Jorge Rafael Videla murió sin arrepentirse de nada
El exdictador estaba detenido en el penal de Marcos Paz. Tenía 87 años. Nunca mostró el menor arrepentimiento por los crímenes de lesa humanidad en el régimen militar (1976-83) por los que fue condenado dos veces a prisión perpetua y otra vez a 50 años.
Oskar Laski/AFP
Jorge Rafael Videla el 24 de marzo de 1976, cuando se proclama
presidente. A su lado, el almirante Emilio Massera y Orlando Agosti.
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El exdictador Jorge Rafael Videla, detenido en el
penal de Marcos Paz, murió hoy, a los 87 años, sin haber mostrado el
menor arrepentimiento por los crímenes de lesa humanidad en el régimen
militar (1976-83) por los que fue condenado dos veces a prisión perpetua
y otra vez a 50 años.
"Asumo en plenitud mi responsabilidad castrense por lo actuado por el ejército en el marco de la guerra contra el terrorismo con total prescindencia de mis subordinados que se limitaron a cumplir mis órdenes y a quienes voy a acompañar en prisión como presos políticos hasta tanto el último de ellos recobre su ansiada libertad", dijo con gesto adusto ante un tribunal el martes pasado, en su última aparición pública.
Vivía en el ostracismo en un calabozo de la cárcel de Marcos Paz donde escribía memorias y rezaba junto a una modesta cama debajo de un crucifijo, con casi nula escasa conexión con el mundo exterior.
En esa misma comparecencia volvió a desconocer a la justicia civil como lo hizo en cuanto ocasión le tocó enfrentar a los jueces desde que en 1985, dos años después de la salida de la dictadura, fue condenado a la pena máxima en el histórico juicio a las Juntas Militares.
El excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas volvió al banquillo acusado por el Plan Cóndor de represión en Sudamérica en los años 70, delante de jueces civiles ante los cuales suele plantarse erguido con la pose marcial típica de un general de la antigua educación prusiana del ejército argentino.
"Pongamos que eran 7 mil u 8 mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión; no podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas ante la Justicia", dijo Videla en una entrevista en su celda al periodista Ceferino Reato, según el revelador libro "Disposición Final".
Videla cargaba sobre su espalda dos condenas a cárcel de por vida y otra a 50 años por crímenes de lesa humanidad y robo de bebés entre 1976 y 1981, los peores años de la dictadura, que dejó 30.000 desaparecidos, según entidades humanitarias.
El exgeneral, que gobernó con la cruz y la espada como un moderno cruzado, dijo sobre esos crímenes que "estábamos de acuerdo (los militares) en que era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta".
"Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera", argumentó el exdictador.
Publicado el libro, Videla dijo que su confesión fue malinterpretada, pero Reato, quien no pudo ingresar a la celda con grabador, dijo que los apuntes fueron leídos y avalados por el entrevistado antes de su publicación.
"Combatimos la subversión marxista", había dicho ante la Justicia al señalar que su enemigo eran las guerrillas de Montoneros (peronista) y ERP (guevarista), en momentos en que se libraba la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Las sentencias en su contra revelaron la existencia de un "plan sistemático de eliminación de opositores", según la justicia argentina, como activistas políticos, sindicales, estudiantiles, sociales, religiosos de la Teología de la Liberación, artistas e intelectuales, miles de ellos desaparecidos.
Desmantelados los grupos armados, aislados y sin apoyo popular, la represión continuó con militantes, amigos y sospechosos, allegados y familiares.
Fueron así víctimas las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, el obispo católico tercermundista Enrique Angelelli, la estudiante sueca Dagmar Hagelín, las comisiones sindicales enteras de las automotrices Ford y Mercedes Benz y hasta diplomáticos del propio régimen, como Elena Holmberg y Héctor Hidalgo Solá.
Un hombre solo que no tenía partidarios
"Asumo en plenitud mi responsabilidad castrense por lo actuado por el ejército en el marco de la guerra contra el terrorismo con total prescindencia de mis subordinados que se limitaron a cumplir mis órdenes y a quienes voy a acompañar en prisión como presos políticos hasta tanto el último de ellos recobre su ansiada libertad", dijo con gesto adusto ante un tribunal el martes pasado, en su última aparición pública.
Vivía en el ostracismo en un calabozo de la cárcel de Marcos Paz donde escribía memorias y rezaba junto a una modesta cama debajo de un crucifijo, con casi nula escasa conexión con el mundo exterior.
