películas que “ya no se exhiben en las salas de cine”.

El periodista francés Jean-Michel Frodon le preguntó si no le molestaba que tantos films estuviesen disponibles en la Red.

“En principio no”, contestó el cineasta. “Pero me temo que en este caso, al igual que en casi todos los demás, las personas que poseen el dinero son las que van a controlarlo todo. Y explotarán las obras guiándose tan sólo por la lógica de los beneficios”.

Y así ha resultado, en efecto: los grandes impulsores de penas de cárcel y de multas astronómicas para quienes descargamos música, series o películas, dicen hacerlo en nombre de los derechos de autor y la protección de la cultura.

Pero se trata de una falacia. No lo hacen en nombre de la cultura ni a pedido de los creadores, sino en nombre de sus propios intereses lucrativos.

Y esta no es una imprecación anticapitalista sino una simple realidad. Al publicar un libro, el escritor le da los derechos de su obra a la editorial. Para grabar un disco, el músico se pone a merced de la discográfica.

Para que su película vea la luz, el cineasta debe firmar contratos con toda una serie de intermediarios que se irán quedando con la tajada más grande de los ingresos de una obra que no gestaron.
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Copia este libro. Autor. David Bravo Bueno. 
Se puede bajar gratis http://elastico.net/archives/005194.html

“Cuando hablemos del derecho del autor a autorizar la comunicación de sus obras o de prohibir su reproducción, de lo que estaremos hablando es del derecho de las empresas (…) Los autores han cedido sus derechos de explotación para conseguir acceder a la grabación de sus obras y desde ese momento no tienen nada más que decir en ese terreno”.

La cita es de “Copia este libro”, escrito por el abogado especializado en derecho informático y propiedad intelectual David Bravo. Desde su España natal, Bravo se ha convertido en uno de los pensadores y activistas más prolíficos en torno de la libre circulación de bienes culturales y ha estudiado en profundidad los resortes que articulan los falsos dogmas en torno a la supuesta protección del acervo cultural que claman las industrias de contenidos.

Su libro, muy recomendable, es desde luego de descarga gratuita en la Red, bajo licencia de Creative Commons, una iniciativa que propone un nuevo modelo de negocio, sin las restricciones del copyright tradicional y con más beneficios para los propios creadores.

Ante la presión de los lobbies y a punto de tomar medidas para bloquear sitios web de descarga, el gobierno holandés convocó en abril de este año a 4 mil artistas de diferentes edades, incluyendo cineastas, músicos, escritores y fotógrafos, para averiguar hasta qué punto la piratería los afecta.

Buena sorpresa se habrá llevado al descubrir que la mayoría de los encuestados eran, por su parte, “piratas”, primero de música, luego de películas y en menor medida de juegos. Así se comprueba una de las sentencias de David Bravo: las musas, como tales, no existen.

Las musas son las demás expresiones culturales a las que accedemos y que nutren nuestra inspiración y pulsión creativa. Otro descubrimiento del gobierno holandés fue que los artistas creen que la reproducción de su material en internet no los perjudica; antes bien, ayuda a su difusión.

Este tipo de revelaciones, que no hace más que confirmarse día a día, nos lleva a pensar en el inminente aunque no del todo pacífico proceso hacia nuevos modelos de gestión de los derechos de autor.

Como sostiene, una vez más, David Bravo, no se trata de evitar la reproductibilidad digital de una obra, sino de pensar en maneras de sostener a su responsable original para que siga creando esas obras geniales que miles de personas querrán admirar, disfrutar, compartir y distribuir por su cuenta.

La banda inglesa Radiohead ya ha dado pasos en este sentido. Eliminando toda suerte de intermediarios, vende sus nuevos discos “a voluntad” en la red.

A ellos sí, debo confesar, me ha dado algo de culpa descargarlos gratis, pero he pagado lo que sea por verlos en vivo y desde mi individualidad soy una fuente de difusión de su obra como los son millones de fans más.

Lo mismo con Depeche Mode, creadores del último disco que compré pero a quienes fui a ver invirtiendo contenta cada centavo que cobraban. Los músicos saben mucho antes que los grupos económicos que los representan que una de las apuestas para compensar lo que supuestamente pierden por las descargas digitales son las presentaciones en vivo.

http://www.losandes.com.ar/fotografias/fotosnoticias/2011/6/21/gal-392993.jpg
Cuevana.tv es el sitio más difundido para ver películas gratis. Fue creado por desarrolladores sanjuaninos.

