Entrevista al periodista Ignacio Ramonet
“Al Qaida provocó el furor militar y el agotamiento de EE.UU.”
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Tiene el acento de Pontevedra, donde nació en 1943, y el entrenamiento internacional de haberse incorporado en 1973 a Le Monde Diplomatique, cuya edición francesa dirigió entre 1990 y 2008. Promotor, entre otras cosas, del Foro Social de Porto Alegre, Ignacio Ramonet se mueve con facilidad tanto en el análisis de los nuevos desafíos del periodismo como en el examen de las tendencias de la política mundial.
–Ya son diez años desde el 11 de septiembre de 2001.
–Y en el mismo mes, septiembre, tres años de la caída de Lehman Brothers.
–Esa ya es una definición.
–Pues claro.
–Esta
entrevista no transcurre el 11 de septiembre de 2002, a un año del
atentado. Por lo tanto el mundo que vivimos en 2011 registró ya muchos
más cambios que la irrupción de Al Qaida con su ataque en territorio
norteamericano.
–En estos diez años cambiaron los Estados
Unidos. Poco después del atentado, la administración Bush utilizó el
ataque a las Torres Gemelas como si lo hubiera estado esperando, para
llevar a cabo una política neoimperial. Utilizar la fuerza del
instrumento militar para imponer su voluntad política en particular en
Medio Oriente.
–Hablar del atentado contra las Torres y decir
“como si Bush lo hubiera estado esperando...” no significa avalar las
teorías conspirativas del autoatentado.
–Esas teorías
surgieron en Francia. Pero no creo en ellas. Sí creo que, de hecho, Al
Qaida le hizo un favor. Pero con un matiz: aparentemente le hizo un
favor. Bush salió con el instrumento militar a atacar Afganistán, a
atacar Irak, etcétera. ¿Qué ocurrió? Se reveló que el instrumento
militar no era suficiente. Es como lo que le pasó a Napoleón. Las
guerras napoleónicas buscaban imponer, por la fuerza, la libertad. Y
Napoleón fue derrotado. Bush libró sus guerras napoleónicas para imponer
la democracia por la violencia. Le ocurrió igual. Se le resistieron
desde el oscurantismo. Parte de la resistencia a Napoleón tenía un
grito: “¡Vivan las cadenas!”. También: “¡Viva la Inquisición!”. Los
islamistas radicales reivindican la ley sagrada y la Jihad. Al cabo de
10 años podemos decir que los Estados Unidos, agotados, no pudieron
vencer de manera indiscutible. Irak es una media victoria, Afganistán es
una semiderrota y Libia es una intervención extremadamente prudente. El
resultado es el agotamiento. Las guerras costaron mucho. Aunque se
hayan llevado todo el petróleo de Irak, que no es el caso, con eso no
pagan lo que gastaron.
–Y si se mira el índice de desempleo estancado en 9,1 por ciento, las guerras no crearon empleo.
–No,
no lo crearon. Al agotamiento del que hablaba se le sumó un
endeudamiento colosal, y también la crisis del dólar. Quizás los Estados
Unidos padecieron lo mismo que Ronald Reagan impuso a la Unión
Soviética, cuando la obligó a seguir una carrera armamentística que
agotó a Moscú y provocó la implosión del régimen. Al Qaida provocó, sin
quererlo, el furor militar y el agotamiento de los Estados Unidos.
Quizás, y subrayo el quizás para ser muy prudente, quizás estemos en el
principio del fin del siglo americano. Empezó con la Primera Guerra
Mundial. Mientras tanto, una potencia como China fue desarrollándose con
una pujanza impresionante. Y el mundo se va haciendo cada vez más
multipolar.
–¿Pero Washington no sigue siendo una potencia a gran distancia de cualquier otro país en términos estratégico-militares?
–Con
el matiz que señalé sobre el agotamiento y con la realidad de que a los
Estados Unidos no les alcanza ya para seguir con la misma fuerza. De
hecho muchos estrategas dicen hoy que habría que dejar de gastar en el
arma nuclear, que nadie va a utilizar, sobre todo si se levanta la
hipoteca nuclear iraní. Efectivamente nadie alcanzó militarmente a los
Estados Unidos. Pero, ¿qué uso harán los Estados Unidos de su
herramienta militar? Hay que mirar bien el caso de Libia, donde los
Estados Unidos pusieron en primera línea a Francia y a Inglaterra, que
al cabo de tres meses decían que ya no tenían presupuesto para seguir. O
sea que la supremacía militar occidental está muy limitada por la
cuestión económica.