En esa misma comparecencia volvió a desconocer a la justicia civil como lo hizo en cuanto ocasión le tocó enfrentar a los jueces desde que en 1985, dos años después de la salida de la dictadura, fue condenado a la pena máxima en el histórico juicio a las Juntas Militares.
El excomandante en jefe de las Fuerzas Armadas volvió al banquillo acusado por el Plan Cóndor de represión en Sudamérica en los años 70, delante de jueces civiles ante los cuales suele plantarse erguido con la pose marcial típica de un general de la antigua educación prusiana del ejército argentino.
"Pongamos que eran 7 mil u 8 mil las personas que debían morir para ganar la guerra contra la subversión; no podíamos fusilarlas. Tampoco podíamos llevarlas ante la Justicia", dijo Videla en una entrevista en su celda al periodista Ceferino Reato, según el revelador libro "Disposición Final".
Videla cargaba sobre su espalda dos condenas a cárcel de por vida y otra a 50 años por crímenes de lesa humanidad y robo de bebés entre 1976 y 1981, los peores años de la dictadura, que dejó 30.000 desaparecidos, según entidades humanitarias.
El exgeneral, que gobernó con la cruz y la espada como un moderno cruzado, dijo sobre esos crímenes que "estábamos de acuerdo (los militares) en que era el precio a pagar para ganar la guerra y necesitábamos que no fuera evidente para que la sociedad no se diera cuenta".
"Por eso, para no provocar protestas dentro y fuera del país, sobre la marcha se llegó a la decisión de que esa gente desapareciera", argumentó el exdictador.
Publicado el libro, Videla dijo que su confesión fue malinterpretada, pero Reato, quien no pudo ingresar a la celda con grabador, dijo que los apuntes fueron leídos y avalados por el entrevistado antes de su publicación.
"Combatimos la subversión marxista", había dicho ante la Justicia al señalar que su enemigo eran las guerrillas de Montoneros (peronista) y ERP (guevarista), en momentos en que se libraba la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Las sentencias en su contra revelaron la existencia de un "plan sistemático de eliminación de opositores", según la justicia argentina, como activistas políticos, sindicales, estudiantiles, sociales, religiosos de la Teología de la Liberación, artistas e intelectuales, miles de ellos desaparecidos.
Desmantelados los grupos armados, aislados y sin apoyo popular, la represión continuó con militantes, amigos y sospechosos, allegados y familiares.
Fueron así víctimas las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, el obispo católico tercermundista Enrique Angelelli, la estudiante sueca Dagmar Hagelín, las comisiones sindicales enteras de las automotrices Ford y Mercedes Benz y hasta diplomáticos del propio régimen, como Elena Holmberg y Héctor Hidalgo Solá.
Un hombre solo que no tenía partidarios
Videla durante una visita a Chile en 1978. AP
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La diferencia con otros dictadores como el paraguayo Alfredo Stroessner y el chileno Augusto Pinochet,
es que Videla careció de partidarios y ningún partido político lo
reivindica en Argentina, salvo minúsculos grupos de exmilitares o sus
familiares.
En su apogeo, Videla medía un metro 80, siempre muy delgado, de rostro huesudo, grandes ojos oscuros, bigote tupido y cabello engominado a la vieja usanza.
Leía los discursos con voz grave y estridente, pero un rictus nervioso le hacía latir los pómulos en público, mientras solía restregarse las manos en gesto de incomodidad al enfrentar una vida política de relaciones, fuera de la severa rutina de un cuartel.
Fue el comandante del asalto al poder que derrocó a la expresidente Isabel Perón en 1976, suspendió la Constitución, prohibió los partidos políticos y dispuso la censura en radio y TV.
Videla gobernó aliado al grupo civil llamado 'Los Chicago Boys' y le dio todo el poder administrativo a un economista de una familia de la aristocracia criolla, José Martínez de Hoz, admirador del Premio Nobel Milton Friedman.
Por orden suya y de los generales, autómoviles sin patente y con comandos encapuchados secuestraban a militantes y los trasladaban para torturarlos en unos 500 centros clandestinos de detención distribuidos en todo el país.
Fotografías y videos en YouTube lo recuerdan en dos momentos claves: al entregar en 1978 la Copa Mundial de fútbol a la selección argentina y cuando le dio un forzado abrazo al dictador chileno Augusto Pinochet tras la mediación del Vaticano que impidió una guerra fronteriza ese mismo año entre ambos países.
Videla ordenó quemas de libros y ardieron en un baldío de la localidad de Sarandí (periferia sur) más de un millón y medio de obras que atesoraba el privado Centro Editor de América latina.
