domingo, 12 de mayo de 2013

Viaje al pasado con comodidades actuales

Una familia restauró viejos vagones y los convirtió en un hospedaje ambientado. Historia de un sueño basado en la pasión ferroviaria. 

Daniela Larregle - dlarregle@losandes.com.ar / Fotos: Roberto Salvadores

Viaje al pasado con comodidades actuales
Los vagones sobre rieles se destacan en medio del paisaje verde, una escena que parece extraída de un film de antaño.
En una pequeña calle a pocos kilómetros del centro sanrafaelino, donde todavía se respira el aire de campo pero lentamente va colmándose de casas, tres viejos vagones de ferrocarril aparecen imponentes en un prado rodeado de verde.

¿Qué hacen en medio de una propiedad, lejos de las estaciones de tren? Es la primera pregunta que surge al ver semejantes estructuras erigidas a metros de una tranquera siempre abierta. Se trata de un lugar preparado para recibir visitantes que conjuga mucho del pasado ferroviario del país -y en especial del departamento- con las comodidades de los tiempos actuales. Su nombre: "El viejo vagón 1908".

Un viaje al pasado

Una aventura con sabor a historia se puede emprender al alojarse en estos viejos vagones, uno originalmente de 1908, el segundo de 1922 y un tercero -aún no restaurado- fabricado en 1924. Además del gran valor histórico cuidadosamente preservado, estos vagones atesoran el trabajo conjunto de toda la familia de Susana Bondino de Bielli, que desde que comenzó este sueño en la década del '90 colabora en cada detalle.

Hoy, cada vagón restaurado invita a disfrutar de los detalles que llevaron a esta familia sanrafaelina a encaminarse en este emprendimiento. Actualmente la sala que utilizan los huéspedes para tomar el desayuno, reunirse a ver televisión, o conectarse al Wi Fi era originalmente un coche comedor, tal como lo denotan la estructura, el techo y ciertos detalles que dejan ver dónde iba la calefacción y el aire acondicionado.

Ver el vagón con sus ventanillas guillotina, su piso de pinotea original, los detalles del techo, dan la sensación de regresar en el tiempo para revivir el viaje en un coche de ese tipo. Escuchar el relato de su propietaria sobre el "trabajo de hormiga" escondido en cada centímetro del mismo, lleva a valorar mucho más el rescate del mismo como baluarte cultural.

El segundo vagón es un coche camarote, el cual originalmente tenía doce pequeños cubículos. Casi destrozado por completo, pudieron rescatarse las puertas internas para reconstruir las que daban al pasillo, que ahora luce al final un viejo reloj que señala las seis, hora en que llegó el primer tren a la estación de Cuadro Nacional.

Por fuera continúa con la línea antigua del ferrocarril, mientras que fuera del pasillo con las ventanillas de un costado y las puertas de los camarotes del otro, todo es confort y comodidad. Lejos de los espacios de antaño donde se compartía además los sanitarios, cada camarote está equipado con sommiers, televisores LCD, aire acondicionado y baño privado.

"Sí conservan los cielorrasos tal cual eran con el dibujo de la flor de lis o las ventanas guillotinas", contó Susana.

Al entrar al vagón se encuentran los sanitarios (uno para damas y otro para caballeros), que se adaptaron de los antiguos baños para ser reutilizados, equipados con todos los servicios y modernizados para la comodidad de los pasajeros.

Pasión por los trenes

La idea de conseguir viejos vagones y convertirlos en un hospedaje diferente y particular surgió en la familia en los años '90. "En ese momento se sumaron distintas cosas. Por un lado, San Rafael se estaba tornando más turístico debido a las nuevos tiempos y por otro, mi pasión por los ferrocarriles y el anhelo de adquirir vagones", contó Susana a Los Andes. Y agregó: "Mi marido tenía esta propiedad donde se nos ocurrió hacer algo para prestar servicios a los turistas, como cabañas por ejemplo. Pero todo el mundo estaba construyendo. Ahí fue cuando dije: "Hagamos algo distinto, que no sea sólo el alojarse, que brinde parte de la historia de los sanrafaelinos a quien nos visite'".

Susana habla y contagia su pasión por el tren. "Siempre fui una enamorada de los ferrocarriles, mi papá me enseñó a amarlos", explica, aunque aclara que no había ningún pariente que trabajara en el tren, sino que su padre lo usaba como medio de transporte para ir a dar clases, ya que era maestro. También rememora los viajes con su familia cuando era pequeña, en coche camarote, a Buenos Aires. "Tengo recuerdos de haber dormido allí y de haber corrido por sus pasillos", asegura.

