viernes, 24 de julio de 2026

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global

El racismo a la argentina frente a la «superioridad moral» del Norte global
por Alejandro Frigerio (UCA/CONICET)



No solo perdimos la final del Mundial 2026 ante España, sino que también en los días siguientes recibimos múltiples, inesperadas (y para este caso, innecesarias) acusaciones de que éramos «uno de los países más racistas del mundo» -Samuel Jackson dixit, quizás aún compenetrado en su papel de Nick Fury guardián del orden global en las películas de los Avengers. Pero no fue el único. Tanto en medios «serios» como en múltiples publicaciones en redes sociales la acusación se difundió, con argumentos variopintos y superficiales. La foto de la selección, compuesta totalmente por jugadores blancos, fue tomada como prueba concluyente -como ya había sucedido en el Mundial pasado. Nuestra reacción local fue casi unánime: indignación, desmentidas, acusaciones de xenofobia contra quienes señalaban el problema. Nada muy diferente de lo que sucede cada vez que se toca el tema, pero en un clima emocional muy intenso y con la conciencia de una audiencia global.

¿Pero somos una sociedad racista?

La respuesta corta sería: sí. Todas las sociedades lo son, y el excepcionalismo argentino que queremos ver en este tema no es real. ¿Estamos entre los países más racistas del mundo? Seguramente no, pero sí estamos entre los que más ignoran o invisibilizan su racismo endógeno. Sería productivo reconocerlo, identificar nuestras conductas racistas (aún las más «inofensivas» y «folklóricas», como los cantos de las hinchadas de futbol) y hacer lo necesario para disminuirlo. Esto no afectaría los derechos de nadie (salvo los de quienes se creen que pueden propagar discursos de odio) y puede aumentar los de muchas personas que habitan nuestro territorio.

Un racismo con acento local

Todas las sociedades tienen sus Otros discriminados: internos, los que no encajan en la imagen ideal del ciudadano según la narrativa nacional dominante, y externos, definidos por los patrones de inmigración que a cada país le toca según su región, su historia colonial o sus necesidades de mano de obra. En Argentina, cada zona tiene los suyos: wichis y qom en el Chaco y Formosa, chiriguanos y guaraníes en Salta, «coyas» o bolivianos en el NOA, «chilotes» y mapuches en el Sur, «negros cabeza» en el AMBA.

Lo distintivo de nuestro racismo es su forma de expresarse: sosteniendo que no existe, porque supuestamente no habría «razas» ni grupos étnicos diferenciados dentro del país. Las campañas antirracistas que impulsaba el INADI en redes sociales —antes de que el gobierno de Milei cerrara el organismo— solían generar comentarios indignados por el solo hecho de tratar el tema, cuando no acusaciones de que el propio INADI era racista por «inventar» un problema que, para el sentido común argentino, no nos afectaba. Paradójicamente, el antirracismo parecía fomentar el racismo en lugar de reducirlo. Es exactamente el mismo reflejo que se vio esta semana: la respuesta a la acusación externa no fue la autocrítica sino el desmentido ofendido.

Cómo se construyó una Argentina «blanca»

El proyecto de la generación del 80 de europeizar a la población fue, al menos en el discurso, un éxito rotundo. La fuerte ola inmigratoria italiana y española diluyó – aunque no hizo desaparecer- a la población afroargentina en la nueva geografía demográfica de Buenos Aires, y la mayoría masculina de esa inmigración produjo un mestizaje casi forzado. La ideología del «crisol de razas» terminó convirtiendo en «blanca» a buena parte de la población que podría haberse considerado mestiza. Recién con la migración interna de la década de 1950 se hizo visible una presencia no blanca, estigmatizada bajo el mote de «cabecitas negras». Sus descendientes de hoy siguen siendo, para buena parte de la sociedad, simplemente «negros» («cabeza», «termos», «de mierda», etc.).

Los pueblos originarios están invisibilizados a nivel nacional -pese a que su número absoluto es comparable al de Brasil, país donde tienen un reconocimiento y un peso simbólico enorme-, y lo mismo ocurre con los afrodescendientes, recién incluidos oficialmente en los dos últimos censos pero todavía ausentes del imaginario colectivo. El «racismo a la argentina» respecto de este último grupo podría resumirse así: no somos racistas porque en nuestro país ya no hay negros; a quienes llamamos despectivamente «negros» los despreciamos sólo por su falta de cultura, no por su color. Ambas afirmaciones son falsas.

Aunque ya no representan el 30% de la población porteña como en 1810, existen muchos argentinos afrodescendientes -algunos herederos de los esclavizados y libertos de la colonia, otros producto de migraciones posteriores-. La cifra real seguramemte supera los 302.936 relevados en el último censo (0,7 % de la población), un resultado probablemente deslucido por la falta de campañas de sensibilización que lleguen a explicar bien qué significa «afrodescendiente», un término sin la carga peyorativa de la palabra «negro» -pero que, hay que reconocer, no implica que quien se autoidentifica de esta manera sea socialmente reconocido como «una persona negra».

El racismo de todos los días

En un país cuya imagen ideal es la de una sociedad blanca, europea, moderna y católica, quienes son socialmente leídos como «negros» (raciales) sufren sobre todo tres formas de discriminación cotidiana:

Invisibilización: la narrativa nacional sólo admite la presencia afroargentina hasta el gobierno de Rosas, y en la vida diaria se reserva la categoría de «negro» a quien tiene la piel muy oscura y cabello «mota». Es común, incluso, que las familias escondan fotos de abuelos por ser negros.