Esas amenazas que quieren igualar mi tranquilo domingo viendo Seinfeld por Cuevena.tv (un invento argentino para ver películas y series online que ha atravesado fronteras) al robo de un auto, o esas intimidaciones que buscan comparar la descarga de un disco con el asalto a un supermercado son tan desesperadas como poco realistas. La tendencia es imparable.

En algún momento, forzosamente, las grandes industrias de los contenidos y los funcionarios a los que convencen se cansarán de dar manotazos de ahogado. Lo que venga después empezará por el simple reconocimiento de una revolución cultural que ya está ocurriendo. 

La música se fue por las nubes

Alguna vez fue en casete y en cd... hoy son datos digitales en la Red. A dónde van las canciones cuando los viejos formatos mueren.

Leo Oliva - loliva@losandes.com.ar 

La música se fue por las nubes

PLAY. La música hoy es un commodity. Un producto en serie que se vende como pan caliente en el mercado pero sin ningún tipo de valor agregado. Hablamos de la música "física", el registro de una interpretación que alguna vez fue un CD, y antes un casete y antes un vinilo y antes…

Ahora, las canciones son un paquete de datos, un conjunto de unos y ceros que, en la web, significan lo mismo. Ya sea Nino Bravo o Aerosmith el que cante. En el supermercado, el imperio del commodity, los CDs pueblan las góndolas de baratijas.

Y en internet, donde las canciones se venden por unidad, o en combo con un celular, el disco ya no tiene lugar. Llevate una tablet y te damos gratis el nuevo de Miley Cirus.

Y el de los duros de Megadeth viene de yapa con el videojuego "Neverdead". Yo, ingenuo o nostálgico, pagué en euros para descargar el último de Radiohead, pero terminó en mi compu antes, free, con un click en Megaupload, rey del hosting de los commodities 2.0. 

STOP. ¿Por qué debería hoy un chico sub20 escuchar música como lo hacían sus padres? A pesar de su portabilidad, en el discman el CD saltaba si pisabas un pozo con la bici. Ni hablar del walkman (perdón Sony) y sus teclas enormes.

En un chip se puede cargar toda la discoteca de padres y abuelos, sin que junte polvo y obstaculice el garaje en un mueble destartalado. Como nunca antes, la generación "streaming" se ríe a carcajadas del "todo tiempo pasado fue mejor".

Poné Soundcloud en internet. O Grooveshark, o Goear. O MySpace. Ni hablar de YouTube, la MTV del nuevo siglo. No sólo es más masiva. La música hoy es más barata. En ninguno de estos sitios se gasta un peso para escuchar. Y si nadie paga, ¿quién sostiene el negocio?

REWIND. Hace un siglo, los compositores le armaron un berrinche a los pianos automáticos o pianolas porque decían que violaban derechos de autor tocando sus canciones una y otra vez. Fue el origen del copyright y de la guerra (perdida) contra la piratería.

Después le tocó a la radio, ese aparato que pasó de maldito a mejor aliado de las discográficas. "Home Taping is Killing Music", decían en los '80 los generales de la misma industria en cruzada contra el casete, que al final murió, pero no la música.

El mp3 de la era Napster fue su próximo anticristo, pero ningún ejército de abogados lo mató. Su lápida la escriben ahora los gigantes de internet mientras se van a las nubes.

FAST FORWARD. La "nube" (cloud) es la palabra de moda en internet, esa metaindustria del entretenimiento. Y todo lo que tenga que ver con el formato físico es mala palabra.

Google, Apple, Amazon y los demás ya organizan el funeral ¡del pen drive! invitando a sus usuarios a subir todos sus contenidos (canciones y otros archivos) a la nube, una entelequia virtual que puede ser un súper disco rígido, pero que también es una habitación individual cuya puerta se abre desde cualquier dispositivo conectado a internet. Allí no sólo entraría la discoteca de mis padres y abuelos, sino de todo el árbol genealógico.

Es "la era post PC", anticipan algunos: móvil y sin soportes físicos. Con espacio para mucha música. Que no es lo mismo que decir con espacio para música. Porque podés poner ahí lo nuevo de Lady Gaga al ladito de las fotos de tu mascota. Y que al final todo suene igual.

Richard Stallman: “¿Qué pienso de la piratería? Que está muy mal atacar barcos”

Richard Stallman es el gurú de las computadoras que más ha peleado contra los conceptos de delito en relación a compartir o copiar software. “Es como si nos prohibieran compartir recetas de cocinas”, argumenta. El ideario filosófico del último revolucionario tecnológico.

Richard Stallman:  “¿Qué pienso de la piratería? Que está muy mal atacar barcos”
Richard Stallman ataca al soft “privativo”, 
como el de Microsoft o Apple.