Alineó al país con Estados Unidos, pero tuvo roces con el entonces presidente James Carter, cuyo gobierno le reprochó las violaciones a los derechos humanos y también haber ignorado el embargo de cereales contra la Unión Soviética debido a la presión de los influyentes exportadores agrícolas argentinos.
Sin carisma ni aspiraciones políticas, el exgeneral intervino la Corte Suprema para nombrar jueces sometidos a su antojo e instaló un plan económico de tipo de cambio altísimo que pasó a la historia como "la plata dulce", que permitía a los argentinos viajar forrados de dólares a Miami y comprarse cuanto electrodoméstico encontraran.
En 1981 cedió el poder a su delfín Roberto Viola para empezar una lenta transición a la democracia, pero el general Leopoldo Galtieri le dio un golpe palaciego y desató la triste historia de la guerra de las Islas Malvinas contra Gran Bretaña, en 1982.
En su apogeo, Videla medía un metro 80, siempre muy delgado, de rostro huesudo, grandes ojos oscuros, bigote tupido y cabello engominado a la vieja usanza.
Leía los discursos con voz grave y estridente, pero un rictus nervioso le hacía latir los pómulos en público, mientras solía restregarse las manos en gesto de incomodidad al enfrentar una vida política de relaciones, fuera de la severa rutina de un cuartel.
Fue el comandante del asalto al poder que derrocó a la expresidente Isabel Perón en 1976, suspendió la Constitución, prohibió los partidos políticos y dispuso la censura en radio y TV.
Videla gobernó aliado al grupo civil llamado 'Los Chicago Boys' y le dio todo el poder administrativo a un economista de una familia de la aristocracia criolla, José Martínez de Hoz, admirador del Premio Nobel Milton Friedman.
Por orden suya y de los generales, autómoviles sin patente y con comandos encapuchados secuestraban a militantes y los trasladaban para torturarlos en unos 500 centros clandestinos de detención distribuidos en todo el país.
Fotografías y videos en YouTube lo recuerdan en dos momentos claves: al entregar en 1978 la Copa Mundial de fútbol a la selección argentina y cuando le dio un forzado abrazo al dictador chileno Augusto Pinochet tras la mediación del Vaticano que impidió una guerra fronteriza ese mismo año entre ambos países.
Videla ordenó quemas de libros y ardieron en un baldío de la localidad de Sarandí (periferia sur) más de un millón y medio de obras que atesoraba el privado Centro Editor de América latina.
Alineó al país con Estados Unidos, pero tuvo roces con el entonces presidente James Carter, cuyo gobierno le reprochó las violaciones a los derechos humanos y también haber ignorado el embargo de cereales contra la Unión Soviética debido a la presión de los influyentes exportadores agrícolas argentinos.
Sin carisma ni aspiraciones políticas, el exgeneral intervino la Corte Suprema para nombrar jueces sometidos a su antojo e instaló un plan económico de tipo de cambio altísimo que pasó a la historia como "la plata dulce", que permitía a los argentinos viajar forrados de dólares a Miami y comprarse cuanto electrodoméstico encontraran.
En 1981 cedió el poder a su delfín Roberto Viola para empezar una lenta transición a la democracia, pero el general Leopoldo Galtieri le dio un golpe palaciego y desató la triste historia de la guerra de las Islas Malvinas contra Gran Bretaña, en 1982.
La prensa mundial habla del fallecimiento de Videla
Fue "el dictador más cruel de la historia argentina", publicó el diario español El País. La británica Reuters destacó que Videla "dirigió a Argentina durante los años más sangrientos de la Guerra Sucia”.
| La británica BBC lo señala como "jefe de la guerra sucia". |
La prensa extranjera destacó hoy entre sus principales noticias la muerte del ex dictador argentino Jorge Rafael Videla, subrayando que falleció preso y que nunca se arrepintió de sus crímenes de lesa humanidad.
Videla fue "el dictador más cruel de la historia argentina", publicó el diario español El País en la nota sobre el fallecimiento de Videla, a los 87 años, en la prisión de Marcos Paz.
El periódico agregó que durante la última dictadura militar de Argentina (1976-1983), "que contó con apoyo del poder económico de ese país", llegaron a desaparecer 30.000 personas, según distintas organizaciones de defensa de los derechos humanos.
"Muere el ex líder militar de Argentina", tituló en su portada la página de Internet de la cadena de noticias británica BBC, que agregó que el deceso ocurrió mientras Videla cumplía cadena perpetua por "crímenes contra la humanidad".
