El diario El País cita a un portavoz de la agencia France Presse,
quien aseguró que la dimisión del sumo pontífice se producirá 28
febrero.
El motivo de la decisión del Papa, sería la "falta de fuerzas físicas" para seguir adelante.
El Papa anunció su renuncia durante un discurso pronunciado en latín,
según confirmó un portavoz de la Santa Sede a la agencia AFP.
El anuncio del Pontífice no tiene precedentes en la historia de la Iglesia Católica.
De acuerdo a informes de portavoces de la Santa Sede, luego de la dimisión del Papa comenzará un período de “sede vacante”.
Conocé la increíble historia de vida de Joseph Ratzinger
Luego
de anunciar su renuncia como Papa, Benedicto XVI pasará a ser
nuevamente Joseph Ratzinger. Conocé la asombrosa historia detrás del
hombre.
Joseph
Ratzinger nació el 16 de abril de 1927 en Marktl (Baviera), diócesis de
Passau, en el seno de una familia de agricultores alemanes de profundas
convicciones católicas. Su progenitor, Joseph, desempeñaba, además, el
cargo de comisario de la gendarmería e hizo asimismo de profesor de su
hijo, lo que con seguridad marcó el carácter tímido y retraído del
futuro Papa. En la familia fue clave el papel de la madre, Maria
Peintner, que ejercía las tareas domésticas y cuidaba de la buena marcha
de sus otros dos hijos, Georg y Maria.
A los once años ingresó
en el seminario, donde en 1941 fue obligado a inscribirse en las
Juventudes Hitlerianas, hasta el punto que en 1943 combatió en la II
Guerra Mundial como integrante de una unidad antiaérea. Terminada la
guerra se apresuró a matizar: “Reniego de aquel reino del ateísmo y de
la mentira que fue el nazismo”.
Después prosiguió sus estudios de
filosofía y de teología en el ateneo de Munich y en la escuela superior
de Freising, hasta que en junio de 1951 fue ordenado finalmente
sacerdote. Los dos años siguientes los ocuparía en preparar la tesis de
doctorado, un ensayo sobre san Agustín que fue calificado con un cum
laude.
En 1957 inició su periplo como profesor de teología
dogmática en el seminario de Freising, hasta que dos años después sería
nombrado catedrático de la Universidad de Bonn (1959-1963). Después pasó
a la de Münster (1963-1966), y de 1966 a 1969 ocupó la prestigiosa
cátedra de Tübingen, donde coincidió con Hans Küng, que se convertiría
en el teólogo más admirado y seguido por los jóvenes curas progresistas
que habían depositado su esperanza y confiado su futuro en los aires de
apertura del concilio Vaticano II, convocado por el papa Juan XXIII en
el año 1962 y culminado por su sucesor, Pablo VI, en 1965.
En
Tübingen, uno de los alumnos más brillantes de Ratzinger fue el
brasileño Leonardo Boff, con quien posteriormente protagonizaría sonados
enfrentamientos, aunque menores que los que mantendría con Küng, que se
convertiría en su “bestia negra” y en su adversario más duro.
Ratzinger
se erigió, empero, en uno de los teólogos de referencia del concilio
Vaticano II, junto al propio Küng y Karl Rahner. A sus treinta y cinco
años, el bávaro tenía ya un admirable bagaje como docente. Llegó a Roma
como experto en pleno debate sobre la libertad religiosa, una de las
temáticas que cerraron el llamado concilio del aggiornamento de todos
los temas de la Iglesia.
Su nombre se hizo familiar en el entorno
eclesiástico y en el de los seglares cultos, hasta el punto que salió
del Concilio convertido en una estrella. Sin embargo, su fulgor pronto
empezó a languidecer entre los aperturistas, sobre todo porque quedó
marcado por el movimiento de Mayo del 68, cuyos aires de libertad y de
cambio le convirtieron en un acérrimo defensor de la fe frente al
marxismo, el liberalismo y el ateísmo.
Al regresar de Roma ocupó
de nuevo su cátedra de Tübingen hasta 1969, año en que ganó por
oposición la cátedra de Ratisbona, donde de nuevo siguió deslumbrando a
Pablo VI, quien leyó las diversas obras que Ratzinger escribió sobre los
trabajos del Concilio, un compendio, en definitiva, de sus lecciones
universitarias: Introducción a la cristiandad (1968).