–Pero China está calzada con los Estados Unidos. Tiene bonos del Tesoro norteamericano.
–En
manos de China está el destino del dólar. Obviamente no le interesa que
el dólar se hunda porque perdería todas sus reservas. En ese sentido
dependen el uno del otro. Pero últimamente China ha dado una serie de
lecciones a los Estados Unidos sobre cómo hay que administrar. En la
amonestación que lanzó a los Estados Unidos la acusación fue usar
demasiado dinero en gastos sociales. Muy ultraliberal.
–Más Adam Smith que Confucio.
–Algo
así. China tiene un rol muy importante. Y es, como Sudamérica sabe
bien, el gran consumidor de materias primas, ya sean del agro o de la
minería. Es también la gran fábrica del mundo. Sin embargo, al destino
irresistible de gran potencia del siglo XXI que muchos teóricos le ven,
yo pondría un bemol: China aún no ha pasado por la estabilización
interna. Es una aparente potencia estable. Aún tiene pendiente el hecho
de que su sociedad, el día menos pensado, pueda despertarse. Pasó en las
sociedades árabes, y China tuvo su aviso en 1989 con Tiananmen. No es
imposible, con 1400 millones de habitantes, que China también se
desintegre. No está blindada contra esa posibilidad. Ninguna sociedad
autoritaria sabe exactamente cómo va a reaccionar el día en que su
ciudadanía le pida cuentas. Esta mezcla imposible de capitalismo
ultrasalvaje y de socialismo ultraautoritario es una experiencia de
laboratorio que, como toda experiencia de laboratorio, puede fallar y
fracasar. En cambio las sociedades democráticas, desde ese punto de
vista, son más flexibles. La rigidez china puede romperse.
–¿Sudamérica reúne hoy características de peso mundial?
–Hasta
las revoluciones árabes, América del Sur tenía la especificidad de que
era el territorio en que se estaban llevando a cabo en el mundo mayor
número de experiencias de izquierda. Por consiguiente, era el punto de
referencia para toda la izquierda internacional. Conceptos como
democracia participativa, referéndum revocatorio, constituyentes, el
ALBA original, voluntad de intervención estatal por sobre el mercado
salvaje, eran conceptos vigentes en el debate político solo en
Sudamérica. Otro punto es que por primera vez Sudamérica no se vio
destruida por una crisis como la de Lehman Brothers. Y tiene autonomía
respecto de los Estados Unidos, lo que le da un tono ejemplar frente a
Europa, que vive como un padecer la crisis norteamericana. En este
territorio, además, está surgiendo uno de los gigantes de mañana,
Brasil, integrado en el Brics (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica) y
llevando a cabo una diplomacia internacional autónoma. Lo estamos
viendo en Libia y en Siria. Varios países de la región, entre ellos la
Argentina, junto con México y Brasil, están en el G-20, que hoy es el
órgano ejecutivo de la política internacional con mayor eficacia que el
Consejo de Seguridad de la ONU y sin los inconvenientes del veto. Visto
desde afuera, América latina está viviendo una Edad de Oro como la vive
tal vez desde la independencia. Globalmente está pacificada, incluso con
la necrosis del problema colombiano. La libertad y la democracia rigen,
las elecciones tienen lugar con normalidad, los militares están en los
cuarteles y nadie sospecha que vayan a salir mañana... Hay elementos
negativos, como el narcotráfico, como la inseguridad en algunas
sociedades, como el atraso en la organización de algunos Estados, pero
en general los países, cada uno con sus singularidades, convergen y se
articulan. Hoy las clases desfavorecidas de América latina tienen más
esperanza que nunca porque sus gobiernos están llevando a cabo una justa
redistribución. Puede ser insuficiente, pero es constante.
–Eric Hobsbawm decía a comienzos de la crisis del 2008 que el capitalismo salvaje no solo era injusto sino que sería inviable.