Dar con la persona indicada que supo decirles dónde encontrar los vagones les costó seis meses. Era un ex empleado de Ferrocarriles Argentinos que, una vez que supo cuál sería el destino que le darían, le contó que había unos vagones abandonados en una vía muerta en Las Salinas del Diamante. Desde que el tren dejó de funcionar a principios de los '90 los vagones quedaron allí, testigos mudos de una época de esplendor, ahora derruidos por la desidia y el paso del tiempo.

Previo a dar con ellos, Susana junto a su marido, su suegra y su hija menor utilizaban cada viaje que hacían como excusa para acercarse a las estaciones de tren, siempre buscando viejos vagones. Una vez que los encontraron, les llevó otro tiempo hallar a los nuevos dueños ya que los vagones habían sido rematados y adquiridos por un hombre de Buenos Aires que necesitaba el hierro, ya que tenía una chacarita.

La condición para comprarlos era que el dueño los entregara en la propiedad de los Bielli. Así que fueron trasladados los 78 km que los separaban de su actual paradero por un carretón fabricado especialmente que vino de Buenos Aires. "Demoraron diez días en trasladarlos. Hubo que pedir permiso a la policía, el carretón viajaba sólo de día, tenían que cortar el tránsito mientras estaba en la ruta, llevaba una camioneta guía delante y otra detrás", cuenta Susana.

Mientras se realizaba el operativo de traslado, en la propiedad se hacían todas las tareas para dejar listo el lugar donde se colocaría. Se niveló el terreno, se pusieron las vías con los durmientes -labor que llevaron adelante ex ferroviarios- y una persona que pertenecía a la empresa Ferrocarriles Argentinos viajó a hacer la entrega de los vagones.

Bajar cada vagón demandó una terrible tarea por su extremado peso. Dos veces se les descarriló el vagón comedor al colocarlo en las vías donde se encuentra hoy.

"El coche comedor tenía varias capas de alfombra en el piso, debajo tenía alquitrán que para sacarlo hubo que contratar gente que lo fue retirando con trozos de vidrios de ventanas, hasta dejar descubierta la madera de la pinotea", relató el hijo de Susana, Roque. Allí se diseñó una barra y se readaptaron las conexiones eléctricas sin tener que desmantelar el techo original. 
 
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El vagón comedor fue reconstruido conservando el techo original y con nuevas instalaciones eléctricas.

El coche camarote también es un ejemplo del gran trabajo realizado en forma mancomunada por toda la familia, y tiene sus toques de modernidad como, por ejemplo, los pisos flotantes o la cerámicas de los baños. Si bien ahora ofrece cinco cuartos en lugar de los 12 originales, propone un espacio de descanso en un lugar totalmente diferente a lo convencional.

"No todos querían trabajar porque había que adaptar las cosas. Un electricista tomó el trabajo porque dijo que para él representaba un desafío ya que no queríamos tocar nada de la estructura", asevera Susana.

"Viene gente grande que añora sus viajes en tren, que tiene en su memoria ese recuerdo latente, pero también se acercan visitantes jóvenes que les atrae la idea de alojarse en un vagón de tren, aunque muchos nunca pudieron subirse a uno en funcionamiento", contó la propietaria, quien se encarga en forma personal de atender a los turistas y relatarles la historia de los vagones.

Hoy el tercer vagón, a la espera de ser restaurado, da fe del inmenso trabajo realizado por Susana y su familia para reconstruir un trocito de la historia de los ferrocarriles. 

Una tarea familiar

La restauración de los vagones fue una tarea encarada por toda la familia Bielli. Lentamente comenzaron a desarmar los viejos vagones, y a reconstruirlos por etapas, con grandes lapsos entre medio.

"Los tiempos se fueron extendiendo porque gran parte del trabajo lo hace la familia: mi hija es técnica en arte y diseño, el otro es técnico electrónico así que se encargó de las alarmas entre otras cosas, y al tercero le gusta la carpintería aunque estudia abogacía. Mi marido también nos ayuda con la mano de obra", dijo Susana Bondino, que se encargó de dirigir toda la obra desde un primer momento.

La familia en general se encargó de despintar, barnizar y decorar, aunque se contrataron electricistas, plomero y carpintero para reconstruir las partes de madera que faltaban.
 
Fuente: Los Andes Online

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