Por ello,
el 27 de junio de 1977, Pablo VI lo nombró obispo de Munich y lo elevó
al cardenalato. Había acabado el Concilio, que en buena medida se
quedaría en letra muerta, hasta el punto que la mayoría de los jóvenes
curas, decepcionados, se alejaron de la Iglesia, y los sectores laicos
más comprometidos empezaron a organizar sus propios foros de discusión
al margen de la jerarquía.
En 1978 Ratzinger fue testigo del
llamado “verano de los tres Papas”: Pablo VI, el efímero Juan Pablo I
(que inició el periodo de los Papas con nombre compuesto) y el
imprevisto Juan Pablo II. Ratzinger asistió ya como cardenal al cónclave
que eligió a Karol Wojtyla. El joven cardenal quedó deslumbrado por la
entereza del nuevo pontífice, inflexible en el dogma y la moral
católicas y acérrimo enemigo de aquel régimen comunista que había
amargado su juventud.
Lo cierto es que Ratzinger dio un giro
radical en sus postulados, hasta el punto que los devaneos de
aggiornamento fueron quedándose difuminados, sobre todo a partir del
momento en que obtuvo permiso para viajar a Varsovia y entrevistarse con
el futuro Juan Pablo II, con quien trabó ya una sólida amistad.
El
nuevo estilo del Papa polaco le fascinaría: simpático, cordial, viajero
y flexible en el trato, pero inamovible en el dogma y, sobre todo, en
la más rancia moral católica. La sintonía fue mutua, hasta el punto que,
en 1981, Juan Pablo II lo nombró prefecto de la Congregación para la
Doctrina de la Fe, institución que sucedía al Santo Oficio, de ingrato
recuerdo.
El cargo, que asumió en 1982, le fue como anillo al
dedo a Ratzinger, quien ya se había apartado definitivamente de sus
postulados progresistas y tenía el ojo puesto en los nuevos aires de
liberación que flotaban en ciertos ambientes eclesiásticos. En ello
coincidía plenamente con Wojtyla, que había traído a Roma un catolicismo
beligerante, arcaico y fundado en un Derecho Canónico obsoleto. (En
1996 Juan Pablo II lo confirmaría en el cargo por tiempo indefinido.)
En
1984, después de haberse enfrentado de nuevo con Küng, a quien había
apartado de su cátedra de Tübingen en 1979 (en especial porque puso en
entredicho uno de los dogmas del catolicismo, la infalibilidad del Papa,
promulgado por el concilio Vaticano I, y hasta más tímidamente el de la
divinidad de Cristo, ya establecida en el concilio de Nicea en 323),
Ratzinger arremetió contra la llamada Teología de la Liberación con el
documento Instrucción de la Sagrada Congregación de la Doctrina de la Fe
sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación. Los pensadores
más relevantes de ese movimiento fueron apartados de la docencia o
simplemente decidieron alejarse de esta doctrina, como Boff o Gustavo
Gutiérrez.
Aquel mismo año de 1984, cuando la Santa Sede y el
Estado Vaticano intentaban un tímido acercamiento a los países del
bloque comunista situados detrás del telón de acero, Ratzinger, sin
consulta previa, dijo urbi et orbi: “Los regímenes comunistas, que
pretenden liberar al hombre, son sólo una vergüenza de nuestro tiempo”.
La
dinámica de la involución fue in crescendo, y se plasmó de forma
inequívoca en el nuevo Catecismo de la Iglesia católica (1992) que le
encargó el Papa y, sobre todo, en la carta Dominus Iesus (2000), firmada
por Ratzinger y que asestó un duro golpe al incipiente diálogo con las
otras iglesias cristianas. En ella se sostiene que “sólo en la Iglesia
católica se encuentra la salvación”. Retrocedía al axioma obsoleto del
Roma locuta, causa finita. Hacía apenas unos meses que Ratzinger se
había repuesto de una hemorragia cerebral que le dejó secuelas en un ojo
y que se reprodujo parcialmente en 1993, pero eso no fue óbice para que
siguiera al frente de sus cargos de guardián de la ortodoxia. En los
años noventa prosiguió su vasta obra con títulos como Evangelio (1996),
La fe como camino (1997), De la mano de Cristo (1998) y Verdad, valores y
poder (1998).