–En
Europa muchos economistas serios, moderados, no los economistas
revolucionarios, hablan de la solución argentina de la reestructuración
de la deuda para Grecia. El Fondo Monetario Internacional era una
referencia muy popular en América latina. Despertaba hostilidad. En
Europa no era ni mencionado. Hoy despierta la misma hostilidad que
producía aquí.
–Sudamérica vive un debate sobre la relación
entre los grandes medios, el poder y los Estados conducidos, en general,
por gobiernos de centroizquierda que se revalidan en las urnas. ¿Los
grandes medios pueden determinar la política?
–En América
latina son virulentos y tienen esa voluntad. Pero los gobiernos que
tienen la serenidad de haber sido elegidos democráticamente pueden
afrontar esa soberbia. En América latina son los gobiernos los que
tienen la voluntad de instalar mayor equilibrio entre medios privados y
servicios públicos de información y comunicación. Los propietarios de
latifundios de comunicación, que hasta ahora tenían el monopolio, no
aceptan un equivalente de lo que fueron las reformas agrarias. Rechazan
una reforma mediática y por eso dan la batalla, incluso con mala fe.
–La ley argentina de Servicios de Comunicación Audiovisual se propuso ampliar el sector público y desmonopolizar el privado.
–En
Francia existían leyes que prohibían la integración vertical. No podías
tener, en el mismo sitio, televisión, radio y prensa. El modelo a
evitar era el de Rupert Murdoch, que ya vimos a dónde conduce. Pero
claro, los latifundistas de medios piensan que la desmonopolización y la
ampliación del sector público se hacen a expensas de ellos. Y en
realidad es así, pero porque eran latifundios.
–El último libro se llama La explosión del periodismo. ¿Existe el oficio de periodista, todavía?
–Está
en peligro de extinción. Pero eso no quiere decir que seguro vaya a
extinguirse. Depende de cómo cada uno reaccione ante la nueva situación.
El ecosistema que hacía a la profesión periodística está cambiando de
uno a otro. En el ecosistema precedente, en los últimos 50 o 60 de
expansión, con la idea de que se sabía exactamente qué era un periodista
y qué eran los medios, ha explosionado. Llegó Internet y el desarrollo
digital (el teléfono inteligente, las redes) modificó tanto el
ecosistema que la pregunta es pertinente. Pero yo no soy pesimista.
–¿De verdad? ¿No está todo terminado?
–No,
no lo creo. La historia y la historia de los medios demuestra que no es
así. Siempre hubo cambios tecnológicos importantes. Cuando apareció la
radio, en los años ’20 o ’30, la prensa escrita no desapareció. Cuando
apareció la televisión, la radio no desapareció. Tampoco el cine. Y el
cine no había hecho desaparecer al teatro o a la ópera. Pero antes había
una profesión de telefonista, de enchufar las clavijas.
–También desaparecieron los tipógrafos.
–Claro.
Desaparecen profesiones, o el revelado fotográfico. Pero además los
cambios tecnológicos fueron muy importantes pero eran relativamente
pequeños respecto de lo que representa Internet. Internet no solo es un
cambio en uno de los aspectos de la comunicación, por ejemplo en la
escritura, sino en los tres grandes sistemas de signos: la escritura
misma, el sonido y la imagen. Se ha dicho a veces que Internet es tan
importante como la invención de Guttenberg, que la imprenta. Pero es más
importante que la imprenta.
–¿Por qué Internet sería más importante que la imprenta?
–Porque
la imprenta solo tocaba al libro, a lo escrito. No al dibujo o a las
representaciones gráficas que cambiaron en Occidente cuando en los
siglos XIV y XV Filippo Brunelleschi inventó la perspectiva. La imprenta
fue clave, sí. No solo cambió la manera de fabricar textos sino el
número de universidades. En 1440 había cuatro o cinco. Con la extensión
del libro se multiplicó su número y surgieron el humanismo, el
Renacimiento...
–La edición de la Biblia en lenguas que no fueran el latín.
–Exacto.