Por Leonardo Rearte - lrearte@losandes.com.ar

Luce como un verdadero gurú, habla como un gurú, consigue reunir acólitos como un gurú. Es Richard Stallman, el programador que puso la piedra fundacional -en los 70 y 80- para que exista el sistema operativo abierto y libre GNU Linux. Pero Stallman es mucho más que un geniecillo obsesionado por los 0 y 1 del sistema binario.

Su palabra es seguida atentamente tanto por geeks como por activistas o filósofos. Porque el barbado supo ir anticipando cada uno de los problemas y roces que las nuevas tecnologías fueron generando en las sociedades con el correr de los años. Y el de la "piratería" es uno, cuando no el mayor. "Cuándo me preguntan qué opino sobre la piratería yo respondo… ¡Está muy mal atacar barcos!", ríe con ganas.

Religión soft libre. Richard Stallman suele terminar sus charlas ataviado como un brujo o un religioso. En solfa, dicta mandamientos a sus seguidores y bendice las computadoras presentes en los distintos auditorios (la mayoría, universidades) que suele visitar en todo el mundo, en carácter de presidente de la fundación de Software Libre. Y luego, se queda firmando notebooks con fibrón durante horas y horas.

Hace varios meses visitó nuestro país, y Los Andes estuvo junto a él en Córdoba. Allí dijo: "Otra obra de uso práctico como el software son las recetas de cocina, por ejemplo. Cualquiera puede compartir recetas, modificarlas y volver a enseñarlas. Imaginate si el Estado, por intercambiar recetas, te llama pirata y te manda a la cárcel. Imaginate el enojo que habría... Con el mismo enojo yo lancé el movimiento de software libre en 1983".

Un poco de historia: Stallman era en los ‘70 un promisorio programador del MIT (Massachusetts Institute of Technology), Estados Unidos.

Atildadito, lucía el pelo corto y la tez afeitada. Allí ejecutaba y leía código UNIX, el sistema operativo que reinaba en la prehistoria de la computación personal.

Él, como muchos de sus compañeros, estaban acostumbrados a crear programas y pasárselos para ir mejorándolos o adaptándolos. Pero de a poco, con el crecimiento del negocio, muchos de estos sistemas fueron adquiriendo licencias que resguardaban los derechos de autor. Desde entonces, ya no sólo era dificultoso leer el código de los programas e intervenir en ellos sino que pasó a ser ilegal.

Una de las características salientes del protagonista de esta historia es que puso en acción sus ideas. Lo dicho: como no se podía meter mano a los programas que fueron haciendo valer sus licencias… él invento uno.

Un sistema operativo basado en UNIX, pero cuya licencia dejaba en claro que era libre: cualquiera podía modificarlo, siempre y cuando la resultante también fuera de uso libre. Lo llamó GNU (un acrónimo: GNU no es Unix). Con los años fue radicalizando su mensaje, trasladándolo a todos los productos culturales.

-Usted dijo que las discográficas deberían desaparecer, ¿por qué?, le preguntamos entonces.

-Yo no les digo "discográficas". Les digo fábricas de música, y la música que sale de allí suena como salida de una fábrica. Ellos, con sus leyes privativas, han atacado nuestra libertad.

Su castigo debe ser ¡su eliminación! No es malo que exista una empresa que venda discos. Lo malo es que ellas pidan leyes que prohíban compartir. Merecen dejar de existir… 

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El documental “Código Linux” (The Code, 2001) es un buen trabajo periodístico que recoge las voces de los más importantes propulsores del Software Libre, incluido Richard Stallman o Linus Torvalds (foto, el creador del kernel que hizo posible la existencia del sistema operativo GNU Linux).

También aparecen allí Alan Cox, Jon “Maddog” Hall, Miguel de Icaza, entre otros. En este relato cronológico aparecen referencias a la “cultura hacker” y qué significa realmente la piratería para la industria. También se refleja las contradicciones entre los movimientos Software Libre y Open Sourse (abierto), que fueron distanciando los objetivos originales de estos programadores. 

En tres líneas

1- Pirata informático es quien adopta por negocio la reproducción, apropiación o acaparación y distribución, con fines lucrativos y a gran escala, de distintos medios y contenidos (software, videos, música) de los que no posee licencia o permiso de su autor, generalmente haciendo uso de una PC.

2- Siendo la de software la práctica de piratería más conocida, también se asocia a la copia ilegal de videos, música o libros.

3- Aunque el término piratería en términos de copia no autorizada es popularmente aceptado, algunos abogan (entre ellos Richard Stallman) para que se evite su empleo y se use copia no autorizada o copia prohibida entre otros términos. 

Fuente: Los Andes Online

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