En noviembre de 2002 era ya decano del Colegio
Cardenalicio y pareció que iba a solicitar la jubilación. Pero aguantó
porque se sentía moralmente obligado a tomar el testigo de un Wojtyla
que se apagaba a marchas forzadas. Es cuestionable que estuviera seguro
de que él iba a ser el sucesor, a pesar de los rumores que corrieron
poco antes del cónclave, al que asistían 115 de los 117 cardenales con
derecho a voto.
Lo cierto es que Ratzinger sonaba tanto o más que
otros, como el cardenal de Milán, Dionigi Tettamanzi, representante del
sector menos conservador. Ratzinger, que en la homilía del funeral de
Juan Pablo II y en la de la misa previa al cónclave reivindicó las
virtudes de la ortodoxia y denunció la dictadura del relativismo y a
quienes, dentro del catolicismo, no se sujetan a los dictados de Roma,
se perfiló como el incuestionable candidato de la mayoría, conservadora,
con representantes de varias organizaciones influyentes: Opus Dei,
Legionarios de Cristo o el movimiento Comunión y Liberación, entre
otros.
Con setenta y ocho años de edad, fue elegido 265º Papa de
la Iglesia católica el 19 de abril de 2005. Con el nombre de Benedicto
XVI sucedía a Juan Pablo II, que había fallecido el 2 de abril, después
de haber ocupado el trono de san Pedro durante veintiséis años.
El
cónclave eligió nuevo Papa en apenas dos días, una de las decisiones
más rápidas de la historia, tras las de Julio II (1503) y Clemente VIII
(1592), que fueron elegidos en un solo día. Al balcón principal de la
plaza de San Pedro se asomó “un humilde servidor de la viña del Señor”
que se convertía en el Papa número 265, el primero elegido en el siglo
XXI después de los ocho del siglo XX, y en el séptimo alemán, tras
Gregorio V (996-999), Clemente II (1046-1047), Dámaso II (1048, porque
falleció al cabo de un mes). León IX (1049-1054), Víctor II (1055-1057) y
Adriano VI (1522-1523).
Quizás, como varios de sus compatriotas,
sea un Papa de transición, pero quienes le atienden aseguran que aún
goza de una salud de hierro y que ostenta una gran preparación, que le
ha merecido varios reconocimientos, entre otros el doctor honoris causa
por la Universidad de Navarra (1998) y por la Facultad Teológica Papal
de la polaca Wroclaw (2000). Además, desde 1992 es miembro de la
Academia de las Ciencias Sociales y Políticas de París.
Por
el alborozo que la aparición de Benedicto XVI levantó en la plaza de San
Pedro, cabe asegurar que los presentes tuvieron el Papa que esperaban y
se merecían. Tomó un nombre inesperado, en honor de Benedicto XV, el
genovés Giacomo della Chiesa, que reinó de 1914 a 1922, y que se
distinguió por la búsqueda de la paz en la I Guerra Mundial y favoreció
la creación del Partido Popular, embrión de la futura Democracia
Cristiana. Y, sobre todo, fue (quizás sea éste el motivo principal por
el que Ratzinger escogió ese nombre) quien publicó el Codex Iuris
Canonici (Código de Derecho Canónico, 1917).
Pero los retos que
esperan a Ratzinger son muy distintos: la globalización, el papel de la
mujer, el celibato, el aborto, la libertad sexual, la creciente
descatolización y aun descristianización del mundo, la alarmante falta
de vocaciones sacerdotales, el diálogo con las otras religiones, la
crisis teológica… Y, en particular, el avance de la Iglesia evangelista
en América Latina (en pocos años ha captado a más de 24 millones de
católicos) y de la hegemonía creciente del islamismo en África y Asia.
Temido y admirado a partes iguales por progresistas y conservadores,
Benedicto XVI tiene ante sí el difícil reto de dirigir y guiar los
designios de la Iglesia católica en el siglo XXI.