Que fue un soporte del protestantismo. Cada uno podía tener su libro,
que antes valía lo mismo que un coche de carreras hoy día. Desaparecen,
de paso, los copiadores. Lo que quiero decir es que hay transformaciones
en la política, en la sociedad, en la geopolítica... La guerra de los
Treinta Años, de protestantes contra católicos es una consecuencia, en
ese sentido, de la imprenta. Hoy Internet y las redes sociales no
generan por sí solas algunos fenómenos pero los aceleran enormemente.
–¿El uso masivo de los BlackBerry en las recientes protestas de Londres?
–Por ejemplo. Esas protestas, en buena medida, son hijas de Internet.
–Internet y las redes sociales, ¿producen el fenómeno o son herramientas de cada fenómeno?
–Las
redes no son una causa sino un acelerador. Las causas son siempre las
condiciones sociales, económicas, políticas... Pero la aceleración es
importante. La globalización solo adquiere la intensidad actual cuando
se crean las que llamamos autopistas de la información, por donde
circulan 24 horas sobre 24 las órdenes de compra y venta en las bolsas
que circulan velozmente gracias a lo que la era digital ha permitido.
Internet es por una parte un actor de lo que ocurre y un vector de lo
que pasa, y en ambos casos más allá del campo de la comunicación. Si
volvemos a centrarnos con el microscopio en un aspecto particular y
pensamos otra vez en la profesión periodística, evidentemente es una
profesión sometida a muchos impactos que la transforman. El periodista
tenía hasta ahora el monopolio de la información. La sociedad recibía la
información a través de los periodistas.
–¿Y no sería más así?
–Es
un trabajo compartido. Los ciudadanos con sus blogs y la información
que ellos mismos difunden, con los sitios de información en línea, con
la información que se difunde por Twitter.
–No está mal esa
nueva situación. ¿O sí? Inclusive no está nada mal para los periodistas:
por un lado hay más fuentes de información a mano y por otro lado
cualquiera puede corregir lo que hacemos.
–Seguro.
–Y si el periodista es bueno, además conservaría su capacidad de edición, aunque ya no sea monopólica.
–Claro.
Yo diría que es el momento para los periodistas de demostrar que los
periodistas son necesarios para la sociedad. La sociedad, en teoría, por
la extensión de los instrumentos como Internet, podría autoinformarse.
Naturalmente es un sueño que no se puede realizar. Como dice el
psicoanálisis, no basta con que uno tenga conocimientos para
autoanalizarse. Por definición, el autoanálisis no existe. La sociedad
no puede “autoinformarse” pero al menos en teoría sería posible. De ahí
que los periodistas sean más exigidos que antes. Antes tenían ese
monopolio, cierto prestigio social, ejercían cierto “terrorismo”
intelectual en la sociedad... Ese estatuto un poco privilegiado está
perturbado por todo esto que está llegando, donde surgen voces nuevas y
periódicos nuevos. Basta ver el éxito de The Huffington Post en los
Estados Unidos.
–Hasta llegó a venderse en pocos años,
revaluado, por el éxito que alcanzó. ¿Cómo se reconoce hoy y cómo se
reconocía antes a un buen periodista? ¿Cambió de veras el oficio?
–¿Qué
le pide uno a la información hoy? Que sea fiable. Mucha información que
recibimos no es fiable, no es creíble y a veces incluso se revela
falsa. Ni siquiera hablo de mala intención ni de manipulación
voluntaria, que existen. Solo me refiero a que un programa de radio o un
canal de televisión no le puedan garantizar al ciudadano que la
información que le transmiten sea verdadera. El uso del condicional y de
“al parecer”, el “según ciertas fuentes...”, se hizo abusivo. Hace que
si los periodistas se limitan a transmitir una información lo más
rápidamente posible, porque saben que en la rapidez está en parte la
captación de la audiencia, no pueden verificar la realidad de la
información que están transmitiendo. Entonces el ciudadano quiere
fiabilidad. ¿Qué medios pueden garantizarlo? Indiscutiblemente no son
los canales de información urgente, inmediata, constante.
–El mundo que escucha, ve y lee multimediáticamente, no tiene todavía una palabra que lo designe, ¿no es cierto?
–No, aún no.
–Esa persona para la cual no tenemos definición, ¿espera aún que de alguna manera alguien le explique lo que sucede?