Videla fue "el dictador más cruel de la historia argentina", publicó el diario español El País en la nota sobre el fallecimiento de Videla, a los 87 años, en la prisión de Marcos Paz.
El periódico agregó que durante la última dictadura militar de Argentina (1976-1983), "que contó con apoyo del poder económico de ese país", llegaron a desaparecer 30.000 personas, según distintas organizaciones de defensa de los derechos humanos.
"Muere el ex líder militar de Argentina", tituló en su portada la página de Internet de la cadena de noticias británica BBC, que agregó que el deceso ocurrió mientras Videla cumplía cadena perpetua por "crímenes contra la humanidad".
El diario El País de España.
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La agencia de noticias de origen británica Reuters destacó
que Videla "dirigió a Argentina durante los años más sangrientos de la
Guerra Sucia de su dictadura y que seguía impenitente respecto de los
secuestros y asesinatos ordenados por el Estado".
La agencia de noticias estadounidense Associated Press destacó que la Junta encabezada por Videla mató a miles de sus compatriotas en una guerra para eliminar a "subversivos", palabra que entrecomilló.
El Mundo, otro diario de España, tituló "El dictador argentino Jorge Rafael Videla muere en su celda" e hizo referencia a la pena de cadena perpetua que cumplía por los delitos de lesa humanidad perpetrados durante su presidencia de facto, entre 1976 y 1981.
El ex militar, que en junio de 2012 fue trasladado a una cárcel común, admitió que hubo robo de bebés y que fueron asesinadas miles de personas, pero nunca se arrepintió ni tampoco consideró que haya existido "un plan sistemático" para la sustracción de los hijos a las madres embarazadas, señaló El Mundo.
La agencia de noticias estadounidense Associated Press destacó que la Junta encabezada por Videla mató a miles de sus compatriotas en una guerra para eliminar a "subversivos", palabra que entrecomilló.
El Mundo, otro diario de España, tituló "El dictador argentino Jorge Rafael Videla muere en su celda" e hizo referencia a la pena de cadena perpetua que cumplía por los delitos de lesa humanidad perpetrados durante su presidencia de facto, entre 1976 y 1981.
El ex militar, que en junio de 2012 fue trasladado a una cárcel común, admitió que hubo robo de bebés y que fueron asesinadas miles de personas, pero nunca se arrepintió ni tampoco consideró que haya existido "un plan sistemático" para la sustracción de los hijos a las madres embarazadas, señaló El Mundo.
Su frase más atroz: “No está muerto ni vivo...está desaparecido"
En 1979, el entonces dictador Jorge Rafael Videla pronunció la frase más cínica y perversa a quienes buscaban desesperadamente a sus familiares.
En una conferencia de prensa brindada en 1979, el periodista José Ignacio López lo consultó a Videla por una mención que había realizado el domingo anterior en el Vaticano el papa Juan Pablo II respecto a los desaparecidos y detenidos sin proceso: "Le quiero preguntar ¿si usted le ha contestado al Papa y si hay alguna medida en estudio en el Gobierno sobre ese problema?", dijo el periodista.
"Respecto del Papa cuando habla de esa circunstancia habla al mundo no a la Argentina y habla ejerciendo más que un derecho una obligación", contestó el represor y agregó: "No tiene otra cosa más que decir que hay que preservar la dignidad del hombre".
"Para defender la libertad y la dignidad del hombre, la Argentina tuvo que enfrentar este tremendo problema de una guerra en la que pagó precio de sangre. Los argentinos no tenemos nada de qué avergonzarnos porque justamente eso ocurrió en defensa de los derechos humanos del pueblo argentino gravemente amenazado por el terrorismo", afirmó.
"Frente al desaparecido en tanto éste como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera tendría una tratamiento X, si la aparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento tiene un tratamiento Z, pero mientras sea desaparecido no puede tener un tratamiento especial es un desaparecido, no tiene entidad no está ni muerto ni vivo, está desaparecido, frente a eso no podemos hacer nada, atendemos al familiar", dijo Videla.
A partir de aquí, la palabra "desaparecido", tanto en Argentina como en el exterior, se asocia directamente con la dictadura de 1976, ya que la desaparición sistemática de personas que se oponían al régimen fue el principal mecanismo de terror.
Otras dictaduras de Latinoamérica y el mundo también secuestraron, torturaron y asesinaron por razones políticas, pero no todas ellas "desaparecieron" las huellas del crimen.
Fuente: Los Andes Online


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