Extranjerización: especialmente irritante para los afroargentinos: se asume que toda persona negra, hable como hable, es necesariamente inmigrante.

Estereotipación: se les asignan roles y rasgos según el fenotipo —calientes, buenos para el baile, poco aptos para trabajos serios—, prejuicios con larga historia y plena vigencia.

A esto se suma una discriminación más amplia, compartida con quienes por su ascendencia indígena, mestiza o afro visible no responden a la imagen social del argentino «típico» «descendido de los barcos europeos» -una imagen que podría corresponder a la población de cierto nivel socio-económico de Buenos Aires y algunas capitales del interior pero que de ninguna manera representa a la mayoría de l@s argentin@s.

Cuando se habla con desdén de «negros» («cabeza», «villeros»), se está apelando -aunque se lo niegue- a una dimensión también fenotípica que antecede o se suma a la clase social y las preferencias estéticas. Nuestros «negros» cotidianos no son sólo sociales sino también raciales: son «insuficientemente blancos», y en eso radica buena parte de la desconfianza que despiertan. La expresión «cosas de negros» nació referida a la población afroargentina, pero hoy se aplica a cualquier «otro» que no llegue a ser «europeamente blanco». La «portación de rostro» frente a la policía y la «buena presencia» exigida en tantas búsquedas laborales son formas concretas de ese rechazo, que condiciona e influye negativamente en el acceso de demasiados compatriotas a la justicia, la educación, el empleo digno y la movilidad social.

¿Somos el país más racista del mundo?

Comparar racismos es difícil y puede ser contraproducente: lleva a la creencia autogratificante de que estaríamos en los puestos bajos de un supuesto ranking, o a pensar que algunas formas de esclavitud fueron más benévolas que otras -algo que sólo puede sostener quien nunca la sufrió ni leyó historia-. Es cierto que en Argentina no hubo leyes segregacionistas como en otros países, y que la educación pública, aun siendo una máquina de producción de la ideología de la blancura, también permitió cierta integración social, subordinada pero real.

Ninguna de esas dos cosas contradice lo anterior. Que no haya habido segregación legal no significa que no haya racismo estructural; y la reacción indignada ante la crítica externa de esta semana -«cómo nos van a decir racistas a nosotros»- es, precisamente, la forma en que ese racismo tácito se sostiene: negándose a sí mismo.

Por qué la selección es toda «blanca»

Hay, sin embargo, una pregunta legítima detrás de la polémica futbolística: a diferencia de otros países donde la proporción de afrodescendientes en la selección supera ampliamente su peso demográfico, el plantel argentino es prácticamente homogéneo en términos raciales. La explicación es en gran parte numérica: los afrodescendientes, como vimos, son apenas el 0,7 % de la población según el último censo. De ese porcentaje, sólo una fracción juega al fútbol, otra menor lo hace de manera competitiva, y de ésa, una fracción todavía menor alcanza el nivel de la selección nacional. Todo esto en un contexto social con una población «futbolísticamente activa» enorme. Por ello, las probabilidades son extremadamente bajas, aunque no nulas: en 1978 Héctor Rodolfo «Chocolate» Baley fue uno de los tres arqueros convocados.

Ese dato numérico explica la composición del equipo, pero no agota la discusión que se abrió en 2026. Que la ausencia de jugadores negros en la selección tenga una causa demográfica no vuelve falsas las otras evidencias: los cánticos discriminatorios de h hinchas (y peor, de la propia selección que fueron difundidos por redes sociales) en ediciones anteriores, los comentarios racistas de algunos (pocos) funcionarios durante este mismo torneo, o el reflejo colectivo de indignarse por la acusación antes que preguntarse por lo que la motiva. La pregunta que dejó el Mundial 2026 no es si Argentina es «el país más racista del mundo» -una comparación imposible de saldar-, sino por qué, cada vez que alguien lo señala desde afuera, la respuesta mayoritaria sigue siendo negar tozudamente que el problema exista.

Dicho esto, que seamos una sociedad racista no significa que lo seamos más que otras, y mucho menos que quienes nos acusan desde el Norte global tengan la autoridad moral que se arrogan para hacerlo. Estados Unidos y las potencias europeas que hoy señalan con el dedo construyeron sus fortunas sobre la esclavitud, el colonialismo y la segregación legal, y todavía conviven con un racismo estructural propio que no necesita mucha búsqueda para salir a la luz. Que un actor de Hollywood y medios estadounidenses o europeos acusen a la Argentina de ser “el país más racista del mundo” -a horas de que un equipo que hasta ese domingo era elogiado en todo el planeta por su entrega, su amor a la camiseta y a su gente pasara, de la noche a la mañana, a ser el villano racista de la película- tiene más de reflejo de superioridad moral ajena que de diagnóstico serio. Reconocer el racismo propio no exime de señalar el ajeno: se puede, y se debe, aceptar el racismo argentino sin por eso conceder autoridad moral a sociedades que llevan mucho más tiempo, y mucha más sangre, sin resolver el suyo.

La reiteración de acusaciones de que los argentinos somos los «villanos de la película» cuando participamos de actividades en escenarios globales -que somos racistas, maleducados o pendencieros-, habitualmente formuladas por intelectuales, periodistas o comunicadores del Norte global, demuestra también las asimétricas relaciones de poder y los prejuicios subyacentes: somos siempre los que no sabemos «ubicarnos en nuestro lugar» de latinoamericanos sumisos y moralmente inferiores. Es cierto, nuestra veta maradoniana se resiste a aceptar el lugar subordinado que quieren asignarnos en el orden global. No por nada D10S es argentino…



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