–Tú
lo has dicho: de alguna manera. La cuestión es que hoy la información
ya se da con su modo de empleo. Los medios dan la información y dicen
cómo interpretarla. Muy rápidamente. Demasiado sumariamente. Quizás el
ciudadano está esperando que le pongan la información en contexto. Eso
lo impide la urgencia, lo perturba la inmediatez.
–La audiencia recibe fragmentos.
–Efectivamente.
Así funciona la información. Hoy un fragmento, mañana otro... Pero el
ciudadano no va a poder hacer el trabajo de reunir el mosaico. Tiene que
haber especialistas de lo general. Son llamados generalistas.
–Los podemos llamar “todólogos”.
–Está
bien. Pero cada día es más difícil encontrarlos. El mundo se ha hecho
muy complejo. No todo el mundo sabe, si el tema es Fukushima, qué es la
radiactividad, cómo funciona, qué es un terremoto y qué consecuencias
trae.
–Bueno, el que no sabe y es periodista puede preguntar.
–Sí,
pero cuando un canal de televisión envía a un equipo porque se produjo
el accidente de Fukushima y eso asusta al mundo entero, y el equipo
llega a Japón, no todo el mundo habla japonés, no todos los japoneses
forzosamente hablan inglés, se enteran de algunas cosas, como la energía
nuclear en Japón, recién al llegar, averiguan qué autoridad la pilotea.
Antes, en los años ’20 o ’30, un periodista era enviado a un lugar en
barco. En el tiempo de llegar ya había leído varios libros y sabía algo
de lo que le esperaba. Hoy día en unas cuantas horas estás al otro lado
del mundo y ni has tenido tiempo de reunir a la gente que te puede
explicar, ni de leer todo lo que debías haber leído. Por eso el propio
oficio no se hace con las garantías necesarias. Si a eso añades que
estás escribiendo y estás siendo “vigilado” en lo que escribes por una
multitud de personas que tienen a disposición la posibilidad de
intervenir en lo que tú escribes, a veces desde la autoridad de ser
doctores en sismología o japonología, tu trabajo ya no será juzgado solo
por los lectores habituales o los colegas sino por toda una serie de
especialistas.
–Y eso es bueno.
–¡Claro que es
bueno! Algunos periodistas, como dije, ven su estatuto puesto en
cuestión. Pero para la colectividad en su conjunto es muy bueno. Antes,
en la era industrial, las cosas se ofrecían totalmente terminadas. La
información también: salía y no se volvía a tocar. Era autónoma. Hoy no.
Sale la información y en la mayoría de los medios, on line, ya hay
comentarios. La información se irá puliendo y al final habría casi que
volver a redactar el artículo en función de los aportes positivos, que
obviamente hay que verificar, que fueron apareciendo en el camino. Hoy
la información es un acto colectivo, más democrático. Evidentemente
también hay rumores, falsa información, complotismo, prejuicios. Pero el
avance es importante porque el periodista no está solo. Antes tenías
dos actores, uno activo y otro pasivo. El emisor y el receptor. Hoy el
receptor es tan activo como el emisor. Yo lo llamo webactor. Tiene su
propio sistema de comunicación. Bien. Primero hay que aceptar ese
diálogo porque forma parte de la realidad de hoy y tiene muchas cosas
buenas por recoger. El resultado puede ser mucho más interesante aún.
Pero claro, el estatuto del periodista y los periodistas se ha
modificado. Hay muchas universidades y mucha gente que sabe mucho. No
les puedes contar cuentos. Y no les puedes contar cuentos a todos
permanentemente.
–O sea que no todo está perdido.
–Al contrario.
–Salvo para los que quieran perderse.
–Para los que se queden inmóviles. Para una nueva generación de
periodistas, en cambio, quizás no haya habido en mucho tiempo tantas
posibilidades como las que presenta hoy el sistema comunicacional. Un
grupo de periodistas recientemente egresado puede crear un medio de
alcance nacional, continental o planetario, con pocos recursos
financieros, cosa que no fue posible para generaciones anteriores. Es
decir que no solo tengo cero pesimismo sino que miro las cosas con una
visión muy optimista.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-176513-2011-09-11.html
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-176513-2011-09-11.html
Fuente: Rebelion.org


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